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Historia De la Noche


Leemos una escena nocturna en una novela del siglo XIX y si el autor no lo menciona explícitamente no pensamos en el modo en que está iluminada. ¿Qué luz había en la alcoba en la que Ana Ozores se entrega al seductor Messía en “La Regenta”,o en la taberna de San Petersburgo a la que entra Raskolnikov al principio de “Crimen y Castigo? La imaginación se vuelve más pobre a medida que viajamos hacia atrás en el tiempo. Las noches de la literatura, como las de la Historia, nos las imaginamos distraídamente iluminadas de la misma manera limpia y regular en que lo están las nuestras, y en lo que estaban las del cine hasta que Stanley Kubrick usó unas lentes y una película tan sensibles que le permitieron rodar las escenas interiores de Barry Lyndon a la luz de las velas.

Así intuimos lo que podía haber sido una noche del siglo XVIII, aunque no se nos ocurrió pensar que esa noche no podía ser igual en el interior de un palacio que en el de una choza, y que la iluminación nocturna, aparte de problema de tecnología, también es una cuestión de clase. Suponemos vagamente que en el pasado anterior a la electricidad y a las lámparas de gas la gente se iluminaba con velas. No se nos ocurre pensar que las velas de calidad, las de cera de abeja y las de esperma de ballena, eran muy caras, de modo que entre las diferencias sociales estaban la longitud y la oscuridad de la noche. Las iglesias y los palacios de los poderosos irradiaban una luz más cegadora todavía porque contrastaba con la negrura en la que sobrevivía casi todo el mundo después del anochecer: en los palacios los espejos multiplicaban el resplandor; en las iglesias, el oro de los retablos. Durante una gran parte de la historia humana, la noche ha sido una tiniebla sólo traspasada por el resplandor de las hogueras, por la llama solitaria y móvil de una lámpara, por la claridad de la luna llena, que revela los volúmenes pero no los colores de las cosas.

Nuestros abuelos o nuestros bisabuelos se alumbraron con candiles de aceite, pero nosotros estamos tan acostumbrados a la luz eléctrica que reparamos en ella menos todavía que en el agua corriente. Cuando yo era niño, aún se iba la luz con cierta frecuencia. Nos quedábamos a oscuras en mitad de la cena, y mientras alguien iba a buscar una vela o a comprobar si se habían fundido los plomos los niños cantábamos una canción que tenía algo de rogativa: “Que venga la luz, / que vamos a cenar / pan y huevos fritos / y encima una ensalá”. La luz podía venir al cabo del rato o no venir en toda la noche. Y si había que subir a acostarse antes de que hubiera regresado era preciso hacer frente a una oscuridad fácilmente poblada por las criaturas temibles de los cuentos, que los adultos no tenían el menor reparo en invocar, en aquellos tiempos anteriores a los traumas infantiles y a la pedagogía.

Yo he temblado de miedo subiendo en la oscuridad por una escalera mientras en el rellano de abajo uno de mis tíos se moría de risa diciéndome que el Tío Sacamantecas o la Tía Tragantía iban siguiéndome, y si llevaba una palmatoria en la mano mi propia sombra agigantada era un monstruo al acecho. Otras veces, para el Día de los Difuntos, se ponían en los dormitorios y en las habitaciones menos frecuentadas de la casa tazones de aceite en los que flotaba una lamparilla: una base redonda, recortada en cartón; un pábilo como el de una vela. La lamparilla ardía inmóvil o se movía despacio sobre el aceite, si la empujaba una corriente de aire, iluminando los muebles severos en la habitación sin nadie, resaltando más la ausencia de los que habían vivido y ya no estaban.

Jane Brox

Me acuerdo de esas velas ardiendo en un tiempo que me parece anterior a mi vida y me pregunto cómo sería la luz a la que escribían de noche Cervantes o Shakespeare porque estoy leyendo un libro asombroso que cuenta la historia de la iluminación artificial: Brilliant, de Jane Brox. Es uno de esos descubrimientos que al principio lo aturden a uno con la rotundidad de su sorpresa: cómo habré estado para no pensar antes en lo que ahora mismo, empezada la lectura, es tan evidente, incluso tan perentorio, para no prestar más atención a las menciones a la luz artificial que hay en la literatura, para no darme cuenta de que contando la historia de los inventos que han servido para iluminar la noche y las tinieblas se encuentra uno de esos hilos narrativos que acaban arrastrando el relato formidable de todo: las lámparas de piedra con una concavidad para la grasa animal que se han exhumado en la cueva de Lascaux; los candiles de bronce y de barro en las casas romanas; las pequeñas jaulas en las que los nativos del Caribe y de las islas de los mares del Sur guardaban las luciérnagas o los escarabajos luminosos con que se alumbraban; los pescados podridos que a veces usaban los mineros para alumbrarse sin peligro con el resplandor de su fósforo, eludiendo así usar las lámparas cuya llama provocaba las explosiones terribles del gas grisú; los faroles de aceite de las calles de París en los cuales los revolucionarios ahorcaban a sus víctimas antes de la invención de la guillotina; el holocausto de ballenas gracias al cual fue posible iluminar de noche las fábricas de la revolución industrial y por lo tanto prolongar hasta la extenuación las jornadas de los trabajadores; la invención de la vida nocturna hacia mediados del siglo XIX, cuando la luz de gas en las calles y en los escaparates volvió por primera vez habitable y tentadora la noche de las ciudades, permitiendo que las prostitutas salieran a exhibirse fuera de los prostíbulos y que los hombres se quedaran hasta muy tarde en los cafés; la innovación de los arcos voltaicos, altas torres metálicas que por primera vez inundaron plazas enteras de una cegadora luz eléctrica, tan extraña en su intensidad que provocó el rechazo de Stevenson: “Una nueva forma de estrella urbana brilla ahora por las noches, horrible, extraterrenal, irritante para el ojo humano; una lámpara para una pesadilla…”.

Porque la iluminación eléctrica, contra lo que todos creemos saber, no la inventó Edison: lo que se inventó en el laboratorio de Edison, en 1878, fue la manera de subdividirla en unidades manejables que sirvieran para alumbrar los interiores de las casas: la bombilla de filamento incandescente. La luz que ve Gatsby por las noches al otro extremo de una bahía y la que según el poema de Pablo Neruda no se apagaba casi nunca en la ventana del despacho de Stalin son episodios de la misma historia de conexiones tan ilimitadas como la de una red de tendido eléctrico. Cuando esta noche, al terminar de leer, apague la luz, según mis ojos se vayan acostumbrando a la oscuridad viajaré por ella a esa negrura primitiva a la que sigue regresando nuestra memoria genética cada vez que nos aproximamos al sueño.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Categorías:aRtícuLos
  1. agosto 17, 2010 a las 11:02 am

    Me encantó el artículo de Antonio Muñoz Molina, es grande este escritor, sencillo y rotundo a la vez. Una divagación histórica sobre la luz o sobre la iluminación, muy interesante, la verdad.
    Gracias por colgarlo aquí. Besos

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