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El mejor Amigo del Hombre (Y de la Chica)


Thomas Mann

Por razones sabias tuve que volver a abrir la novela de Thomas Mann titulada “Doctor Faustus”. Es la tenebrosa a la par que gloriosa historia de un músico, Adrian Leverkühn, que vende su alma al diablo a condición de que le inspire la mayor obra musical de todos los tiempos. La novela, inmensa, es una alegoría apenas disimulada del cataclismo nazi (se publicó en 1947) y tiene por música de fondo el ocaso de los dioses, pero no el de Wagner, sino el de Schoenberg. Es una larga historia y me llevaría mucho ponerles al día si no la han leído.

El caso es que la última vez que había entrado en ella fue hacia 1980 y apenas la recordaba. El volumen está anotado con un entusiasmo juvenil, pero en muy buen estado. Como esta relectura formaba parte de un programa de trabajo, también me interesé por el libro en la red y cuál no sería mi sorpresa al tropezar con varias direcciones de libreros de lance en las que se ofrecía mi edición por la descomunal cantidad de 200 dólares. Y eso el más barato. Volví a coger mi ejemplar con mano temblorosa y constaté los datos: publicado por Plaza y Janés en 1951, traducción de J. Farrán y Mayoral, tapa dura, seiscientas y pico páginas. ¿Puede en verdad valer veinte mil cucas este libro? Es cierto que ahora lo veía distinto. Aprecié la suavidad del papel, la excelente impresión sin transparencias, el entelado de la encuadernación, el logo de Janés impreso en azul(un ave fénix), lo que en aquellos tiempos imponía un segundo pase por la linotipia. Real capricho de un editor principesco, pero así era don José Janés.

De pronto se me hizo la luz. ¡Claro que valía doscientos dólares! ¡O más! Estaba yo manoseando una pieza de valor inapreciable, un objeto que ya nunca más se fabricaría, algo así como un violín barroco. A partir de los años sesenta los libros comenzaron su mutación. Fue en aquellos años cuando aparecieron las primeras colecciones de bolsillo masivas, aunque Penguin, la pionera, era algo anterior. Recordé los ejemplares iniciales de Alianza Editorial con sus deliciosas portadas de Daniel Gil, su papel casi biblia, espléndidamente pensados por Jaime Salinas con una programación ecléctica: Kafka, Ortega, Proust, Baroja y un inesperado Bulgákov están entre los primeros títulos. Luego vendrían innúmeras colecciones de bolsillo, pero la de Alianza fue un campanazo de plata.

Los libros ya nunca más se producirán como en el siglo XX. Mi ejemplar de Thomas Mann era uno de los últimos hijos de un arte que se iba a transformar en industria. Para empezar, hoy ya no se imprime con tipos, sino electrónicamente, lo que elimina el tacto estriado de la superficie de las hojas que tanto gusto nos da a los bibliópatas. Y aunque ahora se encola muy bien y hay libros preciosos (me ha gustado la fiel reproducción de la edición americana del libro de Alex Ross que ha editado Seix Barral) que aguantan el paso del tiempo sin caerse a pedazos como pan seco, no hay comparación con aquellos libros similares a mi Thomas Mann que los dejas abiertos encima de la mesa por su exacta mitad y toman un aire de entrega, de deseo, de ronroneo, de llamada almizclera, difícilmente resistible.

 
 

Antes he utilizado una palabra, “bibliópata”, que sin duda ustedes han entendido. En un tratado metódico (pero jovial) de la cuestión, “Enfermos del libro”, escrito por Miguel Albero (Universidad de Sevilla), aparecen otros términos: bibliofagia, bibliofobia, bibliocleptomanía, biblioclastia, además de la habitual bibliofilia que es la única que mi programa Word no subraya en rojo. Ese es el mundo de los libros y allí encontrarán las historias de quienes hicieron con ellos un jardín, un museo, un laberinto, un harén o una silla eléctrica. Desde los más sosegados amantes, como es mi caso, hasta los frenéticos, los sadomaso, los coprofílicos, los fetichistas e incluso los asesinos en serie, de todo hay en la alcoba del libro.
 
 

Mucho se discute desde la llegada del libro electrónico, el eBook, y hay almas de cántaro que temen por la supervivencia de los sublimes objetos de papel. No hay que temer nada. “¿Hombre o ratón?”, preguntó mi príncipe Hamlet antes de atravesar con su espadín el cuerpo de su futuro suegro. Más enemigo del libro es el ratón que la electrónica. ¡Ojalá los libros electrónicos triunfaran de una vez y nos permitieran aliviar nuestras bibliotecas, tan repletas de trivialidades indispensables! ¡No tengo yo novelas americanas y francesas que guardo por motivos emocionales y que nunca volveré a leer! Pero no puedo tirarlas al contenedor: se me abren las carnes. Si pudiera sustituirlas por su fantasma electrónico ya no tendría reparo.
 
 

Eso sí, el triunfo del libro electrónico supondrá una mayor valoración, si cabe, de los libros verdaderos. ¿Cómo no va a valer veinte mil castañas uno de los últimos abuelos del libro de papel? Nada, nada, ni hablar. No lo vendo ni por trescientos euros. Esto va a subir como el oro.
 
 

FELIX DE AZÚA
 
 

Artículo publicado el miércoles 23 de diciembre de 2009.
 
 

 

 

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