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Esos Saberes IrreLevantes

noviembre 30, 2009 2 comentarios

En algún lugar vi la noticia, un breve, una curiosidad, una anécdota sin importancia. Lamenté que fuera tan escueta, me habría gustado conocer más detalles del asunto, no tan baladí para mí como para quienes lo recogieron. Al parecer, una joven española, aspirante a ganar el certamen “Reina Hispanoamericana 2009″, al preguntársele por el año en que Colón descubrió América, contestó que “en 1780″. Da curiosidad saber por qué diablos eligió esa fecha disparatada, en vez de responder “No lo sé”, que habría resultado más disculpable. ¿Por qué 1780? ¿Cómo creerá la joven que era el mundo en ese año? ¿Sabrá que pertenece al siglo XVIII o ni siquiera le habrán enseñado cómo calcular los siglos? ¿Sabrá lo que es un siglo? Si hubiera dicho “1789″, podríamos pensar que se confundió de fecha célebre. Pero, ¿1780? En verdad un arcano. La noticia añadía algo, quizá más sintomático y revelador todavía: se conoce que a la muchacha le quisieron sacar los colores por su metedura de pata en un programa de TVE, pero ella se defendió con desparpajo y afirmó: “Es irrelevante saber eso”.

Es fácil no conceder importancia a la cosa y consolarse con la asentada idea de que todas las misses y aspirantes a tales son ignorantes por definición y tontas de baba. Sus grititos, sus llantos y sus obviedades han sido parodiados hasta la saciedad en películas y programas de humor. ¿Qué se puede esperar de una miss? Ya se sabe. Pero la joven en cuestión era probablemente una chica normal hasta hace cuatro días. Habrá ido al colegio como cualquiera, y quién sabe si no habrá terminado su bachillerato o su ESO o como quiera que se llame ahora. Habrá llegado a sus dieciocho o veinte años con alguna instrucción, y la prueba es que le viene a la cabeza la palabra “irrelevante”, algo que en nuestro tiempo no está al alcance de todos. Yo me temo que sus dos respuestas, la de 1780 y la de la irrelevancia, las podrían haber dado numerosos jóvenes que nada tuvieran que ver con concursos de belleza y no pocos adultos actuales, entre ellos, sin duda, algunos de los periodistas televisivos que le quisieron sacar los colores, sólo que a ellos no se les hacen esas difíciles preguntas con cámaras delante.

“Es irrelevante saber eso”. En cierto sentido no le falta razón a la candidata a “Reina”, porque lo mismo opinaron, a buen seguro, cuantos profesores tuvo en su vida y los responsables de Educación -gubernamentales y autonómicos- de las últimas dos o tres décadas, que han hecho todo lo posible por convertir a España en una sociedad de iletrados, de ignorantes ufanos de su ignorancia, de primitivos duchos en tecnología; así como un buen número de progenitores, que se han dedicado a exigir a los docentes que enseñen a sus vástagos “cosas prácticas”, que les sirvan para ganarse la vida en el futuro, y no pierdan el tiempo con lo “irrelevante”. ¿Sirve de algo el latín, una lengua cadáver? ¿Sirven las matemáticas, cuando tenemos calculadoras que nos dan el resultado de cualquier operación en el acto? ¿Sirven la gramática, la sintaxis y la ortografía, si da lo mismo cómo se hable y se escriba? ¿Sirve conocer la historia, si basta con buscar en Internet para averiguar al instante quién fue tal personaje o qué pasó tal año? ¿Sirve la geografía, si cogemos aviones que nos trasladan a cualquier sitio en unas horas y nos trae sin cuidado el trayecto? ¿Sirve algo de algo? ¿Y qué es, pues, “lo práctico”? Tal vez sólo aprender a manejar el ordenador y la calculadora. En realidad, ¿para qué es necesario ir a la escuela? ¿Para tener una idea del mundo, del pasado de la humanidad, de la historia del arte y de las religiones, de la evolución de las ciencias, de nuestra anatomía, de los textos que se han escrito, de la multiplicación y la división y la suma y la resta, del círculo y el triángulo? Nada de eso es “práctico” ni ayuda a ganarse la vida, no digamos a ser Reina Hispanoamericana. Y sin embargo…

La educación no son sólo conocimientos y datos. Es parte esencial de lo que solía llamarse “formación”, esto es, la conversión de los individuos en personas, no en seres animalescos que caen en el mundo sin tener noción de lo que hubo antes que ellos, incapaces de asociar dos hechos, de distinguir entre causa y efecto, de articular dos frases inteligibles, de pensar y razonar, de comprender un texto simple. Esta es la clase de ser que cada día abunda más en nuestra sociedad intelectualmente rudimentaria. El problema es que, por algún misterio, a la postre esos seres no resultan “prácticos” ni se pueden ganar la vida, la vieja aspiración de sus ya embrutecidos padres. No es raro ver en la televisión a jóvenes y no tan jóvenes que dicen en estos tiempos de crisis: “Yo no quiero estudiar, lo que quiero es que me den un trabajo para ganar dinero”. A menudo tienen tal pinta de cabestros que me descubro pensando con pena: “Pero, hombre de Dios, ¿cómo te va a dar nadie un trabajo si es obvio que no te han enseñado nada y que aún no sirves ni para pegar un sello? Si yo fuera un empresario, no te contrataría”. Me temo que los que lo sean pensarán otro tanto: “No necesito a un animal tecnológico, que sepa darle a las teclas según se le ordene, pero sin tener ni idea de lo que hace. No necesito a una persona incompleta. Tráiganme a alguien civilizado, con conocimientos irrelevantes, de los que permiten desenvolverse en el mundo”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de noviembre de 2009

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Your Love Is Forever

noviembre 30, 2009 1 comentario

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This Song #27

noviembre 30, 2009 Deja un comentario

“What a Difference A Day Makes!”, compuesta por María Méndez Grever y Stanley Adams, interpretada por Dinah Washington. Incluida en su álbum “What a Difference A Day Makes!”, publicado en 1959.

What a diff’rence a day made
Twenty-four little hours
Brought the sun and the flowers
Where there used to be rain

My yesterday was blue, dear
Today I’m part of you, dear
My lonely nights are through, dear
(Since you said you were mine)

What a diff’rence a day makes
There’s a rainbow before me
Skies above can’t be stormy
Since that moment of bliss
That thrilling kiss

(It’s heaven when you find romance on your menu)
What a diff’rence a day made
And the difference is you

(What a diff’rence a day makes)
(There’s a rainbow before me)
(Skies above can’t be stormy)
Since that moment of bliss, that thrilling kiss

(It’s heaven when you find romance on your menu)
What a diff’rence a day made
And the difference is you


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Una Orgía Perpetua

noviembre 30, 2009 1 comentario

Alejo Carpentier

Habría que saber por qué caminos improbables llegan a nosotros desde muy lejos las influencias que van a determinar nuestra vocación, nuestra manera de mirar el mundo. En Úbeda, cuando estaba en el último año del instituto, un amigo con el que compartía el amor por la música pop y por la literatura me dio a leer por primera vez un cuento de Julio Cortázar.

Me hizo una impresión tan fuerte que al cabo de tantos años y después de haber leído tanto los cuentos de Cortázar y de haber dejado de leerlos me sigo acordando de éste: era La isla a mediodía. Me sorprendió con la sugestión de lo raro, de lo inusitadamente nuevo. Estaba escrito en una lengua que era la mía, y que sin embargo tenía una flexibilidad, una música desconocida, entre lo coloquial y lo abstracto, muy ajena a la de los escritores españoles a los que yo leía por entonces, y por supuesto a las traducciones de novelas extranjeras de las que me alimentaba, dependiendo de las disponibilidades limitadas de la biblioteca pública y de mis compras en el Círculo de Lectores, cuyos viajantes llamaban a la puerta cada tres meses trayendo el tesoro inusitado de sus catálogos y sus encargos, un poco a la manera en que los gitanos de la tribu de Melquíades aparecían cada cierto tiempo en Macondo para mostrar las novedades del mundo exterior.

Cuesta ahora revivir en toda su plenitud el impacto que tuvo para muchos españoles jóvenes el primer encuentro con la literatura moderna de América Latina. Estaba escrita en nuestro idioma y sin embargo era desmedida y exótica, en el sentido más noble de la palabra, porque nos abría la imaginación a continentes tan asombrosos como los que siglos atrás habían intentado contar los cronistas de Indias. Llegaba como un vendaval de innovación y ruptura, pero a la vez poseía todo el hechizo de los relatos primitivos, toda la fuerza de las novelas inmensas del siglo XIX. Por los laberintos de Cien años de soledad uno se perdía como por las historias entreveradas del Quijote o de Las mil y una noches o El Decamerón. En algunos suplementos literarios que llegaban de Madrid con varios días de retraso se hablaba de experimentos confusos e incitantes en la literatura, de novelas escritas sin puntos ni comas ni personajes ni tramas que debían de ser tan prestigiosamente indescifrables como algunos discos de Frank Zappa llegados también a nuestra provincia cualquiera sabe por qué caminos. Estaba claro que en aquel cuento de Julio Cortázar había algo muy nuevo que uno no sabía lo que era, igual que en los diálogos entreverados de otra novela también llegada por entonces, La casa verde, pero esa parte de extrañeza no entorpecía la lectura ni enturbiaba la historia, sino que las hacía aún más incitantes. Con la pedantería propia de la adolescencia, durante varios años yo me empeñé en demostrarme a mí mismo que era un lector intrépido y un aspirante a novelista de vanguardia, sometiéndome a las audacias narrativas españolas más celebradas por la crítica de entonces: Oficio de tinieblas 5, de Cela; Heautontimoroumenos, de J. Leiva o Leyva; Juan sin tierra, de Juan Goytisolo. Ni la más ardiente hipocresía con uno mismo atenuaba la modorra, la desoladora apatía. ¿No habría otra manera menos árida de convertirse uno en escritor de su tiempo?

Julio Cortázar

Por no hablar de otra presión, la ideológica. Agazapado en su provincia, uno no sólo aspiraba a irrumpir en Madrid como novelista o en su defecto como autor teatral de vanguardia, sino además a derribar la dictadura del general Franco y a ser posible construir el socialismo, para lo cual hacía falta someterse a un régimen punitivo de lecturas de manuales marxistas y seminarios llamados de formación en los que la densidad de los conceptos a dilucidar era aún más impenetrable que el humo del tabaco negro en aquellas habitaciones que tenían algo de catacumbas para los devotos de una religión perseguida. El régimen de Franco no dejó de ser sanguinario hasta el último día, y quienes regresaban a la luz después de haber sido torturados en las comisarías conservaban una palidez y un extravío en la mirada como de muertos en vida, pero los escaparates de las librerías estaban inundados de clásicos del marxismo y de manuales revolucionarios que nosotros leíamos, subrayábamos, analizábamos hasta la extenuación, contagiándonos de una retórica como de hormigón armado, llena de palabras abstractas y de reiteraciones machaconas, de “en tanto en cuanto” y de infraestructuras y superestructuras y correlaciones de fuerzas y análisis concretos de las situaciones concretas y contradicciones de primer nivel y segundo nivel.

Después de rumiar aquellos resecos piensos verbales no era muy fácil que a uno le quedara paladar ni oído para el idioma, y menos aún sutileza para percibir los matices de la vida real, que es el reverso de las caricaturas doctrinarias que aspiran a reducir a los seres humanos a muñecos de cartón. Antes de llegar a la universidad y atragantarme voluntariosamente de ideología yo había escrito con una felicidad irresponsable, imitando sin escrúpulo cualquier modelo con el que me entusiasmara, escribiendo dramas poéticos a la manera de Lorca y poemas de amor a la manera de Bécquer y luego a la de Pablo Neruda, piezas de teatro del absurdo copiadas de Beckett y de Ionesco, de teatro de agitación copiadas de Brecht y de Peter Weiss, arranques de novelas fastuosamente planeadas que nunca pasaban de la primera página.

Y de pronto aquel caudal absurdo que había fluido tan sin esfuerzo y con resultados tan abundantes como deplorables quedó interrumpido. Escribir había sido un juego y ahora era, opresivamente, una misión y un tormento. El doble cepo de la ortodoxia ideológica y la coacción vanguardista me paralizaba. La literatura tenía que ser un arma en la lucha contra la dictadura y contra el capitalismo; la literatura tenía que romper con las convenciones burguesas del costumbrismo y el realismo, con la utillería decrépita de los personajes, de los argumentos, hasta de la sintaxis, todo tan muerto como la pintura figurativa después del triunfo irrevocable de la abstracción, o como la música melódica desacreditada por la atonalidad. A uno tenía que remorderle la conciencia por haber leído alguna vez con emoción a Galdós o a Miguel Delibes.

Un cuento de Julio Cortázar me había despertado a la literatura contemporánea cuando tenía 17 años. Yo creo que fue un cuento de Borges el que me sacudió del sopor ideológico y estético unos años después, el que empezó a educarme en la forma de escritura que iba a ser ya siempre la mía. Leí El Aleph y mi idea de la lengua literaria española y de la ficción cambiaron para siempre. Era posible contar con ironía y verdad, con transparencia y ternura, y a la vez subvertir las mismas normas del relato que tan cuidadosamente se estaban respetando. Después vinieron Rulfo y Bioy, Carpentier, Onetti, Manuel Puig, Vargas Llosa, Donoso, Idea Vilariño, Bryce, Roberto Piglia, José Emilio Pacheco, Reynaldo Arenas, tantos más, una orgía perpetua, la vuelta al día en los ochenta mundos de una literatura que no se acaba nunca.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

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Contra Los Tópicos

noviembre 27, 2009 Deja un comentario

Nosferatu: Leyendo el prólogo a la recopilación de tus primeras novelas, escrito por Josefina Aldecoa, y por otra parte admirable…

Rafael Azcona: Admirable de generosidad…

Nosferatu: Admirable ante todo por bien escrito y por la percepción crítica que demuestra Aldecoa… Decía ella de una de tus novelas que lo que tú pones en juego «es el germen de todos los males del hombre: la indefensión, la debilidad, el autoengaño». Es lo que se ve en El verdugo / La ballata del boia, El cochecito (Marco Ferreri, 1960) y tantas otras películas basadas en guiones tuyos donde también aparecen, añadimos nosotros, el miedo y la imperfección. ¿Hasta qué punto responde todo eso a una visión ontológica que tú tienes del ser humano o son atributos exclusivos del español?

Rafael Azcona: Si uno puede leer a Dostoievski, a Faulkner, a Flaubert, a Kafka o a un chino -chinos la verdad es que no he leído a ninguno, sí a japoneses- y comprende lo que le cuentan y lo que mueve a sus personajes, se debe deducir que, en el fondo, los rusos, los americanos, los japoneses y supongo que los chinos son iguales que nosotros. Lo que pasa es que nos manifestamos de distinta manera, en cada caso se da una cierta singularidad. Pero eso no nos da derecho a las mostrencas generalizaciones: «Todas las francesas son unas putas»; «Todos los alemanes son trabajadores»; «Todos los italianos tocan la mandolina»… Me acuerdo ahora de algo que presencié en el Hotel de la Ville, en Roma: al salir de mi habitación, en el pasillo, me encontré al director del hotel, a la camarera de pisos, a un par de huéspedes y a un botones estudiando un rastro de mierda que salía o entraba en el ascensor. Allí estaban, seriecísimos, intrigados por el indecente fenómeno e intentando identificar al autor de aquella indecencia: «Quien sea, ha empezado a cagar dentro del ascensor, porque la primera descarga está ahí, y después ha salido corriendo en busca de un aseo o de una habitación», deducía la camarera. El director, más fino, era de otra opinión: «También puede ser que el excremento se le haya ido escapando por el pasillo, y ya cobijado en la intimidad del ascensor se le han aflojado los esfínteres». La discusión siguió hasta que a uno de los huéspedes se le encendió una bombilla encima de la cabeza: «De lo que no hay duda es de que se trata de una mujer: un hombre se lo habría hecho en los pantalones». Y allí fue donde el botones generalizó: «Una mujer. Y alemana. Las alemanas ninguna lleva braga».

Nosferatu: Eso podía ser una novela policíaca: El misterio de la caca en el ascensor

Rafael Azcona: Decir que «ninguna alemana lleva braga» es una afirmación similar a la que hace gente muy responsable cuando dice que los negros huelen, que a los pobres les gusta más la pescadilla que la merluza o que los chinos son malvados… ¡Los chinos! No sé si os acordáis de una escena de El cochecito: un deficiente mental de familia noble, en silla de ruedas y con chófer uniformado para empujarla, ve que de un autobús aparcado frente al Museo del Prado bajan unos turistas japoneses y el desgraciado empieza a gritar, asustadísimo: «¡Los chinos, que vienen los chinos!». Y el chófer, después de tranquilizarlo, le explica a José Isbert: «Es lo que le oye a su madre, la señora marquesa»… Volviendo a la pregunta, parece que todos venimos de África y que tenemos los mismos genes y que nada que sea humano a nadie nos debe ser ajeno, como decía no sé quién. Si me permitís una digresión más, contaré algo que presencié en una ciudad del norte de los Estados Unidos, una de las veces que trabajé allí en películas de producción italiana. Por el rodaje, y acompañada por su madre, apareció una chica que quería ser actriz; gente puritanísima y de dinero; el padre negociaba en pieles, lo recuerdo porque aquella señora repartió varios abrigos entre el equipo. Pues bien, cuando Ugo Tognazzi, que era el protagonista del film, estaba a punto de penetrar a la hija en una pausa del rodaje y en la cama de un escenario natural -la suite de un hotel- la madre, argumentando que la chica era virgen, sacó a Ugo de la cama, lo llevó al baño y para consolarlo le hizo una paja. Suena a cínica escena de comedia mediterránea, pero el caso es que sucedió, más o menos dramáticamente, al lado del Canadá.

Categorías:Azcona

Al Jackson Jr: The Human Timekeeper

noviembre 27, 2009 2 comentarios

Hoy hubiera sido el cumpleaños de un baterista realmente excepcional. Protagonista de la mejor música parida desde el viejo y profundo Sur de los Estados Unidos, durante los años sesenta y primeros setenta. El perfecto marcador del ritmo, preciso, conciso, sin ninguna nota sobrante.

Al Jackson Jr significa ritmo, significa marcar el tiempo de manera perfecta. Este nombre significa el ritmo glorioso del mejor soul sureño. El baterista más admirado por este que escribe, poseedor de un don divino que le valió el calificativo de “The Human TimeKeeper”, el ritmo personificado.

Al es el hijo de Al Jackson Senior, un famoso baterista que lideraba una extensa banda de jazz en Memphis y que acogió pronto al chaval de 5 años en muchos de los números de la orquesta.

Al Jackson Jr. Nace en Memphis en 1935 y su andadura musical es altamente precoz. Con cinco años ya salía junto a su viejo y pronto comienza a valerse por sí mismo. En su adolescencia toca junto a la banda de Willie Mitchell (futuro productor de Al Green), el afamado trompetista y productor de la factoría Hi! Records. Es allí donde se curte en las arduas labores del directo; y es tocando con la banda de Mitchell, que unos jóvenes Steve Cropper y Donald “Duck” Dunn (futuros miembros de los MG’s y músicos de sesión de Stax) observan atónitos al joven Jackson establecer un ritmo contagioso con su batería. Habla Dunn: “Cuando trabajaba con los Mar-Keys, Al tocaba con Willie Mitchell en un club. Y yo tocaba en un club de rockabilly. Empezaba a las nueve, acababa a la una y, de regreso a casa, paraba en el Club Manhattan donde tocaba Al. Nunca hablaba demasiado, solamente me sentaba en la parte de atrás y soñaba con tocar con él algún día. Llegaba a casa a las cuatro o cinco de la mañana. En aquella época era distribuidor de King Records, estaba casado y tenía hijos; dormía tres horas al día. Pero lo único que tenía que hacer era escuchar a Al. Simplemente era impecable, tío. No había nada como él”.

De izquierda a derecha: Donald "Duck" Dunn, Al Jackson Jr y Steve Cropper

El prodigio rítmico del joven Jackson, no solo impresionó a Dunn, sino también a quien iba a ser el futuro líder de su banda Booker T Jones. Jones entró en la orquesta de Mitchell, en principio como trompetista, aunque más tarde tomó el puesto del bajista, teniendo que acompañar rítmicamente al prodigio Jackson. Jones realmente se sentía intimidado: “El estaba sentado justo detrás de mi en el escenario y me gritaba “Cabrón, ¿no puedes mantener el ritmo?”

El propio Jones decidió contratar a Jackson como baterista de sesión para Stax y le consiguió una sesión de audición, aunque todo el mundo sabía que Jackson era el mejor baterista de Memphis. La sesión se preparó para respaldar a Billy Lee Riley, un cantante de rockabilly, y junto a Jackson estaban el bajista Lewie Steinberg y Steve Cropper a la guitarra, junto a Booker T Jones a los teclados. Cropper recuerda: “Una sesión con Al y todos supimos que debíamos contratar al mejor baterista de Memphis. Al Jackson fue la primera persona en Stax en cobrar un salario semanal, todos los demás cobrábamos por sesión”.

En un principio Jackson compaginaba su trabajo como baterista de sesión en Stax por el día y como baterista en la banda de Willie Mitchell por la noche, aunque pronto se dedicó en cuerpo y alma a Stax, produciendo, tocando y componiendo. Como dice Steve Cropper: “Si escuchabas una canción en la radio, sabías que era de Stax por el ritmo de la batería de Jackson”.

La incomparable manera de tocar de Jackson, su limpidez y su sorprendente solidez rítmica se resumía en su lema y leit motiv: “menos es más”

A través de horas y horas de ensayos y jams, aparece Booker T and The MG’s el grupo básicamente instrumental compuesto por el corazón de la sesión rítmica de Stax: Booker T Jones, Steve Cropper, el bajista Donald Duck Dunn y el propio Jackson. Juntos fueron proclamados como la mejor sección rítmica del mundo, en gran medida, gracias a la impronta rítmica de Jackson, quien comandaba muchos de los arreglos de la banda.

Como productor, relanzó, desde Stax, la carrera del guitarrista de blues Albert King quien grabó junto a los MG’s y los Memphis Horns docenas de discos luminosos.

De izquierda a dercha: Steve Cropper, Al Jackson Jr y Eddie Floyd

Jackson nunca perdió el contacto con Willie Mitchell, su antiguo líder de la banda con la que tocó más veces en los días de su adolescencia y temprana madurez. Ahora, Mitchell gozaba de una popularidad artística encomiable, a través de su labor como productor en Hi! Records, especialmente con el soberbio Al Green. Jackson escribió varios temas para Green y tocó en muchísimos temas de sus discos inmortales, además de tocar también en muchas obras de otra protegida de Mitchell, Ann  Puebles.

Yo conocí a Jackson a través de los créditos de los discos de Al Green, uno de mis cantantes preferidos. Aunque luego descubrí que Jackson había tocado en sesiones sin acreditar de Otis Redding, Sam & Dave………..es decir, que formó parte de ese ritmo del demonio que configuró el mejor soul sureño, para mí el mejor de la historia. A través de Al Green comprendí e identifiqué la maestría de este tipo musical e íntegro, profesional y agotadoramente trabajador.

El 30 de septiembre de 1975, Jackson tenía que volar a Detroit para producir a Major Lance, pero decidió quedarse en Memphis a última hora para ver en el cine la película “The Thrilla in Manila”, el frenético y genial combate de Joe Frazier y Muhammad Ali. Después del cine, Jackson regresó a casa y encontró a intrusos merodeando por las habitaciones. Ante el fatal descubrimiento, Jackson fue tiroteado cinco veces en la espalda. Un caso de asesinato oscuro y actualmente todavía abierto.

El truculento asesinato de Jackson dejó huérfana la música de Memphis. Menos de un año después de su crimen, Stax cerró sus puertas definitivamente.

Todavía resuena en mi cabeza su sentido único del tiempo en el tema de Otis “Try A Little Tenderness” o su prodigio en “How Can You Mend A Broken Heart?” de Al Green. Nunca un baterista me ha proporcionado tan buenos momentos.

Nunca sabremos todo el potencial desperdiciado del mejor baterista de sesión del Sur de los Estados Unidos, quizás el mejor de todo el país en los años sesenta y primeros setenta. Su muerte a los 39 años cortó de raíz un talento que cortaba la respiración.

Categorías:múSica

This Song #26

noviembre 27, 2009 1 comentario

“Mister Jones”, compuesta por Charly García, interpretada por Tequila. Incluida en su álbum “Rock and Roll”, publicado en 1979

Mr. Jones abrió la puerta,
vio a su madre recién muerta…
y la sangre del chaleco se limpió

Guardó a su madre en el ropero,
le puso más leña al fuego…
y el invierno muy crudo se avecinó

Llamó a su esposa y le dijo:
mamá está muerta en el ropero…
por supuesto si yo la asesiné…;
Ella puso mal la mesa, le hundió un hacha en la cabeza…
y la sangre el tapizado me manchó

Y Mr. Jones trabajaba, y su esposa asesinaba
y los chicos correteaban por ahí
se comió a los pájaritos, los perros y los gatitos…
y otros bichos que vagaban por ahí

Y llegó la policía,
con dos carros y un tranvía…
para a toda la familia encarcelar

Yo no sé porque el sargento,
me lleva al destacamento…
si somos una familia muy normal…
si somos una familia muy normal…
bom, bom, bom
si somos una familia muy normal…

Categorías:múSica
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