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This Song #79
“Ooh La La”, compuesta por Ronnie Lane y Ronnie Wood. Aquí interpretada por Ronnie Lane y Slim Chance. Incluida en el álbum de The Faces del mismo título, publicado por Warner Bros. en abril de 1973.
Poor old granddad
I laughed at all his words
I thought he was a bitter man
He spoke of womens ways
Theyll trap you, then they use you
Before you even know
For love is blind and youre far too kind
Dont ever let it show
I wish that I knew what I know now
When I was younger.
I wish that I knew what I know now
When I was stronger.
The can cans such a pretty show
Theyll steal your heart away
But backstage, back on earth again
The dressing rooms are grey
They come on strong and it aint too long
Before they make you feel a man
But love is blind and you soon will find
Youre just a boy again
When you want her lips, you get a cheek
Makes you wonder where you are
If you want some more and shes fast asleep
Then shes twinkling with the stars.
Poor young grandson, theres nothing I can say
Youll have to learn, just like me
And thats the hardest way
Ooh la la
I wish that I knew what I know now
When I was younger.
I wish that I knew what I know now
When I was stronger.
Música Al Detalle
Cuando el gran Nabokov decía en sus famosos cursos de literatura aquello de “atención a los detalles”. ¿A qué se refería exactamente? ¿Peligro de colisión con ellos?
Bromas aparte, cierto es que son precisamente todos esos detalles singulares -esparcidos con minuciosidad por el artista en su obra- los que dan vida y peculiaridad a cualquier pieza maestra. Eso es algo que en la música popular se nota más que nunca porque, dada su brevedad, el matiz, el giro especial, se convierten en cosa decisiva. Bajo ese criterio se formó el malagueño Héctor Márquez cuando, hace unos años, escribía y seguía con minuciosidad de aficionado vocacional toda la música de su gusto. Pero llegó un momento en que escucharla le resultaba ya incluso insuficiente para disfrutarla como él deseaba. Quería más. Quería saber los detalles, los divinos detalles. Así que empezó a invitar a sus músicos favoritos para que vinieran a su ciudad con el objetivo de explicarlos. Lo harían en público, comentando sus canciones preferidas en un teatro previo pago de una entrada. La idea no parecía mala. El concepto se tomaba prestado de los cinefórum de los sesenta, aquellos de los que todos habíamos oído hablar en nuestra juventud. Fueron muy comunes al final del franquismo, cuando algunas películas estaban prohibidas por la dictadura y sólo podían exhibirse reducidamente como evento cultural para luego sentarse y debatir sobre ellas. Adaptando esa antigua forma, sencilla y básica, muy comunicativa, pero llevándola además hacia el formato de la nueva música popular, echó a andar hace diez años la iniciativa de la que estamos hablando. Se llamó La Música Contada y tuvo un éxito notable. Tanto, que sus organizadores pronto empezaron a exportarla fuera de su Málaga original para llevarla a otras capitales andaluzas.
Ahora La Música Contada cumple una década. Y después de extenderse a Córdoba, Sevilla y Granada, además de su Málaga original, sobrevuela la posibilidad de desembarcar en Madrid, probablemente y si todo va bien, en La Casa Encendida. Los que hemos desfilado por ese formato recordamos la sugerente sensación de un teatro lleno de público en la semioscuridad. La pequeña luz a tu lado sobre el escenario, el sillón cómodo y la música sonando de fondo sobre los comentarios que haces, te llevan directamente al día en que te enamoraste de ella por primera vez y a un montón más de recuerdos que, en la penumbra del teatro, aparecen de una manera casi catárquica. Una experiencia notable, que luego se amplía cuando se encienden las luces y el público puede añadir sus preguntas en vivo.
A veces nos preguntaremos un poco utópicamente: ¿qué puede hacerse para salvar a la actual música popular de la avalancha de propaganda y banalización a la que los medios de comunicación feroz la reducen? Pues sentarse tranquilamente a hablar sobre ella ya es una respuesta. Con detenimiento, con verdad, pasando de las técnicas coercitivas de la propaganda y la publicidad; pasando de esa ansiedad ya un poco vana (hoy que todo sucede ya a la vez) de intentar estar a la moda. El éxito de iniciativas como esta demuestra que, en la vida, como en las matemáticas, las mejores ideas resultan ser a veces las más directas y sencillas.
SABINO MÉNDEZ
Mucho más en http://www.youtube.com/user/lamusicacontada
Aquellos Días De “La Dolce Vita”
Hace medio siglo justo, una noche de enero de 1960, Federico Fellini invitó a Indro Montanelli a su casa romana para enseñarle la película que acababa de hacer. Un par de días después, el siempre frío periodista dejó su apasionado testimonio, la primera crítica del filme, en un texto memorable que publicó Il Corriere della Sera. “Fellini no alcanza cotas menos altas de las que Goya tocó en la pintura”, escribió Montanelli. “Nuestro cine no ha producido jamás nada comparable a esta película. No estamos aquí en el cinematógrafo. Estamos ante un gran fresco, ante algo excepcional, no porque represente más o mejor lo que se ha hecho hasta ahora en la pantalla, sino porque va netamente más allá, violando todas las reglas y convenciones”.
Imposible resistirse a seguir citando a la biblia. Montanelli consideró La dolce vita una doble cumbre: del cine y del periodismo: “Fellini, antes de ser cineasta, ha sido periodista. Y se sirve precisamente de un periodista para coser los episodios del filme, describiéndolos a través de otros tantos sucesos de crónica que le conducen a la exploración de la sociedad romana en todos sus estratos y barrios, desde el palacio del Príncipe hasta las cuevas intelectuales de Via Margutta, al apartamento de los nuevos ricos de Parioli, a los cafés de Via Veneto, a los tugurios de las paseantes de la periferia y los baldíos terrenos de las chabolas del cinturón subproletario”.
“Ecco, aquí entramos en mi oficio, y sobre la exactitud del relato me siento autorizado a manifestarme”, proseguía. “Muchos negarán esa exactitud, y esperamos que lo hagan de buena fe, es decir, creyendo francamente que el retrato es arbitrario. Pero yo con toda honradez debo decir que si Mastroianni, que interpreta al protagonista, hubiese sabido contar con el bolígrafo, para un periódico del que yo fuese director, las mismas cosas que ha contado con la cámara de Fellini, y con la misma fidelidad, yo le triplicaría el sueldo”.
Permitan todavía un par de píldoras más, para terminar el saqueo: “¡Dios mío, qué tristeza, qué miseria, esos discursos, esas caras, esa falsedad! ¿Somos nosotros, esos tipos?”, se preguntaba Montanelli. “Sí, somos nosotros, Dios nos perdone. Ésas son las cosas que decimos (y que no pensamos) cuando estamos juntos. Ésas son nuestras mentiras. Ésas, nuestras vanidades. Ésas, las mujeres que giran alrededor nuestro, o sobre las que nosotros giramos, que tienen todo dudoso, hasta el sexo. No, el retrato de esta sociedad no mejora cuando pasa del palacio del Príncipe al salón de la poeta o al estudio de la pintura. Cambia de estilo. Pero sigue en la mezquindad, en lo dialectal, en lo falso”.
Once meses antes, el 16 de marzo de 1959, a las 11.35 de la mañana, la claqueta cortaba el aire para rodar la primera escena: Marcello Mastroianni seguía a Anita Ekberg por la cúpula de San Pedro, reconstruida en Cinecittà como casi todo lo demás. Anitona bañándose en la Fontana de Trevi, una de las secuencias más célebres de la historia del cine, fue rodada un mes más tarde, con nueve grados, según anota Íñigo Domínguez, el corresponsal que más sabe de cine italiano (y otras cosas) en Roma.
Cuando se estrenó, una vez pasada la censura, la película generó controversia salvaje. Dolió su verdad profunda y profética, que anticipó en 30 años la caída del país en el vacío, ese retrato fragmentario de las vísceras de una sociedad frívola, aburrida, decadente y cínica. La retransmisión de los milagros a la carta, la homosexualidad reprimida, el bienestar que anticipó el boom del consumo, la superficialidad de la prensa moderna que se empieza a entregar al cotilleo encarnada en el disoluto Mastroianni, casi mudo y desencantado paparazzo -ahí se acuña la palabra-, vagamente alter ego de Fellini…
Todo ello suscitó el escandalazo que había pronosticado Montanelli. El preestreno en el Capitol de Milán fue apoteósico. Hubo pitos e insultos, y un disidente escupió a Fellini en el cuello. En Roma fue peor. Una viejecita se apeó de su Mercedes en Piazza di Spagna, dando manotazos al chófer, y se colgó de la corbata de Fellini para gritarle: “¡Antes atarse una piedra al cuello y tirarse al mar que dar este escándalo!”, recuerda Domínguez.
El Vaticano se sumó enseguida a la condena de la lucidez con artículos anónimos en L’Osservatore Romano, lo que contribuyó a la expansión internacional del filme. Salvo en España, donde se estrenaría con 20 años de retraso, en 1980. Fellini, Mastroianni, Anita Ekberg, los guionistas Ennio Flaiano y Tullio Pinelli (que vivió 100 años), incluso el músico Nino Rota, pasaron a ser considerados “pecadores públicos”.
Fellini, quitándose importancia, explicaba así la película: “Sólo quería decir que, pese a todo, la vida tiene una dulzura profunda, innegable”.
Esa misma ternura marcó su relación con Mastroianni, recuerda Barbara Mastroianni, la hija mayor del actor. “Eran muy amigos y se parecían mucho, se entendían al vuelo, siempre estaban bromeando y nunca se contaban las desgracias”, dice. “En el trabajo eran absolutamente cómplices. Mi padre era muy reservado y no hablaba mucho de sus cosas, pero adoraba a Fellini, había entre ellos una gran simbiosis. Recuerdo que cuando rodaron Ginger y Fred, muchos años después, Papá vino a casa muerto de risa porque Fellini había metido una parodia de Berlusconi, el Comendatore Lombardone”. Era 1986: el periodista seguía trabajando.
Hoy, en el Museo Nacional del Cine de Turín, una maravillosa exposición, Los años de la Dolce Vita, rinde tributo a aquellos días dorados y, sobre todo, a aquellas noches y aquellas amanecidas. Por un lado, hay 130 alegres fotos callejeras del paparazzo Marcello Geppetti, que muestran a Roma convertida en un plató a cielo abierto. Media ciudad vivía del cine y la otra media rezaba. Culpa, ambas cosas, del beato proteccionista Giulio Andreotti, que obligó a las productoras americanas a reinvertir las taquillas en territorio nacional. Geppetti capta a todas las estrellas de ese tiempo. Se agolpaban literalmente en los cafés de Via Veneto (hoy vacíos y prohibitivos, y algunos en manos de la N’drangheta) que habían inspirado a Fellini la idea de La dolce vita en el verano de 1958.
Cinecittà era la casa de Fellini. Allí se celebró el superfuneral, en 1993, poco antes de que Lombardone consumara su escalada. Barbara Mastroianni, que fue ayudante de sastra en E la nave va y le llamaba siempre signor Fellini, recuerda que su padre volvió a casa enfermo aquel día. “Le molestó toda aquella parafernalia que montaron, decía que Federico no la habría aprobado. No sabía que a él se la harían también poco después”.
En la exposición de Turín se pueden ver también 28 imágenes muy raras, oscuras y poéticas, que tomó durante las pausas del rodaje Arturo Zavattini, hijo del escritor Cesare Zavattini y operador del filme. En su ensayo para la muestra, el eximio crítico Tullio Kezich, amigo y biógrafo de Fellini desaparecido el año pasado, escribía estas sabias líneas: “En la Cámara gritaban los fascistas y en los púlpitos los curas llamaban a rezar por Fellini. Sólo los jesuitas de Milán le defendieron, y fueron enviados al exilio”. Y concluía: “Casi se echa de menos aquella Italietta en la que por una película presuntamente inmoral, en la que no había siquiera la sombra de un desnudo femenino, se rompían amistades, se desencadenaban batallas y se agotaban los periódicos”.
MIGUEL MORA
Mr Rock And Roll
Para mi el auténtico Rey no es, ni nunca ha sido Elvis. El Rey siempre ha sido Chuck Berry. Autor e intérprete de su propio repertorio, letrista excepcional, guitarrista explosivo, con “riffs” intransferibles, es el auténtico puente entre el blues, el rhythm and blues y el rock and roll. Siempre he tenido una vinculación especial con la obra de Berry, a través de dos de sus alumnos más aventajados, John Lennon y Keith Richards. Y, con todos los respetos para Elvis, quien realizó logros históricos, Chuck Berry fue dueño de su cancionero, autor e intérprete, en una época en que el tándem era insólito.
He rescatado esta actuación de Berry, durante su estancia en el Reino Unido en 1972, durante la cual grabó un álbum para Chess records “The London Chuck Berry Sessions”, en el que intervinieron músicos británicos como los componentes de los Faces Kenney Jones e Ian McLaglan. La actuación es impagable y fue retransmitida por la BBC en su programa “Sounds For Saturday”. Para la ocasión, Berry se hizo acompañar por la banda Rocking Horse, un oscuro grupo británico con una efímera carrera musical.
Podéis disfrutar de las restantes partes del concierto aquí http://www.youtube.com/user/Hilton1949
This Song #78
“Baby Don’t You Do It”, compuesta por Lamont Dozier, Brian Holland y Edward Holland Jr. e interpretada aquí por The Band. Originalmente lanzada como single de Marvin Gaye en 1964, por Tamla Motown e incluida en el álbum de Gaye “How Sweet It Is To Be Loved By You”, publicado por Tamla Motown en enero de 1965.
Baby don’t you do it, don’t do it babe
Don’t break my heart, don’t do it babe
Don’t break my heart, please don’t do it babe
Don’t you break my heart
‘Cause I sacrifice to make you happy
Get nothin’ for myself
Now you wanna leave me
For the love of someone else
My pride is all gone, whether right or wrong
I believe, baby, you’d better keep on keepin’ on
Girl, I try to do my best
Girl, I try to do my best, don’t do it babe
Don’t break my heart, oh don’t do it baby
Don’t break my heart
My biggest mistake was lovin’ you too much
And lettin’ you know
‘Cause now you’ve got me where you want me
And you’re gonna let me go
My heart was made glad when you strolled, you see
Heartaches and misery you’ve been causin’ me
Girl, I try to do my best
Girl, I try to do my best
Don’t you do it, don’t break my heart
Go down to the river and there I’ll be
I’m gonna jump in, baby, if you don’t see by me
Open up your eyes; can’t you see I love you?
Open up your heart; can’t you see I need you?
I’m no good without you, can’t go on without you
Life’s no good without you, what’m I gonna do without you?
Baby don’t do it, don’t you break my heart
Don’t you do it, baby, don’t you break my heart
What’m I gonna do without you?
Got to go on, baby
Baby don’t you do it
New York, Club 57
Robert Carrither, fotógrafo:
“Viví en Nueva York durante los primeros ochenta, una época de especial creatividad en la ciudad. Era un habitual de un lugar llamado Club 57 en el sótano de una iglesia polaca en St Marks, en el East Village. Era un laboratorio de creatividad que cambiaba noche tras noche, con diferentes temáticas y actuaciones. Una noche, podía haber una inauguración de una exposición, y la noche siguiente grupos, películas o fiestas tematicas. Mucha gente con talento y divertida desarrolló su arte en el Club 57 por esta época. Las siguientes fotografías capturan a mucha de esta gente memorable a través de retratos o en los variados eventos que se organizaron.
Cada una de estas fotos tiene su propia historia. Por favor, leedla y podréis entender cada una mucho mejor. “
http://www.flickr.com/photos/robertcarrithers/sets/72157622746635138/with/3962746052/
This Song #77
“Hippie Boy”, compuesta por Chris Hillman y Gram Parsons e interpretada por The Flying Burrito Brothers. Incluida en su álbum “The Gilded Palace Of Sin”, publicado por A&M en febrero de 1969.
I was walking down the street the other day
a sight came before my eyes
it was a little hippie boy
i must have been twice his size
his appearence typed his strange breed
gaudy clothes, long stringy hair hanging down
i`d seen perhaps a thousand
in my early trips to town
as he walked on beside me on down the block
i noticed no unpleasing smell.
he might have been on the weed or even lsd
but if he was i couldn`t tell…
so we walked together that way through this neighborhood.
finally he turned around to me
and he said “friend we`re a million miles apart
but you know something?
we can enjoy the sunshine and the weather.
so why don`t we put our differences aside
and just talk to each other?
you see this box beneath my arm?
to you it`s plain, it has no charm
but to someone dearest to my heart
this box has played a tragic part
this little one can`t tell you himself
about his life and how he died.
but if anyone else could speak for him,
i guess i`m qualified.
this boy was in chicago he didn`t know why he was there.
he was with his family and friends and he didn`t really care.
you might have been one of those who saw
the struggle there on your television screen
the tragic thing is so much else happened
that no one else could have seen.
a stranger handed this boy a dollar
to do a simple chore
to carry a package to a nearby hotel.
and when he returned he`d get two more
but when he came back he sort of lost his way walking through the crowd.
one of them things you ask yourself,
how the lord allowed
but when he was found he was like he is now,dreaming sweet and still.
and in his little hand was a crumpled dollar bill.
now you can take that dollar
get four cents on it, compound it quarterly at any downtown bank.
so they can back some hot new tank or atom bomb.
well, what i`m going to tell you now, you can stay or you can leave.
you kind of listened to my story so far but just one more thing…
it`s the same for any hippie, bum or hillbilly out on the street.
just remember this little boy and never carry more than you can eat.”
now could you help us sing this song, please
there will be peace in the valley for him now we pray.
i will think of the little hippie boy that way.












me taRaRean