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Más Datos Sobre La Negrura


No puede ser casual que vea la firma de Rodrigo Fresán prologando novelas, ensayos, series de televisión que me han dejado extasiado o que inevitablemente me supondrán un descubrimiento impagable. Lo hace con enamorado conocimiento, potente estilo narrativo, humor, mordacidad, sentido crítico alejado del énfasis y el aburrimiento, referencias en las que se mezclan con gozo el cine y la literatura, la inequívoca sensación de complicidad con desconocidos en tantos libros, películas, personajes, atmósferas y sentimientos que nos apasionan. Me ha ocurrido en los últimos tiempos con la admirable y magnética novela de Don Winslow El poder del perro, crónica llena de nervio, violencia y complejidad de las relaciones entre el narcotráfico mexicano, la mafia estadounidense y las FARC colombianas a lo largo de veinte años. En el heterodoxo libro que disecciona la grandeza de la serie The Wire. En el inclasificable Sospechosos, investigación, fantasía, hemeroteca, delirio, historias imaginarias sobre personajes nacidos de la ficción, perpetrado por el crítico de cine David Thomson como tributo al cine negro de Hollywood. Todos ellos vienen avalados por el documentado entusiasmo de Fresán. Un argumento muy poderoso para incitarme a leer sin más demora las novelas del propio Fresán.

El imán para acercarte a Sospechosos se llama cinefilia. Tienes que haber pasado gustosamente gran parte de tu vida en las salas oscuras para encontrar el encanto a las imaginadas biografías y al insólito cruce de relaciones que se establece entre los protagonistas y los secundarios de tantas obras maestras, o legendarias, o curiosas del cine negro, policiaco, gansteril (puede ser muy complicado definir un género, establecer sus límites, marcar la obligatoriedad de elementos fijos) que ha producido la época dorada de Hollywood, o sea, la que alimenta maravillosamente los años cuarenta y se cierra al final de los setenta.

David Thomson

Al lector de Sospechosos le tienen que resultar familiares los nombres de Jake Gittes, Noah Cross, Ilsa Lund, John Clay, Waldo Lydecker, Laura Hunt, Dickson Steele, Roy Earle, Joe Gillis, Norma Desmond, Max von Mayerling, Walter Neff, Phyllis Dietrichson, Wilson Keyes, Harry Lime, Richard Blaine, Jack Torrance, Kim Carruthers, Cora Papadakis, Frank Chambers, Vivian Sternwood, Casper Gutman, Elsa Bannister, Norman Bates, Harry Moseby, Bruno Anthony, Hank Quinlan, Travis Bickle, etcétera, para que les interese su pasado y su futuro, para que sepamos qué ocurrió en sus vidas antes de que empezara la película y lo que ocurrió con ellos (en caso de que sobrevivieran) después del “the end”.

Dudo que el gran público que ha disfrutado en la época de su estreno o en el curso del tiempo de películas como Laura, El último refugio, Casablanca, El Halcón Maltés, Forajidos, Perdición, El crepúsculo de los dioses, La dama de Shanghai, El sueño eterno, Sed de mal, El cartero siempre llama dos veces, Encadenados, La ventana indiscreta, Extraños en un tren, A quemarropa, Gilda, La mujer del cuadro, Psicosis, La noche se mueve, Taxi driver, El Padrino, cositas así, tenga una desmedida preocupación por saber qué ocurrió con la gente que puebla estas películas incrustadas imperecederamente en el recuerdo, si se escandalizarían con la información de que Rick Blaine era homosexual, de que sus héroes fueran más prosaicos que líricos, de que la realidad no fuera nada legendaria, de que hubiera impensables destinos y caprichosos cordones umbilicales entre los míticos personajes de películas distintas de las que solo hermanaba su negrura. Pero al cinéfilo, al que observando su filmoteca sabe que está a resguardo de cualquier depredadora tormenta y que puede ser huésped de Arcadia todas las noches mediante el perpetuo milagro de introducir sus películas favoritas en el lector de DVD, los onanismos mentales y los delirios con lógica de David Thomson con esta problemática gente de ficción que se presta a la sospecha poseen interés y morbo.

El estilo para contarlo es seco, con la eficacia narrativa de las crónicas de sucesos escritas con profesionalidad, con la sensación de que ha revisado muchas veces esas películas, que ha vivido y soñado con ellas. Y, por supuesto, no cambiaríamos nada en ellas, nos dan miedo las secuelas, las amamos como fueron concebidas.

Sospechosos también te induce a leer los diccionarios de cine que ha escrito David Thomson. Pueden ser cualquier cosa, excepto convencionales. O los que ha dedicado al western y a la screwball comedy utilizando la misma estructura y el mismo guión que en Sospechosos. Su capacidad fabuladora es notable y agradecida su memoria. Esos personajes que solo existen en la pantalla, y preferentemente en el siempre añorado blanco y negro, pueden resultarnos más cercanos, sensuales, inquietantes o conmovedores que casi todos los que hemos conocido en la vida real.

CARLOS BOYERO

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