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Archive for 29 diciembre 2009

William Lennon

diciembre 29, 2009 1 comentario

Fueron grandes alivios de infancias infelices; hablo de los disparatados relatos de Guillermo Brown. El lector se sumergía en aquellos tomos de Editorial Molino, de tapas rojas y papel áspero; en pocos minutos, apenas podía ocultar las risas. El humor derivaba del conflicto entre el mundo de la fantasía, construido por Guillermo y sus Proscritos, y la civilización, tal como se entendía en un pueblo del Sur de Inglaterra.

Fuimos afortunados. Los libros que firmaba Richmal Crompton empezaron a traducirse antes de la Guerra Civil; quizás familiarizados con ellos, los censores franquistas los consideraban trivial literatura infantil. Incluso, puede que aplaudieran su constante ridiculización de las convenciones sociales de la Pérfida Albión. Cierto que William the Dictator se transformó en Guillermo el Luchador, pero se colaron historias que trataban de bolcheviques o del sistema colonial. Hubo recortes, no se sabe si obra de la tijera ministerial o del descuido de una editorial nada respetuosa, que incluso probó a reemplazar los sublimes dibujos de Thomas Henry por unos mamarrachos made in Spain.

Con el tiempo, Javier Marías, Francisco Nieva o Fernando Savater tomaron la medida a tan subversivo personaje. Así, especulaban que la eterna rebeldía de Guillermo le hacía irresistible para los niños españoles, sometidos a una represión bastante más burda que la imperante en aquel pueblecito posvictoriano. Instalado eternamente en los 11 años, mientras la sociedad cambiaba, Guillermo era un admirable antihéroe, siempre derrotado pero nunca vencido.

Supongo que no fui el único que, cuando llegó el pop, confundió a los nuevos conjuntos con una reencarnación de los Proscritos. Como Guillermo, amaban los disfraces, rechazaban la educación burguesa y transmitían un optimismo contagioso. También eran visibles las diferencias: no compartían la misoginia de Guillermo el Travieso y, desde luego, uno no podía imaginarlos consumiendo los misteriosos brebajes de regaliz y jengibre que mencionaba Richmal Crompton.

El inconveniente de la teoría: los grupos británicos no reconocían influencia de aquellos libros. En entrevistas, pregunté por ellos y sólo obtuve algún asentimiento tibio y gestos de incomprensión. Puede que no me explicara bien: allí se le conoce como Just William. Con todo, aquel paisaje literario ayudaba a entender las peculiaridades de Inglaterra, tal como la retrataban, un ejemplo, The Kinks: el amor por la jardinería, los ex militares cascarrabias, los vicarios apurados, las solteronas enérgicas, los tenderos resabiados. En los setenta, pude reconocer el odioso arquetipo de Humbertito Lane en algunos cerebritos del rock progresivo. Lo mismo con el punk rock: en un colegio londinense vi a The Damned incendiar el escenario con un truco mal calculado que podría habérsele ocurrido a Guillermo, si su autora no tomara la precaución de evitar sugerir ideas peligrosas a sus seguidores.
De repente, recibo confirmación de aquella lejana sospecha. En John Lennon (Anagrama), minuciosa biografía de Philip Norman, se explica que el beatle era fanático de Guillermo, igual que Paul McCartney. Devoró sus aventuras mientras crecía en Liverpool y adquirió una colección completa al instalarse en Kenwood, su mansión londinense. No consta su reacción ante el libro de la Crompton en 1965, titulado William and the pop singers, aquí Guillermo y los cantantes yé-yé.

Norman detecta comportamientos guillerminos en muchos puntos de la travesía de Lennon. Se junta con chicos de origen proletario (eso eran los otros Beatles). Desarrolla con sus compinches un lenguaje privado y se deleita en deformar su vocabulario. En la art school funda sus particulares Proscritos, conocidos como Los Disidentes. Ejerce de rudo líder carismático. Embauca a adultos con poder, como Brian Epstein, aunque patalea contra su imposición de los trajes como uniforme. En su retiro neoyorquino, hasta crea un refugio secreto: el Club Dakota. Pero, ay, sólo pueden entrar Yoko, John y su confidente, el locutor Elliott Mintz. Son los años en que rechaza visitas de Paul, Jagger y otros colegas. Guillermo Brown se hubiera escandalizado ante semejante traición.

DIEGO MANRIQUE

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When We Was Fab

diciembre 29, 2009 Deja un comentario

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El Gorila

diciembre 26, 2009 Deja un comentario

Desde hace días estoy abducido por la seducción irresistible y largamente olvidada de la canción, tal y como la entendía Georges Brassens. Estoy inmerso en la contemplación atónita de un cofre, editado por Universal Music, de tres DVDs que resumen, con una calidad muy estimable, la vida musical de Brassens, a través de actuaciones en televisión, y con la inclusión, además, de un mágico concierto que Brassens supo hacer suyo en la sala Bobino de París en los años ya crepusculares de los setenta.

También aparecen entrevistas que descubren, siquiera tímidamente, y apenas entrevisto, el lado humano de este superdotado y auténtico creador de un universo aparte de canciones. Yo fui un afortunado: lo primero que me fascinó de Francia fue conocer, a través del respeto que los franceses otorgan a Brassens, al tipo que Javier Krahe transplantó al ámbito musical español. Con Brassens, definitivamente comprendí la belleza de la lengua fancesa

Georges Brassens fue una concesión del gran Javier Krahe al público español de principios de los ochenta. Su “Marieta” no es otra cosa que la traducción excelente de la canción de Brassens, que originalmente se llama “Marinette”

Estas navidades, Brassens ha venido a verme, de nuevo y después de algún tiempo. Brassens, con su ristra de canciones. Brassens, como el artista tímido, genuinamente humilde, autodidacta, huidizo, mordaz.

Es a través de las anchas rejas
que las hembras del pueblo
contemplaban un potente gorila,
sin preocuparse del qué dirán.
Con impudor, estas comadres
miraban incluso un lugar preciso
que, rigurosamente, mi madre
me ha prohibido nombrar aquí…
¡Cuidado con el gorila!…

Un día la puerta de la prisión bien cerrada
donde vivía el bello animal
se abre, no se sabe porqué. Yo supongo
que se debía de haber cerrado mal.
El simio, al salir de su jaula
Dice “¡Hoy es cuando la voy a perder!”
Él hablaba de su virginidad,
lo habréis adivinado, ¡espero!
¡Cuidado con el gorila!…

El encargado del zoo
gritaba, fuera de sí: “¡Dios mío,
es terrible, pues el gorila
nunca ha conocido hembra!”
Desde que la ralea femenina
supo que el simio era virgen,
en lugar de aprovechar la ocasión,
corría que volaban!
¡Cuidado con el gorila!…

Las que incluso, hacía un momento,
se lo comían con los ojos,
huyeron, probando que apenas eran
consecuente con sus ideas;
Tanto más vano era su temor,
cuanto que el gorila es un cachondo
superior al hombre en los abrazos,
¡Muchas mujeres os lo dirán!
¡Cuidado con el gorila!…

Todo el mundo corre que se las pela
fuera del alcance del simio en celo,
salvo una vieja decrépita
y un joven juez novato;
viendo que todas se ocultan,
el cuadrumano aceleró
sus vaivenes hacia las ropas
de la vieja y del magistrado!
¡Cuidado con el gorila!…

“Bah! suspiraba la centenaria,
que puedan aún desearme
sería extraordinario,
y, a decir verdad, inesperado!”;
El juez pensaba, impasible,
“Que me tomen por una gorila,
es completamente imposible…”
Lo que pasó a continuación le demostró que no!
¡Cuidado con el gorila!…

Suponed que uno de vosotros estuviese,
como el simio, obligado a
violar un juez o un vejestorio,
¿Cuál elegiríais de los dos?
Si una alternativa parecida,
cualquier día de estos, me tocase en suerte,
es, estoy convencido, a la vieja
a quien yo elegiría.
¡Cuidado con el gorila!…

Pero por desgracia, si el gorila
en el juego del amor vale su precio en oro,
se sabe que, por el contrario, no brilla
ni por el gusto, ni por la inteligencia.
Así, en lugar de optar por la vieja,
como lo hubiese hecho cualquiera,
cogió al juez por la oreja
y lo arrastró hasta un matorral!
¡Cuidado con el gorila!…

Lo que sigue es delectable;
desgraciadamente, no puedo
contarlo y es una lástima
pues nos hubiese hecho reir un poco:
pues el juez, en el momento supremo,
gritaba: “Mamá!”, lloraba mucho,
como el hombre al cual, ese mismo día,
le había hecho cortar el cuello.
Cuidado con el gorila!…

Categorías:GEORGES BRASSENS

Trenes y Libros

diciembre 26, 2009 Deja un comentario

He abierto el libro y el tren se ha puesto en marcha. He subido con tranquilidad al tren y he buscado mi asiento llevando el liviano equipaje que me hace falta para dos o tres días, en el cual hay unos cuantos libros y un Kindle, ese aparato de pantalla lisa tan parecido a una tablilla romana de cera en el que llevo guardados no sé cuántos libros más. He llegado a la estación sin ningún agobio, con tiempo por delante, sin necesidad de recorrer en taxi las largas distancias por extrarradios desolados hacia un aeropuerto. Como cada vez que voy a la estación con tiempo de sobra me he acordado de mi padre, que tenía un miedo extraordinario a llegar tarde a los trenes y a los sobresaltos de última hora, y que por lo tanto salía con una anticipación que a todos nos parecía ridícula, pero que a él le garantizaba una paz perfecta, dejándole en la cara una expresión descansada y risueña de viajero sin apuro. He abierto el libro cuando el tren se ha puesto en marcha pero al principio, durante un largo rato, no he leído nada, dejándome solamente llevar, la cabeza apoyada en el respaldo, la cara vuelta hacia la ventanilla, disfrutando del alivio que siempre hay en una partida, cediendo a una grata somnolencia que es reparadora pero no tan profunda como para que las manos suelten el libro o dejen que se cierre.

En algo se parecen el disfrute de los libros y el de los trenes: en primer lugar, se combinan muy bien entre sí y se refuerzan mutuamente; y hasta no hace mucho los dos parecían condenados al anacronismo por la irrupción de tecnologías mucho más innovadoras. Quién iba a continuar leyendo libros encuadernados e impresos en papel en la era del CD-ROM, nos decían joviales profetas tecnológicos hace quince o veinte años; qué porvenir tenían los trenes, tan obsoletos, tan decimonónicos, ante la multiplicación de las autopistas y de los coches cada vez más veloces, de los aviones que cubrían en un vuelo de cuarenta minutos distancias en las que un tren podía tardar una noche entera. En los vaticinios impacientes de modernidad uno intuye casi siempre una apetencia de barbarie: que se extinga cuanto antes la molestia decadente del libro y de la lectura, que quede abolido el transporte público, el espacio público, el territorio de lo compartido. Yo recuerdo una conferencia en la que el añorado arquitecto Saénz de Oiza celebraba la inminente desaparición de ventanas y balcones porque ya no habría más ventana hacia el mundo que la pantalla del televisor; en la que denostaba la calle y el hábito de caminar por ella porque lo propio de los nuevos tiempos era la carretera y el coche.

Quién habría dicho hace veinte años que al cabo de no mucho tiempo el CD-ROM iba a ser una antigualla olvidada, y que los relucientes cedés, que a todos nos deslumbraron cuando aparecieron, con su liviandad futurista de plástico metalizado, iban a tener un porvenir mucho más corto que los libros, con su tecnología del siglo XV. Por no hablar de los discos de vinilo, que tantos de nosotros nos apresuramos absurdamente a malvender o a dejar olvidados en desvanes, y que ahora recobramos porque nuestros hijos resulta que se han aficionado a ellos, y volvemos a escuchar asombrándonos de la calidad un poco áspera y filosa de su sonido, mucho más fiel a la verdad de la música que la asepsia de la reproducción digital. Nada es más moderno que algunos inventos del pasado; había más porvenires posibles, aparte de los que la modernidad autoritaria dictaminaba como únicos. En lugar de rendirse incondicionalmente al tráfico privado, de acuerdo con las profecías de los arquitectos y los intereses de las compañías petrolíferas y de los fabricantes de coches, las ciudades recobran el transporte público, y se descubre que ir en tranvía o en bicicleta o simplemente caminar son formas de movilidad mucho más efectivas, y también más austeras y más saludables.

Algunas veces lo que parecía destinado a extinguirse según los vaticinios del papanatismo de lo último perdura sin aspavientos o resurge con más fuerza que nunca después de una fase de declive; y lo más agresivamente celebrado como nuevo se vuelve de la noche a la mañana obsoleto. Cuando escucho ahora las renovadas profecías sobre el fin del libro me acuerdo de la manera entre condescendiente y cruel con que hasta hace no mucho estaba de moda burlarse del anacronismo del teatro. Me acuerdo porque yo mismo he participado de la broma (nadie está a salvo de la tontería de su tiempo): por comparación con la sofisticación tecnológica del cine, el teatro era un espectáculo deplorable, con sus cortinas viejas, sus declamaciones, sus tablones polvorientos que resonaban al pisarlos, etcétera. Y ahora las salas de cine cierran una tras otra y los teatros están cada vez más llenos, quizás porque el teatro, en su primitivismo que nos parecía tan irrisorio, ofrece algo con lo que ninguna tecnología de lo virtual puede competir: el estremecimiento de la presencia humana. En su limitación está su fuerza inmensa. Basta un tablado y unos cuantos actores sin más herramientas que sus cuerpos y sus voces para que delante de nosotros suceda íntegra la tragedia del príncipe Hamlet, la claustrofobia enlutada de la casa de Bernarda Alba.

Algo así de único hay en el tren, en el libro. La innovación refuerza los principios sólidos de su funcionamiento. La tecnología es un aliado y no un enemigo. Quién necesita tomar un avión en las distancias habituales dentro de España, en muchos trayectos europeos, habiendo trenes tan veloces y tan cómodos. Aficionado a los inventos, llevo conmigo mi Kindle, mi lector electrónico, que no pesa nada y en el que caben tantos libros, con su pantalla ligeramente gris en la que se forman en un instante las palabras. Yendo en el tren puedo darme el capricho de comprar un libro y de empezar a leerlo en apenas un minuto. También podría haber llegado a Bilbao o a Barcelona o a Sevilla en menos de una hora. Pero he elegido viajar en tren no por razones sentimentales, sino estrictamente prácticas, porque una gran parte del tiempo que perdería en autopistas, en controles de seguridad, en horas muertas de atraso y espera, en la vejación de ir apretado en un espacio cada vez más mezquino, lo voy a emplear en leer tranquilamente o en mirar por la ventanilla o en quedarme plácidamente adormecido. Y cuando apago el Kindle me pongo a leer, por ejemplo, un libro de poemas de José Emilio Pacheco que descubrí por azar durante un paseo en una de tantas librerías espléndidas de Barcelona, Como la lluvia, en una edición de Visor hecha con los cinco sentidos: el papel, los espacios en blanco, la tipografía, la encuadernación, forman parte de la experiencia de la poesía. Las estaciones de ferrocarril, por desgracia, parecen cada vez más aeropuertos, pero las buenas librerías siguen siendo algunos de los espacios más estimulantes que un lector puede imaginar, y los buenos trenes poseen el mismo resplandor de modernidad que los libros muy bien editados.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Categorías:aRtícuLos

I’m Happy Just To Dance With You

diciembre 22, 2009 1 comentario

Categorías:DarK HoRsE

Una canción Más para El Camino

diciembre 17, 2009 2 comentarios

Johnny Mercer

EE UU celebra el centenario de uno de sus hijos favoritos: John Herndon Mercer (1909-1976). Ha habido una avalancha de conciertos, libros, discos y un documental: Johnny Mercer: The dream’s on me está producido por Clint Eastwood, que ya dejó constancia de su admiración por el letrista y empresario en Medianoche en el jardín del bien y del mal, película que mostraba la peculiar fauna de Savannah, la ciudad de Georgia donde Mercer vino al mundo.

Sus cifras son asombrosas. En 66 años firmó -normalmente, sólo como letrista- unas 1.500 canciones, ahora recopiladas en The complete lyrics of Johnny Mercer. Más de 100 fueron éxitos y tuvieron miles de versiones: Frank Sinatra recurrió constantemente a su repertorio. Puso fondo a buena parte del gran cine de Hollywood y participó en centenares de películas. Compartió cuatro oscars a la mejor canción, dos con melodías de Henry Mancini: Días de vino y rosas y la inmortal Moon river, de Desayuno con diamantes.

Esta última da idea de sus recursos. Partía de recuerdos nítidos -hubo un “río de Luna” en su adolescencia- y disfrutaba jugando con las palabras: en Huckleberry friend unía una referencia al personaje de Mark Twain con una evocación de la búsqueda de arándanos (huckleberries) por los bosques de Georgia. Ejercía de caballero sureño arquetípico cuando le apetecía y eso explica que encajara en las perezosas melodías de Hoagy Carmichael o en los blues de Harold Arlen.

Aunque trabajó en Broadway, nunca desarrolló un musical redondo. Prefería el rayo de inspiración, que transformaba una melodía en una vivencia inolvidable. Colaboró con los grandes compositores de standard, pero también con jazzmen (Benny Goodman, Woody Herman) o intérpretes (Fred Astaire, Bobby Darin). Puso letra a músicas como Laura, el tema de la película de Otto Preminger, o Satin doll, de Duke Ellington. Mercer era un hijo de la jazz age, ese momento mágico en que los blancos se enamoraron de la cultura afroamericana. Quedó marcado por la prohibición del alcohol: no sabía beber y reventó muchas reuniones sociales. Escribió, eso sí, la más melancólica de las canciones de bar: One for my baby (and one more for the road), inmortalizada por Sinatra.

Conocía el valor del dinero: se comprometió -y cumplió- a pagar las deudas de su padre, arruinado ignominiosamente. Olía las oportunidades: consciente de la concentración de talento en California, fundó Capitol Records en 1942, donde cabían tanto vocalistas country como artistas negros. Su sede, la famosa “tarta de bodas”, es un edificio característico de Los Ángeles. En Capitol acumuló muchos éxitos como cantante, incluyendo cuatro números uno. Su aportación a la II Guerra Mundial fue The G.I. jive, que trataba la jerga militar como si fuera argot del jazz. Mientras creaba música efervescente para aquellos tiempos crueles, vivía una atormentada relación adúltera con Judy Garland, de la que quedan rastros en algunas canciones.

Con el tiempo, dejó de pretender ser un hipster y se reconoció como hombre de la vieja escuela, igual que su tema I’m old fashioned. Sin embargo, un doble disco reeditado por Universal (Moon river) le presenta cantando versiones modernizadas de sus clásicas en 1974. Poco después, un fan llamado Paul McCartney le ofreció componer juntos, pero ya le habían diagnosticado la enfermedad que acabaría con su vida.

DIEGO MANRIQUE

Categorías:múSica

This Song #35

diciembre 17, 2009 1 comentario

“Everyone Says I Love You”, escrita por Bert Kalmar y Harry Ruby e interpretada por Miguel Bañón. Inicialmente escuchada en “Horse Feathers” (Plumas de caballo), el film de los Hermanos Marx de 1932.

Categorías:múSica
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