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Photographs & Memories #22
Liz Taylor, 1955, on the set of “Giant”, directed by George Stevens. Photograph by © Allan Grant/TIME & LIFE Pictures/Getty Images
La Airada Britannia
Un documental revelador de la escena de la música británica de la segunda mitad de los setenta. Lo llamaron punkm nueva ola…..qué mas da. El caso es que fue una época explosiva, con un puñado de bandas y músicos llenos de energía, de poderío. Filamado en 1980, cuando la escena comenzaba a desvanecerse, contiene actuaciones emocionantes de The Clash, Ian Dury, The Jam, The Specials, Madness o The Pretenders.
The Art Of Advertising #17
Dirigido por Serge Gainsbourg. Jane Birkin en acción. 1976
El Asiento Del Conductor
“The Driver’s Seat” es una película oscura y completamente esquizofrénica. Pero fue protagonizada por Liz Taylor, quien se prestó a este juego psicótico, dirigido por el italiano Giuseppe Patroni en 1974, con fotografía del gran Vittorio Storaro y un cameo de Andy Warhol. La Taylor supo vivir una vida extremadamente inestable, esquizoide, conservando su divinidad innata en el paraíso luminoso de las pantallas de cine. Fue genuinamente única.
This Song#126
“7 Deadly Sins”, compuesta e interpretada por The Traveling Wilburys. Includida en el álbum “The Traveling Wilburys Vol. 3″, publicado en octubre de 1990 por Warner Bros.
Los Traveling Wilburys fueron:
Clayton Wilbury (Jeff Lynne) – guitarra acústica, bajo, teclados, voces
Spike Wilbury (George Harrison) – guitarra eléctrica y acústica, mandolina, sitar, voces
Boo Wilbury (Bob Dylan) – guitarra acústica, harmonica, voces
Muddy Wilbury (Tom Petty) – guitarra acústica, bajo, voces
Lefty Wilbury (Roy Orbison), solo grabó su primer álbum “The TravelingWilburys Vol. 1″. Murió dos meses más tarde de publicarse a los 52 años.
Jim Keltner – batería
Jim Horn – saxo
Seven deadly sins
That’s how the world begins
Watch out when you step in
For seven deadly sins
Seven deadly sins
(Sin number one) was when you left me
(Sin number two) you said goodbye
(Sin number three) was when you told me a little white lie
Seven deadly sins
Once it starts, it never ends
Watch out aroung the bend
Seven deadly sins
(Sin number four) was when you looked my way
(Sin number five) was when you smiled
(Sin number six) was when you let me stay
Sin number seven
Was when you touched me and drove me wild
Seven deadly sins
So many rules to bend
Time and time again
Seven deadly sins
La Noche De Harry
A Harry Nilsson, le descubrí por un disco manoseado que mis hermanos tenían en su colección. No tuvo nada que ver con lo que uno solía escuchar por entonces. Era música que le encantaba a mi madre. “A Little Touch of Schmilsson in the Night”, publicado en 1973, fue el séptimo álbum de este músico anárquico, inclasificable y libre. Vocalista excepcional, quiso homenajear a canciones clásicas de los años treinta y cuarenta, con la ayuda exquisita de un arreglista experimentado, Gordon Jenkins, quien supo aportar los matices necesarios para que se adaptaran a la singular voz de Harry.
Jenkins fue uno de los arreglistas más expresivos: supo adaptarse a la tonalidad vocal de Frank Sinatra en su imprescindible álbum para Capitol Records “No One Cares”, repleto de amargura. El propio Sinatra lo apodó “el álbum del suicidio”. Los arreglos de Jenkins son devastadores.
Precisamente el álbum de Nilsson fue uno de ésos que permiten que descubras ríos musicales desconocidos. En este caso, me ayudó a conocer a compositores eternos, descubrir un cancionero que me llevó al Jazz y al mundo de los “crooners”, empezando, claro está, por Sinatra. Y, ante todo, me ayudó a amar a Harry Nilsson
En 1973, pocos días después de la grabación del álbum, Harry se encerró en un estudio de la BBC con Jenkins y una orquesta de 39 músicos. Imborrable e imprescindible.
Infancia Nunca Perdida
Recuerdos imborrables. Imágenes que permanecen: la final de la Copa del Rey. El Athletic, mi Athletic, que todavía podía encontrar su hueco entre la nómina de campeones, cuando el fútbol era, todavía, una competición abierta, sin que el dinero se adueñara de la situación para armar equipos forjados en el vil metal, perdió la Copa ante el Betis. Y fue Dani quien falló el gol decisivo en la imborrable tanda de penaltis. Y, sin embargo, Dani siguió encarnando mis ensoñaciones futbolísticas de mal jugador de recreo. Dani siempre encarnó – y todavía lo hace – a mi héroe futbolístico.
Hoy me he encontrado con esto. De vez en cuando, el pasado regresa sin llamar a la puerta. De vez en cuando, te encuentras en el periódico artículos que parecen haber sido escritos expresamente para ti.
A las 20.47 de un 15 de marzo, domingo, hace 25 años, el guerrillero colgó su fusil. Había saltado al césped por última vez en un partido oficial (2-1 al Betis) con la camiseta del Athletic siete minutos antes, en sustitución de Julio Salinas. Dani era el goleador nato, pero partiendo probablemente de unas condiciones adversas, sobre todo en el fútbol físico de hace un cuarto de siglo. El milagro de un futbolista de 170 centímetros -”aunque muy fuerte”, matiza- que en 402 partidos anotó 199 goles con el equipo bilbaíno -es su tercer máximo realizador, tras Zarra, con 333, y Bata, con 208-, muchísimos de cabeza: “Pero siempre se me recuerda por el penalti que fallé en la final de Copa, ante el Betis, que nos costó el título en 1977. En realidad, el último lo tiró El Txopo Iríbar, pero siempre se recuerda mi error al ser el especialista”.
Dani tiraba penaltis y penaltis en el Athletic. Los lanzaba todos iguales, con aquella paradinha que todos los porteros conocían, pero que casi ninguno evitaba: “He lanzado penaltis comprometidos, de esos que valen un partido, pero ese día, en el Calderón, ante Esnaola, lo hice todo mal, absolutamente todo mal”. Dani, como especialista, fue designado como el último lanzador de la tanda de cinco. “Mientras tiraban mis compañeros, estaba en cuclillas, con las manos tapándome los ojos. No quería verlo. De pronto, me tocó el turno y el juez de línea me dio el balón y me dijo: ‘Toma, que tienes la posibilidad de ganar la Copa’. Entonces me empezaron a temblar las piernas. Iba cagado y lo hice todo mal”.
A Dani le apodaban El Guerrillero porque lo suyo era la sorpresa, adelantarse al rival y no rehuir jamás el cuerpo a cuerpo. “Cuando jugaba en el Sodupe, tuve un entrenador que nos enseñó todo el trampeo razonable del fútbol. Por ejemplo, el penalti indirecto, que luego hizo Cruyff en un partido. El árbitro se empeñó en que se lanzara exactamente desde el punto de penalti, que estaba sumergido en un enorme charco de agua. Entonces decidimos lanzar suavemente el balón hacia adelante y que rematara otro compañero. Era legal”. Dani comenzó a aprender las artes que todo delantero debe explotar para llegar a su cometido en Regional y las mantuvo hasta el día de su jubilación deportiva. “El objetivo es el gol y yo siempre he sido un goleador, no un extremo, aunque luciera el número 7 en la espalda. Si el defensa me daba un codazo, necesariamente debía responderle con dos. Hay que defender el territorio”, afirma.
“El goleador nace, de eso no hay duda”, advierte Dani, “aunque luego se puede perfeccionar en las distintas formas de conseguirlo”. Y recuerda quizá uno de los goles más valiosos de su carrera, el que le marcó al Madrid en 1984 y que, por efecto del goal average, dio el título al Athletic, a igualdad de puntos, esa temporada. Había saltado al campo en el minuto 77 y 10 después ya había anotado: “Fue un centro de Goikoetxea y yo estaba en el área pequeña. Vi a Miguel Ángel que se preparaba para salir y yo tenía cerca a Bonet. En una décima de segundo pensé: ‘Si amago con ir al balón y no voy, quizá estos dos se choquen. Y se chocaron. Solo tuve que empujar el balón a la portería. Eso no se enseña, aunque tampoco sale siempre”.
El remate de cabeza era otra asignatura para alguien que quisiera jugar en el área en los años setenta y ochenta. “Me preparaba desde que estuve en el Villosa una hora tras los entrenamientos. Me lo enseñó aquel entrenador, pero luego lo hacía también en la selección española cuando Santillana y yo nos quedábamos a practicar. Kubala nos decía: ‘¡Vamos, chicos, que mañana hay partido!’. Y nosotros le pedíamos que nos dejara seguir: centraba él, remataba yo; centraba yo, remataba él”.
Dani no era un tipo fácil para los árbitros: “En el fútbol hay que jugar todas tus armas legales y yo ni era de los que se callaban ni soportaban injusticias. A veces, es cierto, también les echaba al público encima. Hay muchos caminos para el gol”.
El gol siempre estaba en el punto de mira: “No era una obsesión, pero sí una obligación. No te haces egoísta, sino responsable con tu cometido”. Muchos los marcó de cabeza, pese a su corta estatura, ante centrales como Migueli, que le sacaban dos cuartas. Pero su gol típico era el de volea: “Reconozco que en el fútbol no hay nada más placentero que el gol de volea. A mí era el que me dejaba siempre más satisfecho. Te sientes como realizado con ese golpeo brutal. Es como si disparases con todo el cuerpo y no solo con la pierna”. Y en el recuerdo, San José, el lateral izquierdo del Sevilla, con el que protagonizó sus duelos más épicos. “Era como una obsesión”, dice el andaluz; “en el campo pasaba de todo, pero fuera siempre nos llevamos bien. Allí solía ganar él y aquí solía ganar yo”. Dani le recuerda con cariño: “Pero no eran menores los duelos con Camacho, fíjese qué jugador, o con Cundi, del Sporting. Pero yo tenía que defender el territorio”. Palabra de guerrillero.EDUARDO RODRIGÁLVAREZ
Photographs & Memories #21
1972, US Olympic Star Trials, Lowell North and Peter Barrett. 40 knot breeze. Photograph by Chris Caswell
Al Capone Amaba El Jazz
Convendría puntualizar este titular. Alphonse Capone, como descendiente de napolitanos, amaba el bel canto y veneraba a Enrico Caruso. Pero Capone era hijo de su tiempo y también apreciaba el jazz. De hecho, el desarrollo del jazz hubiera sido más lento de no haber contado con el patrocinio de Capone y otros gánsteres.
El sábado, Canal + 2 ofrecía una maratón de Boardwalk empire, la primera temporada de la serie. Allí aparece Capone trabajando de máquina de matar, aunque humanizado, como corresponde a las convenciones de la HBO: es el padre frustrado ante la sordera de su hijo, aparentemente ignorante de que la dolencia derivaba de su propia sífilis. El personaje está metido con calzador en lo que es una crónica de la corrupción política en Atlantic City, muy lejos de su territorio. Pero me empuja a buscar información sobre la leyenda de Caracortada Capone como santo patrón del jazz.
Inevitablemente, la Prohibición supuso la proliferación de tabernas, clubes y prostíbulos donde se podía consumir alcohol. Bastantes locales eran controlados directamente por bandas de contrabandistas y necesitaban músicos que animaran aquello. Se recurrió a los jazzmen (en muchos casos, negros), para consternación de los sindicatos de músicos (reservados a blancos), que consideraban semejantes sonidos “vulgares”. En Chicago, los jazzmen gozaron de la simpatía de Al Capone y su hermano Ralph. Dejando aparte su modus operandi, parece que Al carecía de prejuicios raciales: se casó con una irlandesa, admiraba a los judíos y daba empleos a negros. Algunos, como el contrabajista Milt Hilton, complementaban sus ingresos distribuyendo licor. En esas labores, Milt sufrió un accidente que hubiera sido aún más grave si llegan a amputarle un dedo. Según recordaba Hilton, llegó Al Capone justo a tiempo y advirtió al médico que debían preservarle la mano. Era una orden y así se tomó; Capone se ocupó de todos sus gastos hospitalarios.
No todos los jazzmen tuvieron encuentros gratos. Fats Waller fue secuestrado en Chicago y llevado a la localidad contigua de Cicero, donde los Capone habían abierto incluso un Cotton Club, en imitación del cabaret de Harlem. En realidad, se esperaba que Waller animara la fiesta de cumpleaños de Al, cosa que hizo durante los tres días siguientes. Volvió con los bolsillos llenos de billetes, pero con el miedo en el cuerpo. El guitarrista Eddie Condon decidió dejar de tocar en el Alcázar al descubrir que el propietario era Capone. Si estaba el jefe, la juerga mantenía cierto decoro pero sus hombres tendían a la violencia, como comprobó el cornetista Jimmy McPartland: “Un mafioso podía romper una botella en la cabeza de alguien, luego se la restregaba por la cara y terminaba dándole patadas; mientras, nosotros no debíamos dejar de tocar”. Muchos jazzmen de aquella generación transformaron en anécdotas sus encuentros con Al Capone. Y la mayoría eran risueñas: Earl Hines recordaba propinas de 100 dólares. Otros no se sintieron tan impresionados: Capone prefería las melodías sentimentales.
Lo cierto es que Al brillaba en comparación con su hermano menor, más brutal en público. Y se reveló como un maestro en las relaciones públicas. Sermoneaba a los músicos jóvenes, para que no olvidaran escribir a sus madres y les recomendaba asistir a oficios religiosos. Les prevenía contra los peligros de las drogas, aunque él era un consumidor secreto de cocaína.
Revisando Boardwalk empire, uno descubre la escasa distancia entre el gánster y el modelo estadounidense del cacique, el boss que controlaba una ciudad, como hacía Nucky Johnson en Atlantic City. El Capone histórico no estaba tan pulido pero dominaba el arte de despertar empatía en sus encuentros. En unos minutos, llegaba a la intimidad y se ganaba la amistad de personas que olvidaban convenientemente el modo en que se ganaba la vida. Tenía maneras de político aceitoso. Aunque terminó ejerciendo de músico. Encarcelado en Alcatraz, formó un trío con otros presos. Tocaba el banjo, un invento afroamericano, pero recaló finalmente en la mandolina, tan mediterránea. No le ganó simpatías. En 1936, estaba mostrando su nuevo instrumento a un funcionario cuando un penado rencoroso le clavó una cuchilla de barbero. Capone lo superó y viviría 10 años más.
DIEGO A. MANRIQUE












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