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Infancia Nunca Perdida


Recuerdos imborrables. Imágenes que permanecen: la final de la Copa del Rey. El Athletic, mi Athletic, que todavía podía encontrar su hueco entre la nómina de campeones, cuando el fútbol era, todavía, una competición abierta, sin que el dinero se adueñara de la situación para armar equipos forjados en el vil metal, perdió la Copa ante el Betis. Y fue Dani quien falló el gol decisivo en la imborrable tanda de penaltis. Y, sin embargo, Dani siguió encarnando mis ensoñaciones futbolísticas de mal jugador de recreo. Dani siempre encarnó – y todavía lo hace – a mi héroe futbolístico.

Hoy me he encontrado con esto. De vez en cuando, el pasado regresa sin llamar a la puerta. De vez en cuando, te encuentras en el periódico artículos que parecen haber sido escritos expresamente para ti.

A las 20.47 de un 15 de marzo, domingo, hace 25 años, el guerrillero colgó su fusil. Había saltado al césped por última vez en un partido oficial (2-1 al Betis) con la camiseta del Athletic siete minutos antes, en sustitución de Julio Salinas. Dani era el goleador nato, pero partiendo probablemente de unas condiciones adversas, sobre todo en el fútbol físico de hace un cuarto de siglo. El milagro de un futbolista de 170 centímetros -“aunque muy fuerte”, matiza- que en 402 partidos anotó 199 goles con el equipo bilbaíno -es su tercer máximo realizador, tras Zarra, con 333, y Bata, con 208-, muchísimos de cabeza: “Pero siempre se me recuerda por el penalti que fallé en la final de Copa, ante el Betis, que nos costó el título en 1977. En realidad, el último lo tiró El Txopo Iríbar, pero siempre se recuerda mi error al ser el especialista”.

Dani tiraba penaltis y penaltis en el Athletic. Los lanzaba todos iguales, con aquella paradinha que todos los porteros conocían, pero que casi ninguno evitaba: “He lanzado penaltis comprometidos, de esos que valen un partido, pero ese día, en el Calderón, ante Esnaola, lo hice todo mal, absolutamente todo mal”. Dani, como especialista, fue designado como el último lanzador de la tanda de cinco. “Mientras tiraban mis compañeros, estaba en cuclillas, con las manos tapándome los ojos. No quería verlo. De pronto, me tocó el turno y el juez de línea me dio el balón y me dijo: ‘Toma, que tienes la posibilidad de ganar la Copa’. Entonces me empezaron a temblar las piernas. Iba cagado y lo hice todo mal”.

A Dani le apodaban El Guerrillero porque lo suyo era la sorpresa, adelantarse al rival y no rehuir jamás el cuerpo a cuerpo. “Cuando jugaba en el Sodupe, tuve un entrenador que nos enseñó todo el trampeo razonable del fútbol. Por ejemplo, el penalti indirecto, que luego hizo Cruyff en un partido. El árbitro se empeñó en que se lanzara exactamente desde el punto de penalti, que estaba sumergido en un enorme charco de agua. Entonces decidimos lanzar suavemente el balón hacia adelante y que rematara otro compañero. Era legal”. Dani comenzó a aprender las artes que todo delantero debe explotar para llegar a su cometido en Regional y las mantuvo hasta el día de su jubilación deportiva. “El objetivo es el gol y yo siempre he sido un goleador, no un extremo, aunque luciera el número 7 en la espalda. Si el defensa me daba un codazo, necesariamente debía responderle con dos. Hay que defender el territorio”, afirma.

“El goleador nace, de eso no hay duda”, advierte Dani, “aunque luego se puede perfeccionar en las distintas formas de conseguirlo”. Y recuerda quizá uno de los goles más valiosos de su carrera, el que le marcó al Madrid en 1984 y que, por efecto del goal average, dio el título al Athletic, a igualdad de puntos, esa temporada. Había saltado al campo en el minuto 77 y 10 después ya había anotado: “Fue un centro de Goikoetxea y yo estaba en el área pequeña. Vi a Miguel Ángel que se preparaba para salir y yo tenía cerca a Bonet. En una décima de segundo pensé: ‘Si amago con ir al balón y no voy, quizá estos dos se choquen. Y se chocaron. Solo tuve que empujar el balón a la portería. Eso no se enseña, aunque tampoco sale siempre”.

El remate de cabeza era otra asignatura para alguien que quisiera jugar en el área en los años setenta y ochenta. “Me preparaba desde que estuve en el Villosa una hora tras los entrenamientos. Me lo enseñó aquel entrenador, pero luego lo hacía también en la selección española cuando Santillana y yo nos quedábamos a practicar. Kubala nos decía: ‘¡Vamos, chicos, que mañana hay partido!’. Y nosotros le pedíamos que nos dejara seguir: centraba él, remataba yo; centraba yo, remataba él”.

Dani no era un tipo fácil para los árbitros: “En el fútbol hay que jugar todas tus armas legales y yo ni era de los que se callaban ni soportaban injusticias. A veces, es cierto, también les echaba al público encima. Hay muchos caminos para el gol”.

El gol siempre estaba en el punto de mira: “No era una obsesión, pero sí una obligación. No te haces egoísta, sino responsable con tu cometido”. Muchos los marcó de cabeza, pese a su corta estatura, ante centrales como Migueli, que le sacaban dos cuartas. Pero su gol típico era el de volea: “Reconozco que en el fútbol no hay nada más placentero que el gol de volea. A mí era el que me dejaba siempre más satisfecho. Te sientes como realizado con ese golpeo brutal. Es como si disparases con todo el cuerpo y no solo con la pierna”. Y en el recuerdo, San José, el lateral izquierdo del Sevilla, con el que protagonizó sus duelos más épicos. “Era como una obsesión”, dice el andaluz; “en el campo pasaba de todo, pero fuera siempre nos llevamos bien. Allí solía ganar él y aquí solía ganar yo”. Dani le recuerda con cariño: “Pero no eran menores los duelos con Camacho, fíjese qué jugador, o con Cundi, del Sporting. Pero yo tenía que defender el territorio”. Palabra de guerrillero.EDUARDO RODRIGÁLVAREZ

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