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Y El Ritmo Se Hizo Carne


En tiempos de YouTube puede resultar hasta perverso recordar que la música popular de buena parte del siglo XX creció sin imágenes. Los artistas solo aparecieron en las portadas de sus discos con la implantación del soporte elepé. Del más legendario de los bluesmen, Robert Johnson, no se difundieron fotos hasta medio siglo después de su muerte.

Aunque superestrellas tipo Gardel, Chevalier o Crosby fueran figuras cinematográficas, muchos de sus coetáneos nunca se pusieron frente a las cámaras. La televisión remedió la situación, pero existen vacíos escandalosos, por el funesto vicio de regrabar sobre las cintas de vídeo profesional. Como perteneciente a la generación de la escasez, todavía me sonrojo por nuestro comportamiento obsesivo. A finales de los sesenta, íbamos una y otra vez a ver El rebelde, película de Volker Schlöndorf con Anita Pallenberg en el reparto, solo por paladear la fugaz aparición de Keith Richards ¡como extra!

En esa situación de marginalidad, algunas películas raras adquirieron carácter sacramental: Duende y misterio del flamenco (1952), Jazz on a summer’s day (1959) o Woodstock (1970). The T.A.M.I. show es un caso aparte. Han transcurrido casi cincuenta años desde que se estrenó en cines, y solo ahora está disponible para la venta un DVD distribuido por Universal. Bloqueada su edición por obstáculos contractuales, circularon centenares de miles de copias piratas, especialmente en VHS, con una calidad que iba de lo malo a lo peor. Pero urgía tenerla: incluía la más portentosa actuación de los sesenta, una apoteosis de coreografía y emoción.

The T.A.M.I. show fue una ocurrencia de Steve Binder, un productor que controlaba el sistema Electronovision, cámaras que ofrecían una resolución superior a lo acostumbrado en televisión. Los costes eran bajos y el resultado, una vez transferido a celuloide, se podía estrenar en los cines. Lo demostró con la grabación del famoso Hamlet interpretado por Richard Burton en 1964; ese mismo año decidió probar con la música pop, entonces dinamizada por la irrupción de los Beatles.

The teenage awards music international show quería ser una revisión anual de lo más excitante del pop. En realidad se trataba un programa de televisión con pretensiones… y grandes medios: una orquesta con soberbios músicos de estudio, dirigida por Jack Nitzsche, y un suculento cuerpo de baile.

Por pura chiripa, estaban representadas las grandes tendencias de 1964. Abría un superviviente de los cincuenta: Chuck Berry. Al estar inaccesibles los Beatles, se conformaron con otros dos (flojos) conjuntos de Liverpool: Gerry and The Pacemakers y Billy J. Kramer and The Dakotas. Nada comparable a la embajada de Motown: las Supremes, Marvin Gaye, Smokey Robinson and The Miracles. El pop de estudio estaba encarnado por una modosa Lesley Gore. Y como aquello se desarrolló en Santa Mónica, se sumó surf vocal: Jan and Dean, que también ejercían de presentadores, y los Beach Boys con Brian Wilson.

Tanta variedad correspondía al formato habitual de los conciertos en aquellos días: un desfile de artistas haciendo tres o cuatro éxitos. Revisando The T.A.M.I. show asombra la brevedad de las canciones, desprovistas de puentes instrumentales o improvisaciones. Se trata de una fiesta de los estribillos, donde suele haber mayor vitalidad en los bailes que en las interpretaciones.

Excepto en los que encabezaban el cartel. Los responsables se empeñaron en que aquello terminara con los Rolling Stones, relegando a James Brown al penúltimo lugar. Un retaco con un peinado imposible, James se vengó realizando un espectáculo deslumbrante: exageración teatral, ardor vocal, increíble precisión en los movimientos. Ver para creer.

Los Stones lo vieron con pavor y vergüenza. Todavía no tenían mucho repertorio propio y se basaban precisamente en material de artistas negros. En The T.A.M.I. show intentaron superar lo insuperable, con Mick Jagger sacudiendo las canillas y los dos guitarristas echando el resto con sonriente desesperación. Su impulso social era imparable, pero aquella noche no pasaron de párvulos a la sombra del maestro.

DIEGO A. MANRIQUE

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