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Archive for 30 octubre 2009

En Defensa de Los Ociosos

octubre 30, 2009 1 comentario

Casi nunca estoy ocioso. Estoy leyendo. Escribiendo. A veces pensando, bebiendo, hablando. Incluso haciendo otras cosas. Pero no me recuerdo ocioso. Y me encantaría. No hacer nada. Preferir no hacerlo. Pero no estoy preparado.

He recibido cinco pequeñas joyas de una de esas pequeñas grandes editoriales. De esos editores que hacen los libros a mano. Que cuidan cada uno como si fueran únicos. La editorial se llama Gadir. Y ha comenzado con el muy querido Robert Louis Stevenson, el hijo del farero, el añorado Tusitala de Samoa. Son libros para llevar en el bolsillo, para lectura corta y placer largo. El de Stevenson se llama “En defensa de los ociosos”. Los otros son de Pessoa, Carlo Dossi, Emerson, Gasquet.

La lección ética y vital, el pequeño ensayo de Stevenson recoge el diálogo de dos ingleses conocidos:

“Boswell: Estar ocioso resulta aburrido.

Johnson: Eso sucede, señor, porque como los demás están ocupados, nos falta compañía; más si todos estuviéramos ociosos, no resultaría aburrido; nos entrtendríamos los unos a los otros”

Y el mismo Stevenson escribe: “Estar extremadamente ocupado, ya sea en la escuela o en la universidad, ya en la iglesia o el mercado, es un síntoma de deficiencia de vitalidad; una facilidad para mantenerse ocioso implica un apetito católico y un fuerte sentido de la identidad personal”

Me gusta pensar en mis ratos de ocio. Ahora me tengo que escapar al sur. Vuelvo en un rato.

Javier Rioyo

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Las Vidas de Joseph Conrad


Hace un par de años, y coincidiendo con el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Joseph Conrad, Editorial Lumen le dedicó un homenaje particular editando la biografía de John Stape, un state of the art en lo que se refiere al aparato crítico referido al gran escritor de origen polaco. Quienes no tuvieran entonces ocasión, o mejor aún, quienes no hayan sentido nunca curiosidad por saber cómo era el hombre que vivía detrás de la imponente figura del escritor, puede aprovechar la aparición de la edición de bolsillo de aquella biografía y subsanar ahora tan lamentable error. Porque Stape lleva a cabo una operación fascinante, muy lejos de los ejercicios biográficos al uso.

conrad

Conrad tuvo una vida – o vidas, como dice Stape – plagada de sobresaltos, aventuras y situaciones extremas, con la particularidad de que encima tuvo un final feliz. En las reseñas biográficas se suele decir que hasta los veinte años fue un polaco errante, huérfano, sin patria y sin oficio ni beneficio. De los veinte a los cuarenta fue marino mercante inglés, por cierto que con una carrera profesional bastante calamitosa, o al menos no acorde con la imagen de marino que urdieron él mismo y sus hagiógrafos. (Leyendo a Stape da la sensación de que Conrad pasó más tiempo en tierra buscando empleo que embarcado, y que cuando se enroló en algún barco casi siempre fueron fierros que se encontraban ya en la fase previa al desguace, aparte de que por lo general ejerció oficios de escasa categoría). En la tercera y última etapa de su vida, sin embargo, ejerció de figura indiscutible de la literatura universal.

Como es lógico, tan singular trayectoria vital le suministró material de sobras para la veintena de libros que escribió. Y como es asimismo lógico, él manipuló, tergiversó y adaptó ese material tan arduamente recolectado, ocultando lo que debía ser ocultado y resaltando lo que de más valioso tenía. Cuando llegó a ser famoso y empezaron a salirle exégetas en las cuatro esquinas del mundo (incluso en Tokio hay actualmente una opulenta fundación Conrad dedicada a la investigación de su vida y obra), los aspectos más singulares y espectaculares de ese material previamente manipulado y reciclado fueron utilizados para urdir la casi divinizada figura pública que ha llegado hasta nuestros días. Es de resaltar que una parte nada desdeñable de las tergiversaciones y exageraciones fueron propaladas por el propio Conrad. Quede claro sin embargo que todo ello (la manipulación del material biográfico) no es sólo una operación lícita sino que casi cabría decir que necesaria en el caso de un escritor, pues el único compromiso que tiene éste es con su literatura, y la verdad, la historia, la confesión o el testimonio quedan por entero supeditados a las exigencias narrativas. Ya vendrán después los biógrafos a desentrañar la otra verdad, la no literaria, el cómo ocurrió en realidad.

joseph-conrad

Y en este sentido, John Stape ha realizado un trabajo impagable. Desde un punto de vista estrictamente profesional, no hay engaño posible: ochenta años después de la muerte de Conrad, ya no quedan con vida testigos directos que puedan aportarle a un biógrafo actual datos o testimonios directos y hasta ahora desconocidos. Y los innumerables e incondicionales entusiastas han rebuscado hasta lo indecible en archivos públicos y privados, bibliotecas y hemerotecas de medio mundo, de forma que tampoco por ahí cabía esperar ninguna novedad trepidante. Lo único realmente novedoso en el trabajo de Stape son las aportaciones de la correspondencia de Conrad, puesta a disposición del público desde 1980. La otra aportación digna de elogio realizada por Stape al cabo de tantos años de reunir y elaborar material no le va a gustar, en el caso harto improbable de que algún día llegue a leer estas líneas. Y me refiero al hecho de que, a juzgar por su trabajo, John Stape es un hombre metódico, disciplinado y tenaz, de lenguaje sobrio y mente ordenada, pero absolutamente privado de imaginación, o incluso de creatividad. Y conste que lo digo como elogio, o como elemento positivo de cara a lector imaginativo y que ya tiene una idea previa bastante clara de todos los florilegios, exégesis y exageraciones tramadas para exaltar a la figura pública y lo único que quiere saber es qué pasó. Y en este sentido Stape es insuperable, pues ha seguido los pasos de Conrad casi día a día y está en situación de decir a quién vio de verdad ese día, si dichos encuentros tuvieron consecuencias o no y, en caso de que sí tuvieran consecuencias, en qué forma fueron manipulados a la hora de crear tal personaje, embellecer tal secuencia famosa o aportar material para una trama determinada. Y sin entrar para nada en valoraciones o interpretaciones literarias. No es un crítico ni un teórico. Sólo el día a día. Quién fue quién en la vida real, y en qué forma entró a formar parte de las novelas. Y por si aún queda alguna duda, al final hay una serie de secciones que permiten al lector insaciable terminar de componer el personaje Conrad.

Javier Fernández de Castro

Las vidas de Joseph Conrad

John Stape

Debolsillo

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This Song #10

octubre 30, 2009 2 comentarios

El Baile”, compuesta por Miguel Bañón y Román García. Interpretada por Los Marañones. Incluida en su álbum “Quiero Bailar Agarrao”, 1992

Hay un baile
No quiero olvidarme
Esto no huele bien
Voy a desinfectarlo
Si la pudiera planchar
La corbata iría bien
Si esta chaqueta es así
Qué le voy a hacer
Esto me sienta mal
Voy impresentable

Hay un baile
Le digo a la abuela
No se preocupe por mí
Ni espere a que vuelva
Me voy a presentar
En sociedad
Y me debe dejar
O la puedo matar
Aunque no sé bailar
No puedo faltar

Vaya baile
Era inaguantable
La única nena que vi
Debía ser su madre
Era una vieja hiena
Que movía los pies
Lo hacía tan mal
Que yo la pisé
Vaya un baile
Lo quiero olvidar

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Old Brown Shoe

octubre 30, 2009 1 comentario

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This Song #9

octubre 29, 2009 1 comentario

“(I Was) Born To Cry”, compuesta por Dion Dimucci e interpretada por Dion. Incluida en su álbum “Lovers Who Wander”, publicado en 1962.

Yeah, yeah, yeah

I’d like to tell you something
All about the good and the bad
I wish today the world, my friends
Would stop being sad

There’s so much evil round us
I feel that I could die
And I know, yeah
That I was born to cry

Well, if I ever told you
All about the things I have done
I can’t remember having
Even one day of fun

I don’t know what I’m doing
If I do, it’s a lie
But I know that I
Was born to cry

Yeah, cry
I said cry, oh, yeah, cry
Oh, yeah, oh

Well, every girl I ever loved
Always stepped right on my feet
I thought I had a friend once
But he kicked out my teeth

The things I like and wanna have
I can’t even buy
But I know, yeah
That I was born to cry

Well, I know someday
And maybe soon
That master will call
And when he does
I’ll you something
Ha ha, I won’t cry at all

Until it happens, folks
I’ll sail with that tide
And I know, yeah
That I was born to cry

Well, I said cry, oh, yeah
Cry, oh, yeah, cry
I said don’t you know
That I was born to cry
Well, I cry, cry, cry, cry

Yeah, well, I know
Someday and maybe soon
That master will call
And when he does
I’ll you something
I won’t cry at all

Until it happens, folks
I guess I’ll sail with the tide
And I know that I was born to cry

Categorías:múSica

Mama You Been On My Mind

octubre 29, 2009 1 comentario

Categorías:DarK HoRsE

Las Cartas Sobre La Mesa

octubre 28, 2009 1 comentario

Entre los lectores de literatura, esa especie cada vez más rara, hay una subespecie que siempre me ha parecido francamente exótica: los lectores de correspondencias. Son entrometidos, indiscretos, cotillas, y lo son mucho más que los lectores de biografías, porque su interés morboso llega hasta lo más banal e intrascendente de la vida de un escritor: todo lo que el biógrafo sensato suele desechar está ahí, en las cartas, invadiendo cada línea y fascinando a estos mirones desvergonzados. La pelea epistolar entre Flaubert y Louise Colet a mediados de 1847 (“quieres que te bese, ¿eh?”), las quejas del niño Joseph Conrad sobre el verano (“no me gusta que me piquen los zancudos”), la mudanza de John Cheever a los suburbios en 1951 (“el borde de la piscina es de mármol italiano”): el lector de correspondencias devora estas anécdotas inanes como si se fuera a acabar el mundo o, por lo menos, la publicación de correspondencias. Lo cual puede muy bien que suceda: ¿a quién le interesa que Faulkner, escribiendo frente a un ventilador en los días más calientes del año, tenga que sostener el papel con una mano para que no se le desordene el manuscrito? ¿A quién le interesa que en 1937 Nabokov haya engordado un poco y se haya bronceado, y además que esté un poco mejor de su psoriasis, gracias por preguntar?

No, estas cosas no deberían ser del interés de un adulto responsable. Y sin embargo ahí estamos -sí, ya lo había adivinado el lector: yo soy uno de estos cotillas, indiscretos, entrometidos-, coleccionando estos episodios, volviendo a las cartas de los escritores que queremos y admiramos con tanta frecuencia como volvemos a sus ficciones, olvidando uno de los principios esenciales de la vida literaria: las novelas son siempre mejores y más inteligentes que quienes las han escrito. Cada uno de nosotros -indiscretos, cotillas, entrometidos- tiene su propio inventario de cartas predilectas. Flaubert, en 1853, antes de ir al funeral de la madre de un amigo: “Mañana será de un dramatismo sombrío… Tal vez encuentre allí cosas para mi Bovary”. Joyce, mientras escribía Ulises lejos de Dublín, preguntándole a su tía si un hombre de mediana contextura puede saltar, sin hacerse demasiado daño, desde la ventana del número 7 de Eccles Street. Hemingway demostrando, a los 27 años, un conocimiento excelso del mundo literario: “Si Fiesta llega a tener algún éxito habrá mucha gente con la navaja preparada, ansiosa por verme resbalar… y la mejor manera de manejar esa situación es no resbalar”. Nuevamente Hemingway, ocho años después: “Mi idea de carrera es nunca escribir una línea falsa, nunca fingir, nunca mentir, nunca dejarme arrastrar por los movimientos y.m.c.a del momento, y darles en cada libro tanta literatura como cualquier hijo de puta haya podido meter en el mismo número de palabras”. Una especie de ética portátil, un tutor franco, directo e implacable, un manual de instrucciones -la literatura, mode d’emploi-: todo eso está en mis cartas, estas cartas desperdigadas por varios siglos y varios autores, estas cartas a las que vuelvo todo el tiempo y que me producen la ilusión, de tarde en tarde, de haberme tenido como destinatario. Así los muertos, nuestros muertos, siguen echándonos una mano desde el pasado. Y quizás nos perdonen incluso el voyeurismo.

Juan Gabriel Vásquez, BABELIA 24/10/2009

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