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Esos Actores, Esas Voces, Ese Estilo


Se supone que la fascinación por esa gente con algo especial, de la que no puedes ni quieres apartar la vista y el oído cuando aparecen en la pantalla, actores y actrices superdotados y cama-leónicos o que parecen limitarse a ser ellos mismos, pero con esa cosa indefinible e hipnótica (no necesariamente belleza) que les hace poderosamente distinguibles del resto de los seres humanos, es algo ancestral y permanente, aunque cada generación posea sus identificables ídolos y razones estéticas o éticas para explicar lo que simboliza esa gente, el irresistible afrodisiaco que les acompaña simbolizando los valores de una época.

Desde mi esclerosis que se siente incapaz de comprender dónde reside el magnetismo de tanta estrella juvenil, uno puede entender sin demasiados esfuerzos los motivos por los que el público paga una entrada para ver a Clooney o a Brad Pitt (para mí, grotescos cuando intentan afearse para demostrar que tienen alma y desconocidos recursos interpretativos, como hace el paródico Pitt en Quemar después de leer y Malditos bastardos, o Clooney en Oh, brother), pero encuentra tan natural como en trance de desaparecer que la verdadera autoría para el espectador durante la época dorada del cine (o sea, del cine norteamericano, del cine a secas) la representaran efigies que hacían suyo el parlamento que habían escrito otros, que transmitían inmejorablemente lo que pretendía contar el director.

Pensaba en ello al sentir la inmarchitable presencia del devastado Kirk Douglas en la última ceremonia del Oscar. Al ver al inmenso secundario Eli Wallach recibiendo en obligado silencio junto a Coppola el homenaje de Hollywood. Y te repites con lógica, sin melancolía barata, que existió un tiempo en el que las estrellas tenían infinito fundamento. Y además, eran actores maravillosos. Transmitían aroma, galanura, estilo, sensualidad, inteligencia, hombría de bien. Es probable que fueran unos impostores o auténticos hijos de puta (Mitchum definía a Douglas como el bicho más malo que había tratado en su vida; Wilder describía a Bogart como un insoportable neurótico), pero su imagen, su personalidad, el halo que desprendían ante la cámara, la forma de ser, estar y sentir, independientemente de que dieran vida y muerte a un héroe, a un villano o la mezcla de ambos (nunca a alguien como nosotros, tan cotidianos y tan simples, tan escasamente identificables con los que encarnaban en su gestualidad y en su clase nuestros inalcanzables sueños), constituirán para siempre la esencia del cine.
Queda Douglas. Queda Gene Hackman. Quedan Jeff Bridges y Nick Nolte, mucho más jóvenes pero de esa raza. Harrison Ford pudo ser de esa raza, pero su decadencia cada vez es más antipática. A lo peor su encanto solo era físico, no moral. Cuentan que el maravilloso Gary Cooper era muy corto, pero le dirigió gente tan inteligente que jamás reflejó esas carencias.

¿A qué seres incomparables, carnales y etéreos me refiero? A Bogart, Holden, Lancaster, Mitchum, Douglas, a fulanos como los de antes, como los de siempre, los de verdad aunque encarnen ficciones.

CARLOS BOYERO

Categorías:aRtícuLos, Cine
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