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Contra Los Tópicos


Nosferatu: Leyendo el prólogo a la recopilación de tus primeras novelas, escrito por Josefina Aldecoa, y por otra parte admirable…

Rafael Azcona: Admirable de generosidad…

Nosferatu: Admirable ante todo por bien escrito y por la percepción crítica que demuestra Aldecoa… Decía ella de una de tus novelas que lo que tú pones en juego «es el germen de todos los males del hombre: la indefensión, la debilidad, el autoengaño». Es lo que se ve en El verdugo / La ballata del boia, El cochecito (Marco Ferreri, 1960) y tantas otras películas basadas en guiones tuyos donde también aparecen, añadimos nosotros, el miedo y la imperfección. ¿Hasta qué punto responde todo eso a una visión ontológica que tú tienes del ser humano o son atributos exclusivos del español?

Rafael Azcona: Si uno puede leer a Dostoievski, a Faulkner, a Flaubert, a Kafka o a un chino -chinos la verdad es que no he leído a ninguno, sí a japoneses- y comprende lo que le cuentan y lo que mueve a sus personajes, se debe deducir que, en el fondo, los rusos, los americanos, los japoneses y supongo que los chinos son iguales que nosotros. Lo que pasa es que nos manifestamos de distinta manera, en cada caso se da una cierta singularidad. Pero eso no nos da derecho a las mostrencas generalizaciones: «Todas las francesas son unas putas»; «Todos los alemanes son trabajadores»; «Todos los italianos tocan la mandolina»… Me acuerdo ahora de algo que presencié en el Hotel de la Ville, en Roma: al salir de mi habitación, en el pasillo, me encontré al director del hotel, a la camarera de pisos, a un par de huéspedes y a un botones estudiando un rastro de mierda que salía o entraba en el ascensor. Allí estaban, seriecísimos, intrigados por el indecente fenómeno e intentando identificar al autor de aquella indecencia: «Quien sea, ha empezado a cagar dentro del ascensor, porque la primera descarga está ahí, y después ha salido corriendo en busca de un aseo o de una habitación», deducía la camarera. El director, más fino, era de otra opinión: «También puede ser que el excremento se le haya ido escapando por el pasillo, y ya cobijado en la intimidad del ascensor se le han aflojado los esfínteres». La discusión siguió hasta que a uno de los huéspedes se le encendió una bombilla encima de la cabeza: «De lo que no hay duda es de que se trata de una mujer: un hombre se lo habría hecho en los pantalones». Y allí fue donde el botones generalizó: «Una mujer. Y alemana. Las alemanas ninguna lleva braga».

Nosferatu: Eso podía ser una novela policíaca: El misterio de la caca en el ascensor

Rafael Azcona: Decir que «ninguna alemana lleva braga» es una afirmación similar a la que hace gente muy responsable cuando dice que los negros huelen, que a los pobres les gusta más la pescadilla que la merluza o que los chinos son malvados… ¡Los chinos! No sé si os acordáis de una escena de El cochecito: un deficiente mental de familia noble, en silla de ruedas y con chófer uniformado para empujarla, ve que de un autobús aparcado frente al Museo del Prado bajan unos turistas japoneses y el desgraciado empieza a gritar, asustadísimo: «¡Los chinos, que vienen los chinos!». Y el chófer, después de tranquilizarlo, le explica a José Isbert: «Es lo que le oye a su madre, la señora marquesa»… Volviendo a la pregunta, parece que todos venimos de África y que tenemos los mismos genes y que nada que sea humano a nadie nos debe ser ajeno, como decía no sé quién. Si me permitís una digresión más, contaré algo que presencié en una ciudad del norte de los Estados Unidos, una de las veces que trabajé allí en películas de producción italiana. Por el rodaje, y acompañada por su madre, apareció una chica que quería ser actriz; gente puritanísima y de dinero; el padre negociaba en pieles, lo recuerdo porque aquella señora repartió varios abrigos entre el equipo. Pues bien, cuando Ugo Tognazzi, que era el protagonista del film, estaba a punto de penetrar a la hija en una pausa del rodaje y en la cama de un escenario natural -la suite de un hotel- la madre, argumentando que la chica era virgen, sacó a Ugo de la cama, lo llevó al baño y para consolarlo le hizo una paja. Suena a cínica escena de comedia mediterránea, pero el caso es que sucedió, más o menos dramáticamente, al lado del Canadá.

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