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Héroes Y Otras Contradicciones


Nosferatu: Trabajando en los registros del humor, una de las claves es la contradicción. Ésa es una de las constantes de tus guiones…

Rafael Azcona: Y de la vida también, afortunada o desgraciadamente. En cualquier caso, si uno no se contradice, más vale que lo internen.

Nosferatu: Lo que queremos decir es que, en tu trabajo, también sacas un buen partido de esa debilidad…

Rafael Azcona: ¿Vosotros tenéis noticia de alguien, si no se trata de un caso clínico, que sea siempre igual, que no se contradiga nunca, que disponga de un sistema de ideas cerrado y perfecto? Los hombres -y las mujeres, naturalmente- configuramos nuestras vidas con ideas que antes o después se convierten en material de derribo. De manera que, ¿cómo no va a haber contradicciones? Pues claro que las hay. ¿Cómo no va a haber contradicciones si uno no es el mismo para su madre que para su padre, ni para su hijo que para su hija? Y, eso, sin caer en la simulación, incluso pretendiendo ser sinceros, empeño que nos puede llevar al fingimiento absoluto.

Nosferatu: ¿En qué basas la defensa tan apasionada que haces constantemente del ordenador, Internet y las nuevas tecnologías?

Rafael Azcona: Bueno, veréis… Un día Berlanga y yo fuimos a visitar a Tono(2), que estaba resfriado. Tono ya era un hombre mayor y fuimos a verle. Vivía en un pequeño apartamento, y en el dormitorio, frente a la cama, encima de una repisa instalada allí ex profeso, tenía el primer televisor en color que nosotros habíamos visto, quizá el primero vendido en España. Berlanga, que es como es, le dijo a Tono: «Has hecho el primo comprando ese televisor. Los primeros aparatos que se fabrican son los peores y además carísimos; luego bajan de precio y son mejores, porque les corrigen todos los fallos. Deberías haber esperado». Y Tono, dulcemente, le respondió: «Luis, yo ya tengo ochenta y dos años…». Estoy en el mismo caso, porque tengo setenta y tres y no me quiero perder la parte de progreso material que esté a mi alcance, sobre todo si hace mi vida más confortable: desde que me pasé de la Olivetti al Macintosh, por ejemplo, ya no sufro de las cervicales, y de paso consumo menos papel con el consiguiente beneficio para los bosques. Por cierto, y hablando del progreso material, demasiado a menudo hay gente que lo condena con el argumento de que el moral no progresa al mismo ritmo, y eso me recuerda a esos tíos que cuando uno les dice que le gustaría tener dinero, sentencian que donde esté la salud que se quite todo. ¿La salud? ¡Pues también me gusta tener salud, coño!

Nosferatu: Antes has dicho una frase digna de ser enmarcada: «Todos somos paralíticos». ¿Es una virtud a reivindicar o es una constatación irremediable?

Rafael Azcona: Es como ser rubio o moreno y no tiene ningún mérito. Somos así, ya lo decía Billy Wilder en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959): «Nadie es Perfecto». Todos tenemos algo de feminoides, o de sádicos, o de masoquistas o de vaya usted a saber, y me resisto a admitir la existencia de alguien perfectamente definido. Supongo que por eso abomino de los géneros en literatura y, naturalmente, en el cine. Bueno, yo de un cine no me he salido nunca, pero ante el televisor, por ejemplo, apenas me huelo que lo que estoy viendo va a ser trágico o cómico todo el rato, lo fulmino con el mando a distancia. Lo que me parece estupendo es la confusión de los géneros, que es como hablar de la confusión de la vida. Eso es lo que a mí más me gusta y creo que es el camino por donde he transitado siempre.

Nosferatu: Por eso te preguntábamos antes por tu apego a las contradicciones. Pongamos, por ejemplo, el personaje de Jorge Sanz en Belle Époque (Fernando Trueba, 1992), en la que interpreta al supuesto héroe. Tú obligas a mirar con sus ojos, porque parece que es él quien conduce la acción pero, en definitiva, resulta ser un pobre tipo. Ocurre algo parecido en La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998), en la cual el destino del personaje que interpreta Sanz acaba siendo patético.

Rafael Azcona: Bueno, eso es un poco lo que os decía antes respecto a lo peligrosísimo que resulta decir «sí»: hablando concretamente de Belle Époque, ¿qué le ocurre al personaje? Le ocurre que por decir «sí» lo casan con una tía estupenda, y se queda con ella en exclusiva, pero como consecuencia pierde a las otras hermanas, tan estupendas como ella. Pero no creo que se trate de un final patético: simplemente, ha dicho «sí», y como hubiera sentenciado mi madre, «en el pecado lleva la penitencia». De haber dicho «no», allí seguiría, liado con todas las hermanas y disfrutando de la amistad de aquel multisuegro encantador que personificaba Fernán-Gómez. No sé por qué, de pronto recuerdo que, en mi juventud, cuando el miembro de una cuadrilla salía con una chica, los amigos se encabronaban con él una barbaridad. Pero, claro, era otra cosa; supongo que lo interpretaban como una traición al clan.

Nosferatu: No te gustan nada los héroes…

Rafael Azcona: Nada, nada. Los héroes -y los santos, sobre todo los mártires- han hecho un daño horrible. El patriotismo, el nacionalismo y la religión, por los que ha muerto tanta gente, no se tienen de pie sin héroes, sin mártires. Siendo adolescente yo le tenía mucho respeto a un conocido de mi familia, don Godofredo Bergasa: era la única persona a la que yo veía pensar por su cuenta, siempre he creído que fue él quien me hizo un poco la cabeza. Yo le preguntaba cosas sobre casi todo, sobre la religión, por ejemplo, y sus respuestas, más o menos socráticas, eran contrapreguntas: «Vamos a ver, ¿tú por qué crees que hay misioneros?». Yo le respondía: «Porque creen en Dios». «Exactamente», me decía: «Y en el seminario, cuando se dan cuenta de que un seminarista se lo ha creído, dicen: Éste, para misionero». Volviendo a los héroes; los héroes también se ponen como ejemplo a imitar y eso te puede costar carísimo; nadie te exige que corras los cien metros en menos de diez segundos, porque todo el mundo entiende que para ser campeón olímpico lo fundamental es escoger a los propios padres, pero si llega el caso, y por muy pacifista que te sientas, te exigen que mueras por la patria. A uno siempre le queda el recurso de negarse con el argumento de que no tiene fuerza de voluntad para tanto, pero, claro, en ese caso van y te fusilan

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