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Piano Man #3


Los ecos del piano siempre se personifican en las carcajadas y sonidos guturales de un hombre que llevó el arte pianístico a cotas nunca alcanzadas, sencillamente porque el piano de Earl Hines solo le pertenece a él y no puede atribuírsele a ningún otro. Perteneciente a la generación del glorioso swing, resucitó en los años sesenta para interpretar un sonido completamente innovador, barroco, nunca antes escuchado en los círculos jazzísticos ni musicales.

Hines nace en Pittsburg en los albores del siglo XX, y envuelto en música: sus padres eran ambos músicos y Hines respiraba la música hasta tal punto que decidió tocar la corneta, derivando hacia el piano muy pronto. Un instrumento mucho menos estridente y más cómodo.

A los diecisiete ya empezó a tocar el instrumento de manera profesional en los locales de su ciudad natal. Pero su salto cualitativo se produce cuando se marcha a Chicago en 1925, en donde se topa con Louis Armstrong, por entonces un trompetista bastante desconocido. Pronto se hacen amigos y comparten sensibilidad musical. Dos años más tarde, Eral Hines se convierte en pianista y director musical de la banda de Louis Armstrong.

Hines, ya por entonces empezaba a perfilar su estilo innovador: arpegios similares a los producidos por su trompetista, la magnificencia del instrumento. Hines pujaba para que su piano no fuera un mero relleno en la banda de Satchmo.

En 1928, comienza la independencia del músico y Hines forma su propia banda: comienza su etapa inolvidable en el club Grand Terrace de Chicago, regentado, a través de hombres de paja, por un tal Al Capone. Una etapa legendaria, donde Hines forjó su enorme reputación e influencia sobre dos de otros pianistas adorados por éste que suscribe: Jay McShann y el sobrenatural Art Tatum.

Pero la era del swing tocaba su fin en los años cuarenta. A finales de esa década Hines abraza de nuevo al gran Satchmo, participando en varios combos de sus All Stara. Y toca fondo. Insatisfecho con la época y agotado, Hines se retira a Oakland, en California, dispuesto a disfrutar de una pre jubilación merecida.

Pero, vericuetos del destino, la jubilación del gran pianista no estaba cerca: en 1964, a través del promotor de jazz y amigo de Hines, Stanley Dance, el pianista reaparece en Nueva York para dar una serie de conciertos en solitario. Y la resurrección acaece. La ciudad cae rendida a su encanto.

Y su estilo se desborda: Hines, solo al piano, se asmeja a una gran orquesta con un solo instrumento: su piano es deliciosamente barroco, su mano izquierda un milagro rítmico. Esta etapa ensalzan a Hines como un pianista glorioso. Siempre me he sentido plenamente identificado por el contagioso optimismo y ritmo endiablado del piano del Padre del piano moderno, lo que es mucho decir. La sonrisa gutural de Hines y su expresividad melódica son altamente adictivas.

Muere en 1983. En su tumba, un perfecto y sencillo obituario: PIANO MAN.

Categorías:PiaNo
  1. noviembre 25, 2009 a las 5:57 pm

    Excelente, como siempre… y además, tiene bastantes en Spotify… Deberías incluir listas

    Carpe Diem

  2. noviembre 25, 2009 a las 5:57 pm
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