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La Codorniz


Nunca serán suficientes las reivindicaciones que merece “la Codorniz”, un monumento al humor más elegantemente inteligente que se ha escrito (y dibujado) en España.

Un oasis de frescura en la postguerra, un ejemplar único que reivindico vehementemente aquí, a través de una artículo escrito por Francisco Umbral, en EL PAIS, allá por el año 1985.

Enrique Jardiel Poncela iba todas las mañanas al Café Castilla; en la glorieta de Bilbao (1), y allí escribía hasta la hora de comer. En España se había cultivado lo grotesco, que viene de gruta, pero apenas si se conocía el humor. Hasta Cervantes es grotesco, antes que humorista. Sancho Panza es una figura que se hubiese negado a diseñar ningún humorista moderno. Está todavía en la gracia traumática: manteamientos y otros golpes. Nabokov (2) dijo del Quijote que es un libro “viejo y cruel”. Pero Jardiel viajó a Italia, conoció a Dino Segre, Pitigrilli, y a la vuelta se lo dijo a los del grupo:-Hay que quemar todo lo que, tenemos hecho.

El grupo eran Tono, Mihura, Neville, López Rubio y (3) así. Hay un 27 catalán, en la poesía: Carner, Carles Riba, Espríu, Sagarra… Hay un 27 del humor, en Madrid, entendiendo ya por 27, más que una fecha, una manera de ser, estar y agruparse. El 27 madrileño del humor persigue la pureza con igual encarnizamiento que el 27 famoso persigue la poesía, la poesía pura. El grupo de Jardiel decide renunciar a lo fácil, al costumbrísmo, al localismo, al retruécano, para hacer un humor difícil. De tan fácil.

El genial Tono en una autocaricatura

Procedían todos, más o menos, de Gutiérrez, revista de humor que se diferencia ya de La hoja de parra o el Fray Lazo en que no es pornográfica -“sicalíptica”- ni anticlerical ni antinada, sino antitodo. Gutiérrez se dijo que era el rey, pero Gutiérrez era, simplemente, el español medio, el burócrata eterno de España, que ha trocado la hijodalguía por el es calafón. Y de ese conformismo co lectivo es de lo que se burla Gutiérrez. Sobrevenida la guerra civil, Miguel Mihura hace La Ametralladora en San Sebastián, revista para soldados de la zona nacional, que yo no sé si haría reír a soldados de ninguna zona, por la mera y pura intelectualidad de su humor. Aquí se da la paradoja de que la derecha reaccionaria está hacien do humor de vanguardia.

Terminada la guerra, Mihura transforma su revista en La Codorniz, de vida impar y gloriosa, pero Mihura, a quien conocí mucho, es “un anarquista con buenos modales”, como Durrell diría de Proust, y se ve forzado, en los primeros cuarenta, a venderle La Codorniz a Álvaro de Laiglesia, joven falangista que presumía en sus conferencias de los Círculos Mediná de encuadernar sus libros con piel de espalda femenina, “obtenida de las mujeres que capturamos en Rusia cuando la División Azul”. Toma del frasco, Carrasco, Avelino, toma del recipiente cristalino. Saca whisky, cheli, para el personal.
En 1.961, muerto de hambre y de asco, le llevé algunos originales a Álvaro, a La Codorniz, en Callao, y me recibió sólo a la fuerza, en la oscuridad, con un flexo que únicamente le iluminaba las manos, y me dijo que no. Eran mejores que todo lo que estaban publicando por entonces. Siglos más tarde,’ya famosa una, Álvaro me pedía un artículo para su languideciente Codorniz, en la cena de cada noche. Y yo le recordaba mi temblorosa tentativa de cuando entonces, que consta en libros:

-Jamás te daré un artículo. Haberme descubierto a tiempo.

Luego nos dábamos un beso. El que sí me descubrió en seguida fue Miguel Mihura, y se lo decía en entrevista a Pedro Rodríguez, otro tronco que nunca me perdió la cara. Cuando yo escribí, a la muerte de Pedro (que me hizo mi primera entrevista importante, 1965, habiendo ganado yo el “Gabriel Miró”, en Alicante), que era “Ia última pluma del Arriba”, no hacía sino repetir la definición que alguien muy cercano a Pedro había hecho de él.

Última pluma del Arriba en cuanto a que la primera había sido Eugenio d’Ors, y en cuanto a que el Arriba, ya que no lectores, agavilló todo un florilegio de estilistas prodigiosos de que me ocuparé en otra entrega o folletón. Nunca pluma última en la categoría, sino en esa anécdota que es el tiempo. Pedro era claro, pese a gallego y falangista, y me hizo una entrevista para el Arriba que le tacharon de más “arriba”.

Miguel Mihura

En la revista Tiempo todavía nos dábamos violentos abrazos, Pedro Pedro.. Miguel Mihura comienza, hijo de cómicos, encargándose de una taquilla de dar vales, sobre la que campea un letrero que dice: “No se dan vales”. Esto alecciona a Miguel sobre la relatividad de la vida. Luego hace muchísimo periodismo de humor, hasta que comprende, como Hemingway, que el periodismo e s una gran profesión, a condición de dejarla a tiempo, y es cuando, en 1932, recluido en la cama por la enfermedad de una pierna que le dejaría cojo, escribe Tres sombreros de copa, quizá la función más grande del teatro español del siglo, y que sólo se estrenaría veinte años más tarde, porque nadie la entendía. Ionesco y Beckett están en esa función (lonesco lo ha reconocido noblemente), Tono es la subversión a nivel puramente lingüístico, con efectos asombrosos. “Yo dejo en la mesilla un vaso de agua por si tengo sed y un vaso vacio por si no tengo sed”. Se estaban cargando el pequeño convencionalismo burgués, consagrado por Franco y su Victoria, mediante el costado más desprotegido: el lenguaje, las frases hechas, los tópicos conversacionales de la burguesía invicta e inculta. Jardiel estaba muy dotado para el teatro, pero menos concienciado. Neville y López Rubio eran los espíritus finos y porveniristas que se afiliaban a lo nuevo.

Jardiel es el humor absoluto, el lenguaje absoluto, la equivalencia del mundo en palabras , y en esto está muy cerca de los vanguardistas parisinos que querían expresar “incluso el chillido de las gaviotas”. Mihura es todo lo contrario: el hombre que necesita muy pocos elementos para hacer humor, y cuya clave está en reducir el mundo a una simplicidad casi infantil. Tono es el lenguaje como generador de situaciones. El absurdo del lenguaje trasladado a una vida absurda, dentro de una cierta coherencia del disparate. Pero Jardiel todavía explica el absurdo, en el último acto de su teatro, precipitadamente. Mihura es el que pega el salto y comprende que ya no hay que explicar nada, que el público no es tan tonto como parece y les seguirá lo mismo. Jardiel es un señorito madrileño, bajo y con ojeras, que en algunas Juergas se ponía mantón de Manila. Tono es un gordo pacífico que habla largamente con Einstein, cuando le llamana Hollywood:

-¿Qué te ha dicho Einstein, tanto rato?

-Nada, que todo es relativo.

Miguel Mihura se encierra en su piso de General Pardiñas (ahora no sé cómo se llama la calle), a cuidarse las dos piernas y ver la televisión con la criada:

-Mira, Umbral, yo le dijo a la criada que se siente aquí, a mi lado, para que luego me explique el serial, porque yo, a veces, no cojo bien el fondo. Me ha dicho el médico que pasee, pero paseando por aquí, por General Pardiñas, parezco un pobre, de modo que me voy a pasear al Corte Inglés.

-Miguel, todavía podrías hacer artículos, comedias, cosas. Te pagarían lo que quisieras.

-Y para qué, Umbral. Vino una extranjera a hacerme una tesis, nos. enamoramos y viví el último gran amor de mi vida. Luego tuvo que irse. Ya no habrá nada más. Sin un amor ¿para qué trabajar?
Y esto me lo decía en mitad de la escalera. Los humoristas, a veces, es que se ponen muy sentimentales. Cuando le iban a hacer académico, tenía un adversario, el general Diez Alegría. Me llamaba por las mañanas:

¿Y. qué va a hacer un general en la Academia, Paco?

-Aportar el lenguaje militar.

-Ah, ya comprendo. Será el que les enseñe a decir pum.

(Es como cuando Juan Ramón preguntó si el doctor Marañón estaba en la Academia para mirarles la lengua a los académicos.) Miguel, una vez elegido (en convocatoria posterior), me explicaba por teléfono, siempre por las mañanas, que es cuando me llamaba, a ver si iba por la tarde a verle, cuál iba a ser el tema del discurso de ingreso:

-El concepto de humorista, Paco. Humorista soy yo, no el que hace imitaciones en un circo o en la televisión. Ése ha sido siempre “cancato”. Hay que precisar los conceptos de humorismo y humorista.

Pero se le puso mala la pierna buena y se me murió. La segunda generación de La Codorniz la constituyen, ante todo, otros tres grandes. Chummy Chúmez, Mingote y Rafael Azcona. Churny viene del surrealismo, Mingote del costumbrismo (pasaría pronto al Abc), y Azcona no viene de ninguna parte, sino que se va en seguida al cine, como guionista (el mejor de España) y no ha vuelto. Tenía una novia muy pesada, Rafael, y paseaban por aquel Madrid de tranvías. De pronto, se subió a un tranvía en marcha, sin despedirse de ella, que no volvió a verle. Azcona creó “el repelente niño Vicente”, famoso en los cincuenta, crítica sutil del número-uno-de-su-promoción, tan evaluado por Franco como posible ministro. Escribió una novela bellísima, Los europeos, y se perdió para siempre en ese mundo de cables y dólares que es el cine. Ha trabajado con los mejores, claro: Berlanga, Saura, etcétera (lo que dice, por otra parte, de su labilidad literaria). Con la tercera generación de La Codorniz muere la revista (4). Hermano Lobo y Por Favor son intentos transicionales, fugaces y brillantísimos de hacer un humor nuevo con la política nueva. Forges tiene úlcera, Máximo tiene un bulto (operado) y Chumy tiene tres pasiones que compartimos: las mujeres, Proust y el psicoanálisis. Está muy cerca de Quevedo en el humor, en la violencia y en la edad: siglos.

1. A aquel Café iban también, por las mañanas, don Pedro Mourlane-Michelena y otros escritores. Era uno de los cafés / oficina que había en Madrid.

2. Opiniones contundentes, Taurus.

3. López Rubio es el único superviviente de aquella generación al momento de escribir estas memorias. Alfonso Sánchez, tan cercano a ellos, pudiera haber sido su historiador y erudito. Pero el cine le llevaba demasiado tiempo.

4. Máximo, de la tercera generación de La Codorniz, y hoy humorista de EL PAIS, es un producto o resultado tan personal, original y al margen que nunca tuvo demasiado que ver con la revista de Mihura / Laiglesia. Quizá en EL PAIS ha encontrado su ecología ideal.

Categorías:aRtícuLos
  1. enero 17, 2010 a las 12:19 pm

    Para releer y comprender. El humor es absolutamente necesario para saber porque llorar.

    Carpe Diem

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