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Le Testament

noviembre 18, 2010 Dejar un comentario

Yo estaré triste como un sauce
cuando el Dios que me sigue por todas partes
me diga, la mano en el hombro
“Vete a ver si estoy allá arriba”. (1)
Entonces, del cielo y de la tierra
será necesario hacer mi duelo.
¿Está aún de pié la encina
o el pino de mi ataud?

Si hay que ir hasta el cementerio
yo tomaré el camino más largo
yo haré novillos el día de mi funeral
yo dejaré la vida a empujones
Tanto peor si los enterradores me regañan
tanto peor si me creen loco de atar
Yo quiero partir para el otro mundo
tomando el camino más largo.

Antes de ir a hacer requiebros
a las bellas almas de las condenadas
sueño aún con un amorcito
sueño aún con liarme con unas faldas
decir aún una vez “te quiero”
perder aún una vez el norte
desojando el crisantemo
que es la margarita de los muertos.

Dios quiera que mi viuda se duela
al enterrar a su compañero
y que para hacer que vierta lágrimas
no hagan falta cebollas.

Que ella tome en segundas nupcias
un esposo de mi aspecto
él podrá aprovechar mis botas
mis pantuflas y mis vestidos.

Que beba mi vino, que ame a mi mujer
que fume mi pipa y mi tabaco
pero que nunca- por mi alma-
nunca azote a mis gatos
aunque yo no tengo un átomo
una sombra de maldad
si azota mis gatos, habrá un fantasma
que vendrá a perseguirlo.

Aquí yace una hoja muerta
aquí acaba mis testamento.
Han escrito encima de mi puerta
“Cerrado por causa de defunción”.
Yo he dejado la vida sin rencor
no me dolerán más los dientes
Aquí estoy en la fosa común
la fosa común del tiempo.

(1) Es un juego de palabras con la expresión francesa “va-t’en voir si j’y suis” (ve a ver si estoy allí) que se utiliza para echar a alguien de nuestro lado, para decirle a alguien que se vaya y nos deje tranquilo.

TRADUCCIÓN DE JESÚS ÁLVAREZ

Categorías:GEORGES BRASSENS, múSica

La Señora, El Niño Talludito, Otra Señora, El Caramelito y Viceversa

noviembre 18, 2010 1 comentario

—¿Quieres un caramelito, guapo?
—Sí, señora…
—Toma guapo… Cómete este caramelito.
—¿Cómo se dice? —le dijo la mamá.
—¿Cómo se dice, qué?
—¿Cómo se dice gracias?
—Gracias, se dice gracias —repuso el niño.
—¡Qué bien educadito lo tiene! ¿Y cuántos añitos tienes? —insistió la señora que anteriormente le había dado el caramelito.
—Dile a esta señora cuántos añitos tienes.
El niño no contestó y bajó la cabeza hasta el suelo.
—Vamos, nene, dile inmediatamente a esta honrada dama cuántos añitos tienes.
El niño seguía callado, sumergido en el más profundo de los silencios sepulcrales. La madre, quitándose la faja, le amonestó por segunda vez:
—Dile ahora mismo a esta señora que te dé otro caramelito y le dices cuántos años tienes.
—Señora, deme otro caramelito y le diré cuántos años tengo.
—Toma riquete, otro caramelo. ¿Quieres éste o lo prefieres de tocino?
—Lo prefiero de bacalao, porque hoy es viernes, día de vigilia.
—¡Qué cosa más rica de niño es este niño! Toma un caramelo de bacalao.
—Muchas gracias, noble dama. Que Dios le conceda mil y pico de mercedes.
—No merezco tanto, hijito.
—Bueno, pues que le conceda mil y pico de citroenes.
—Tampoco eso me merezco. Eso es mucho para mí.
—¡Bueno, pues doscientas bicicletas…!
—Sigue siendo demasiado…
—Pues entonces vaya usted a la mierda.
—Eso ya es otra cosa.
—La señora de los caramelos se marchó y volvió al cabo furriel.
—¡Vengo perdida! ¡Miren cómo me he puesto!
En efecto, venía hecha una pena, completamente rebozada, como si se hubiera revolcado por un estercolero.
—¿Has visto qué obediente es esta señora? —dijo la madre, que era una verdadera santa.
—Sí, madre mía. Esta señora, además de tonta, es muy obediente. Quiero casarme con ella ahora mismo.
—Pero así… de repente… Primero tendrás que decirle cuántos añitos tienes y cómo te llamas. Esta señora no sabe quién eres.
—Además —repuso la otra señora que no era la madre y que todavía seguía oliendo—, no puedes casarte conmigo porque yo soy casada y tengo marido.
—Su marido, ¿es casado? —intervino otra señora que pasaba vendiendo mojama y pizarrines de colores.
—Sí… mi marido también está casado, desgraciadamente.
—¡Vaya un dilema! ¡Pues sí que estamos bien! ¡A ver con quién se casa ahora mi hijo! Porque mi hijo no tiene más remedio que casarse, ya lo están ustedes viendo.
—Si yo supiera de alguien —dijo la vendedora de mojama y pizarrines— se lo diría, pero así de momento…
—¡No, no…! ¡Yo quiero casarme con la señora que se ha hecho del cuerpo. Estoy locamente enamorado de ella.
La madre, angustiada, suplicó:
—¡Cásese con él, por favor se lo pido!
—Pero, y mi marido… ¿qué diría mi marido?
—Su marido no diría nada una vez muerto.
—Pero mi marido no ha muerto, mi marido es perito en la materia y en Burjasot. Mi marido vive.
—No importa, se le puede matar en un momento… Pagándole lo que sea… ¿Le parecen mil quinientas…?
—Eso es poco, tenga en cuenta que mi marido pesa cerca de los noventa kilos…
—¿Dos mil…? ¿Dos mil trescientas?
—¡Vale! Pero, por favor, que no se entere él, porque se llevaría un disgusto tremendo.
—No se preocupe, señora, descuide usted, que no le diremos nada hasta después del óbito.
—¡Muchas gracias, son ustedes muy amables y buenos…! Que Dios les bendiga.
Ignoro cómo habrá terminado esta historia, porque como no sé cómo se llamaba el niño…

LUIS SÁNCHEZ POLACK “TIP”

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