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This Song #57
“I Get A Kick Out Of You”, compuesta por Cole Porter y aquí interpretada como quien no quiere la cosa por Erroll Garner. Dedicado a Ricardo, que ya aporrea el piano con solvencia, y lo que queda por llegar……..
My story is much too sad to be told,
But practically everything
Leaves me totally cold.
The only exception i know is the case,
When i’m out on a quiet spree,
Fighting vainly the old enui
And i suddenly turn and see,
Your fabulous face.
I get no kick from Champagne
Mere alchohol doesn’t thrill me at all
So tell me why should it be true
That i get a kick
Out of you
Some get a kick from cocain
I’m sure that if i took even one sniff
That would bore me terrificly too
Yet i get a kick out of you
I get a kick every time i see you standing there before me
I get a kick though it’s clear to me you obviously don’t
Adore me
I get no kick in a plane
Flying too high
With some guy in the sky is my idea of nothing to do
Yet i get a kick
Out of you
This Song #56
“No Particular Place To Go”, compuesta e interpretada por Chuck Berry. Incluida en su álbum “St Louis To Liverpool”, publicado por Chess en noviembre de 1964.
Riding along in my automobile
My baby beside me at the wheel
I stole a kiss at the turn of a mile
My curiosity runnin’ wild
Crusin’ and playin’ the radio
With no particular place to go
Riding along in my automobile
I was anxious to tell her the way I feel
So I told her softly and sincere
And she leaned and whispered in my ear
Cuddlin’ more and drivin’ slow
With no particular place to go
No particular place to go
So we parked way out on the Kokomo
The night was young and the moon was gold
So we both decided to take a stroll
Can you image the way I felt
I couldn’t unfasten her safety belt
Ridin’ along in my calaboose
Still trying to get her belt a-loose
All the way home I held a grudge
For the safety belt that wouldn’t budge
Crusin’ and playin’ the radio
With no particular place to go
La Lección Del Maestro
Charlie Parker entró sin llamar en la habitación de su trompetista Red Rodney y montó en cólera al sorprenderlo inyectándose heroína. Rodney tenía sólo siete años menos que él, pero Charlie Parker lo trataba con el instinto de protección de un padre más que de un hermano mayor. Para Rodney, Charlie Parker era un dios. Escuchando sus discos cuando todavía era casi un adolescente había resuelto convertirse en un trompetista bebop. Se había aprendido los solos de Parker y como tantos jóvenes de esa época en la que el jazz era la música más moderna había imitado su manera de hablar y de vestirse, su descuido, su aire bohemio. El muchacho judío tímido y pelirrojo de clase media había abandonado la protección de su familia y su mundo para convertirse en algo parecido a un proscrito, en seguidor de un artista negro de leyenda escandalosa, en habitante de los submundos de la noche y de la mala vida, un muchacho desmedrado y tan pálido entre negros arrogantes que no se quitaban las gafas de sol en los clubes nocturnos. Su nombre de músico le gustaba mucho más que el otro, el formal y tedioso, Robert Roland Rudnick.
Era sólo siete años más joven que Parker, pero sentía que lo separaba de él el resplandor de su maestría, un talento que en su imaginación joven era una forma suprema de heroísmo. Pero además Charlie Parker parecía mucho mayor, por su corpulencia, por los estragos de la heroína y el alcohol, por una especie de furia carnal que lo agigantaba. Comía y bebía sin saciarse nunca y era capaz de salir de un letargo de saurio causado por las drogas y por las noches sin dormir para tocar con una fuerza intacta, con una inagotable capacidad de inventar. Hay que imaginar el modo en que lo admiraría Red Rodney, observándolo siempre, volviéndose invisible cuando Parker ocupaba él solo todo el espacio mezquino de la tarima de un club, el saxo alto reducido de tamaño por contraste con el tamaño de sus manos y el volumen de su pecho hinchado. Con diecinueve años Red Rodney había empezado a tocar junto a él. En las épocas de trabajo escaso le conseguía contratos para actuar en los bailes de las fiestas judías. Cuando iban de gira por los Estados del Sur, a Rodney, el único blanco en el grupo, había que hacerlo pasar por un negro albino, Albino Red en los carteles de los clubes.
Hay una foto suya con Charlie Parker, los dos sentados delante de una mesa con mantel blanco, de espaldas a un espejo en el que se ve lo que están mirando: un trompetista, otro de los héroes de Rodney, Dizzy Gillespie. En la foto en blanco y negro se adivina la piel extremadamente pálida de un pelirrojo, y también la felicidad de estar al lado del maestro, de haber merecido su confianza, su respeto; el privilegio de aprender junto a él. Miraría así, con los ojos adormilados, con la boca medio abierta, con la misma expresión de estupor, de felicidad, de extravío, cuando Charlie Parker entró en su habitación sin llamar a la puerta y lo encontró sentado en la cama, una goma atada torpemente al antebrazo delgado y muy blanco, una aguja hipodérmica hincándose en su piel, buscando sin destreza una vena. Parker levantó la mano como para darle una bofetada, su corpachón violento alzándose como una torre sobre el hombre joven, encogido en la cama. Le dijo que si no se daba cuenta de lo que estaba haciendo, de la ruina que iba a traer a su vida. Le preguntó por qué lo hacía y la voz débil de Rodney respondió lo que Parker no hubiera querido oír:
-Porque quiero ser en todo como tú.
La escena está en Bird, la película de Clint Eastwood sobre Charlie Parker. Es la reconstrucción literal de un recuerdo de casi cuarenta años atrás, porque Red Rodney asesoró a Eastwood, ya cerca del final de su vida, después de que los vaticinios del maestro nunca olvidado se cumplieran uno por uno, después de que el propio Parker muriera a los treinta y cinco años dejando un cadáver que según el forense parecía el de un hombre de más de sesenta. Red Rodney le sobrevivió, al principio con una sensación de orfandad, muy pronto perdiéndose en las peripecias de su propia ruina personal, en la adicción, el delito, la cárcel, todas las cosas que su maestro hubiera querido evitarle. Iba a la cárcel o al hospital, se desintoxicaba brevemente y caía de nuevo, grababa un disco y aparecía otra vez en los clubes y al poco tiempo ya estaba perdido, envuelto en algún negocio dudoso o en alguna estafa, todo para costear la adicción que le había parecido deseable y misteriosa porque la había visto en Charlie Parker, porque imaginaba que en la heroína estaría una parte del secreto de aquella música: su velocidad, sus lentitudes súbitas, su hermetismo.
La ansiosa cara pálida se distingue en las fotos entre las caras de los músicos negros. Con los años, con la fotografía en color, el pelo rojo resalta y la cara se ha vuelto abotargada sin perder algo de su aire infantil, y el cuerpo se ha ido hinchando. En una foto de los años setenta Red Rodney es un blanco pelirrojo y corto de estatura junto al gigante adormilado Dexter Gordon. Tocó en orquestas de baile en los casinos de Las Vegas. Volvió a la cárcel a una edad en la que ya no quedaba en su aspecto ningún rastro de romanticismo y parece que compartió celda con Charles Manson. Cada vez que saliera de la cárcel o que regresara a Nueva York desde la irrealidad de Las Vegas se encontraría más extranjero en un mundo en el que apenas quedaba memoria de la edad de oro del jazz de su juventud. En el tramo de la calle 52 entre la Quinta y la Sexta Avenidas en el que los clubes se habían sucedido uno tras otro con una cacofonía gloriosa ahora se levantan torres de oficinas iguales y antipáticas.
Pero la lección de Charlie Parker no se apagó nunca en él. Volvió a grabar inesperadamente en los años setenta y su trompeta tuvo de nuevo el brillo afilado y la destreza acrobática que había aprendido escuchando los primeros discos de bebop, pero también una sutil capacidad de ternura, ese tono confidencial de voz humana que le enseñaron otros maestros más mesurados, Roy Eldridge o Lester Young. En 1988, asesorando a Clint Eastwood en aquella película sobre Parker, doblando con su trompeta al actor que interpretaba su personaje, debió de sentir que participaba en un acto de restitución. En los decorados que intentaban reproducir con exactitud los lugares que él había conocido cuarenta años atrás -las luces, los espejos, el humo, el ruido de las conversaciones y las copas- imaginaría a veces que después de una vida de tanto trastorno se le concedía el privilegio de habitar el pasado. El hombre regordete y prematuramente envejecido que veía en los espejos era menos real que el muchacho sentado junto a su maestro, ansioso por aprenderlo todo de él.
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Diesel XXX
hace tiempo que lo descubrí, pero es digno de ver, toda una demostración de una publicidad bien hecha…..literalmente porno duro para todos los públicos……publcidad de la marca Diesel – creo que es ropa – de un ingenio desbordante
Disfrútenlo, si no lo han hecho todavía
This Song #55
“You Win Again”, compuesta por Hank Williams e interpretada por Jerry Lee Lewis. Originalmente publicada como single en septiembre de 1952
The news is out all over town
That you’ve been seen a-runnin’ ’round.
I know that I should leave, but then,
I just can’t go, you win again.
This heart of mine could never see
What ev’rybody knew but me.
Just trusting you was my great sin,
What can I do? You win again.
I’m sorry for your victim now
‘Cause soon his head like mine will bow.
He’ll give his heart, but all in vain,
And someday say, you win again.
You have no heart, you have no shame,
You take true love and give the blame.
I guess that I should not complain,
I love you still, you win again.
Hot Shots
Un anuncio de los años sesenta al que no he podido resistirme…….algo así como anfetaminas enmascaradas………..en plena Beatlemania, en plena efervescencia de chicos y chicas que querían montar un grupo, pero mejor con Hot Shots
El Marciano
No me puedo resistir a descubriros este tesoro de Henri Salvador, una auténtica leyenda en Francia, un cantante e intérprete que trabajó con Boris Vian, con Quincy Jones, y uno de los grandes precursores del rock and roll en el país vecino. Relacionado estrechamente, además, con la bossa nova brasileña, fue un músico ubicuo, que pululó, con la mejor clase posible, por muchos de los estilos musicales definitorios del siglo XX.
Hablaremos más de él
Libros Somos Y Seremos
Imagino que el apocalipsis no se ha encaprichado exclusivamente de mi barrio, que somos infinitos los náufragos de los objetos, rituales, costumbres y fetiches que alimentaban nuestra alma, que hacían muy grato abandonar el refugio de tu casa para dirigirse puntualmente o al azar a descubrir los nuevos tesoros que te ofrecían los templos. Donde yo habito las primeras en clausurar su espacio mágico fueron las tiendas de discos, incluido un paraíso del vinilo en el que podías encontrar antes o después cualquier tesoro que tuviera relación con el jazz. Después le llegó el derrumbe a las librerías pequeñas, especializadas o heterodoxas, atendidas por gente que no se dirigía automáticamente al ordenador ni adoptaba gesto de marciano cuando les preguntabas por un libro o un autor, extrovertidos o secos pero siempre profesionales, con los que inevitablemente se creaba bendita complicidad. Y en poco tiempo cerrarán los destartalados cines que me resultaban imprescindibles. Entramos en la temible geografía de la desolación. No existen amenazas serias de que tus bares favoritos se transformen en oficinas bancarias, pero el apaleado y sufrido hígado te suplica duraderas treguas. Demasiadas privaciones de cosas que endulzaban la vida o acorazaban la supervivencia.
Y ya sé que en el arca de Noé hay espacio para renovados prodigios adecuados a los tiempos. Que puedes montar la filmoteca en tu solitario refugio con pantallas maravillosas y la deslumbrante imagen y sonido que transmite el blu-ray, que la mejor historia de la música está al alcance de cualquier bebé familiarizado con Internet, que la angustia ante las bibliotecas desbordadas desaparecerá si aceptas el milagro de que todos los libros que amas o que podrás llegar a amar están agrupados en un aparato diminuto, inodoro e incoloro llamado libro electrónico.
A los ingenuos patológicos y a los arrogantes sin causa nos gustaría creer que será una moda pasajera, invento de un día, juguete de esnobs. Pero mi alarma se desata cuando me encuentro en los trenes con gente sin huella de impostura, con una pinta estupenda, concentrados durante horas y con expresión feliz en ese sofisticado artilugio que a mí me provoca terror. O cuando un amigo ilustrado que desprende ancestral pasión por el papel impreso me confiesa con alborozo infantil y sin el menor sentido de culpa que ya dispone de la obra completa de Raymond Chandler almacenada en el jodido e-book. Insiste en que fije la mirada y los sentidos en la nueva razón de su existencia, pero sólo consigue de mí un espeluznado “vade retro, Satanás”. Otra persona muy cercana que asocia el libro de siempre a una de los cosas más hermosas e insustituibles que le ha donado la existencia, a la que desde hace tiempo le tortura una incurable lesión de cervicales, con la consecuente incomodidad a la hora de encontrar postura para mantener un voluminoso libro en sus manos, me escandaliza con su absoluta naturalidad y su esperanza ante las ventajas físicas que le proporcionará el libro electrónico a su eterno éxtasis. Sospecho que acabaré regalándole ese prosaico invento del diablo, aunque siempre lo mantendré lejos de mi vista y de mi tacto. Sólo me faltaba pillar otra adicción indeseada, reemplazar el sagrado crujido de las páginas, los subrayados, las ilustraciones, por la odiosa asepsia de una pantalla diminuta.
Por ello, un libro que se titula osada y numantinamente Nadie acabará con los libros posee valor de militancia. Si lo firman Umberto Eco y Jean-Claude Carrière el festín es previsible. Sabía de los méritos narrativos, ensayísticos y semióticos del autor de esa compleja preciosidad llamada El nombre de la rosa (qué miedo el de los monjes asesinos y el de los inquisidores de cualquier época al subversivo peligro de los libros) y de la capacidad de Carrière (qué envidia haber pasado tantos años en el círculo íntimo de Buñuel) para crear guiones de lujo, pero desconocía su fascinante poder oral, el don de poder hablar entre ellos con profundidad, inteligencia, datos, sabiduría, humor y amenidad de tantas cuestiones humanas y divinas protagonizadas o derivadas de los libros. Su erudición excluye la pedantería, la ironía les permite apasionarse por los delirantes hallazgos de la estupidez, su pensamiento es tan libre como poderosos y entendibles sus argumentos, expresan con fluidez y talento lo que conocen, intuyen y sienten. Lees estas impagables conversaciones de un tirón aunque hagas pausas para darle vueltas a sus certidumbres y sus dudas, te asombra su cultura y su talento, su percepción de las personas y las cosas a través de los viajes, su original interpretación de la Historia, su obsesiva aventura persiguiendo incunables. Te gustaría ser testigo de las inflexiones de su voz, de su expresividad física, de la transparente química que se establece entre dos cerebros y personalidades tan poderosas, pero no se puede tener todo. Para ello, este apasionante encuentro tendría que poseer el formato de un documental o de un programa de televisión. A lo peor, disminuía la magia. Tal vez el espacio natural de una conversación sobre el inacabable universo de los libros debe ser el propio libro.
Eco y Carrière están convencidos de datos tan paradójicos como que las gallinas tardaron un siglo en aprender a no cruzar la calle y de que no hay nada más efímero que los soportes duraderos. También de que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. Que venga Dios o los profetas de las nuevas tecnologías a desmentir verdad tan necesaria.
CARLOS BOYERO






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