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Con Una Cara Prestada


Para hablar de un artista en escena me cuesta encontrar nada más adecuado que la canción de Paolo Conte: “Con una cara tomada prestada de otro, se te hace cómodo; aunque por otra parte querrías la tuya para ofrecerla a ese público, que te mira como en carnaval se mira a una máscara, sabiendo sin embargo que tú no eres así”. Esta canción la compuso Paolo Conte en recuerdo del día en que con veinte años fue a una actuación del pianista Earl Fatha Hines y quedó tan conmocionado que se atrevió a pedirle la firma en su cajetilla de cigarrillos Turmack y tuvo que rogar a un amigo que condujera el coche de su padre hasta casa porque él no acertaba a arrancarlo. Años después, el joven espectador convertido en artista veterano condensa en pocos versos la complejidad de cualquiera que se sube a un escenario para enfrentarse a su público. Y no hay que decir “el” público sino “su” público, como hacen las folclóricas, porque todo espectáculo provoca un raro fenómeno de posesión. El artista es tuyo y tú eres del artista. Guarda parecidos con ese espectáculo algo más íntimo conocido como hacer el amor.

La admiración es algo tan fundamental como el comer. La gente que has admirado conforma una educación sentimental por más que sepas que hay una parte de verdad y otra parte no menos importante de invención. Uno escucha a su cantante favorito y no puede dejar de apreciar su biografía, el diseño de su carrera, la cara demolida por los años, las cicatrices del tiempo y tantas otras cosas que intuye y no conoce realmente. Uno no quiere imaginarse a Leonard Cohen pasando la aspiradora o a Jim Morrison leyendo una revista del corazón mientras le atusan los rizos o a Billie Holiday haciendo la colada de la ropa apestosa a tabaco de la actuación de la noche anterior. A uno le gusta que el personaje sea fiel a la idea que te has construido de él.

Por eso uno escucha frases como “tal artista me defraudó”, que tienen poco que ver con comportamientos anómalos, sino más bien con que el objeto del afecto no ha respondido a las expectativas que nos habíamos creado. No sólo en el escenario, porque también a partir del siglo XX cualquier creador literario, artístico, director de cine, está subido permanentemente a un escaparate en la relación con su público. Hay postales con caras de escritores y hay posturas, maneras de agarrar el cigarrillo, inflexiones de la voz, supuestos datos biográficos que nos llevan a la conclusión de que conocemos, y muy bien, al personaje. Necesitamos, como niños sin padre, encontrar a la persona que está detrás de aquello que admiramos. Y el territorio de la decepción se hace inmenso, como también el mapa del engaño y la impostura.

Paolo Conte es perfecto para encontrar un sentido a esa relación porque fue letrista de otros antes de cantar él mismo sus canciones. Y nunca perdió el semblante adusto y algo provinciano de piamontés, que sus admiradores fuimos convirtiendo en la cara del genio. Y gracias a que en sus precisos conciertos no dice una palabra, ni tan siquiera “gracias” o “buenas noches”, ni concede demasiadas entrevistas introspectivas, hemos podido sumarle todo aquello que nos gusta.

El conocimiento sobre un artista es casi siempre un proceso incómodo. Las biografías nos explicarán la culpa que tuvo su madre de tantas cosas, lo mal que se comportó con su ex mujer o lo aferrado que estaba al dinero aquel que cantaba baladas anticapitalistas. Yo qué sé, pasa como con los actores de cine. Son míticos mientras no se trasladen a vivir a tu portal y compruebes que su basura huele como la tuya.

En una ocasión salté de un concierto de Tom Waits a otro de Paolo Conte. A ambos los había visto en veces anteriores. Con el primero sufrí una especie de rapto decepcionante. En diez años apenas había cambiado la infraestructura de su show, pero yo como espectador había perdido la virginidad y hasta el encantamiento. De pronto Waits no me atrapaba demasiado ni me emocionaba ni me seguía creyendo al borracho destroyer después de apreciar su larga vida matrimonial y la presencia de sus hijos hermosos y bien educados en escena. ¿Por qué hacía falta seguir cantando al alba de los perros sin amo? A lo mejor la inspiración más veraz tendría que mirar hacia el desayuno en familia, el pasear a la mascota por el barrio o hasta acompañar a la parienta al súper. ¿Por qué los artistas prefieren parecer malditos antes que convencionales? ¿Será porque ven algo en sus espectadores que les hace temer la deserción si enseñan credenciales demasiado ortodoxas? ¿Acaso no nos pone un montón la mítica del apaleado, el perdedor, el marginal y el incomprendido? No digamos ya la del muerto joven, el drogota incorregible o el temperamental incendiario. Nos pone. Claro que sí.

Por eso aprecié muchísimo más la elegancia silenciosa de Paolo Conte. Su italianidad de provincias, su amor por los ritmos pegadizos, las orquestas de cabaret, la era del jazz cuando el jazz aún no tenía heroína y novelistas vampirizándolos. Cada vez aprecio más la ausencia de disfraz, la antifotogenia de la normalidad. Me siento más cerca del autor literario que en lugar de balancearse con un whisky en cualquier humareda de madrugada, está poniéndole el termómetro a su hijo antes de llegar con prisa al cole. Y tanto que me siento más cerca.

caras prestadas están delante de nosotros. Se les hace bastante cómodo, así. Pero creo que todos matarían por mostrarse con la real, poder relajarse, como las modelos cuando llegan a su apartamento y se sueltan las costuras. En el juego del escenario tanto vale el que mira como el que se muestra, los dos ponen todo de su parte. El mejor espectador es aquel que afina el detector de verdad y no permite que le den gato por liebre, salvo cuando ha pedido gato por liebre. Por eso la imprevisibilidad, la falta de impostación y las contradicciones de un tipo tendrían que gustarnos mucho más que la fidelidad a un carisma, la repetición extenuante de un tópico por afortunado que sea.

Por eso me gusta cuando Paolo Conte dice que el máximo placer de sus conciertos lo obtiene cuando canta sus canciones más tontas. Por suerte tiene un montón de canciones tontas, con letras que son como pompas de jabón sin trascendencia ni poesía aparente. Y él asegura que cuando entona Happy Feet, diciendo eso de “pies felices, tarara, tarará, oh, oh, I love it…” y nota a la gente menear el zapato, se considera el hombre más afortunado del mundo. Escapa entonces de la consideración intelectual para lograr el aplauso circense, el que recibe el acróbata. En sus propias palabras: “Permitiendo a cada espectador ser el patrón de su sensibilidad y que incorpore a lo que ve su experiencia de vida, los colores, sabores y perfumes que aprecia”. Ése puede ser el sueño de cualquier artista, proponer una nimiedad que irradie algo esencial.

DAVID TRUEBA

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