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Zapatero Sin Zapatos


Cuando Hitler quería recalcar su desprecio por Reino Unido, hablaba de “una nación de tenderos”. De haber conocido mejor a sus enemigos, Adolf habría sabido que eran “una nación de oyentes”, vertebrada por la BBC. Imposible calcular el daño psicológico que hubiera supuesto, en 1940, poner a la Luftwaffe a machacar estudios y repetidores.

Esa pasión se mantiene. La revista bandera de la BBC se llama Radio Times (aunque cubra también la televisión). Los periódicos de calidad hacen crítica de radio, comentando incluso adelantos de la programación. Cualquier cambio en la radio pública levanta alborotos que acaban en el Parlamento.

Los japoneses sí están al tanto de esa peculiaridad británica: Sony patrocina los Radio Academy Awards. La Academia de la Radio premia anualmente a programas musicales, informativos, deportivos, culturales, matutinos, transmisiones, etcétera. Unos galardones no reservados únicamente a los grandes buques: también caben emisoras pequeñas, medianas o de Internet.

En la zona musical se reparten cinco trofeos y me congratula que Ronnie Wood haya sido destacado como “personalidad del año en la radio musical”, por su programa diario en Absolute Classic Rock. Uno creía que Ronnie solo ganaría en un concurso de Desastres con patas. Hablamos del único miembro de los Rolling Stones que se arruina regularmente (ahora su hijo le gestiona los asuntos y le supervisa los gastos). Con 63 años, todavía se deja llevar por las gónadas y aterriza regularmente en los tabloides. Y no lo esconde: busquen su descacharrante autobiografía, Memorias de un Rolling Stone.

Poco acostumbrado a reconocimientos, Wood alardea del premio. Confiesa que se inspiró en el Theme Time Radio Hour, de su amigo Bob Dylan. Y que el trabajo tiene funciones terapéuticas: le ha ayudado a mantenerse sobrio durante los últimos 15 meses.

En la pasada década, con la radio digital y la multiplicación de emisoras, un batallón de famosos se han convertido en locutores. Ocurre en EE UU y Reino Unido; en España, el fenómeno tiene una traslación más chusca. Cualquier nombre reconocible que se pone a tiro, zas, es fichado para hablar de fútbol, corazón o música. Sí, sobre todo música: lo más fácil del mundo es hacer un programa musical, ¿verdad?

Admito que soy adicto total a esos espacios hechos por diletantes. Hay un deleite perverso en comprobar la pobreza de su discurso (“esto es un pelotazo”) y lo limitado de su universo sonoro. Con pretensiones, además: te partes cuando alguien pincha a, por ejemplo, Tom Waits y hace una pausa, como esperando una oleada de aplausos por su “gusto exquisito”. Pueden ser veteranos de culo pelado, pero repiten cualquier leyenda sobada: “Robert Johnson aprendió a tocar blues tras convocar al diablo en un cruce de caminos”. Te restriegan por la cara sus vidas emocionantes: “Este tema se disfruta más si vas en descapotable por la Ruta 66, como hicimos nosotros”.

Es cierto que algunos evitan la chapuza. Escritores, fotógrafos, pintores suelen esforzarse en hilar sus argumentos y lograr una selección imaginativa. Al otro extremo, esas rock stars que se comprometen a intervenir por las mañanas y luego no dan señales de vida (la noche, tan traicionera). Sin olvidar a los actores y cineastas que solo ven allí la posibilidad de promocionar su nueva función o película.

En realidad, ellos no son culpables del desaguisado. La responsabilidad recae en las emisoras, que se frotan las manos incorporando figuras más o menos ilustres por poco o nada de dinero. Olvidan que para que un neófito haga (buena) radio, necesita alguien que le guíe por el medio y un equipo de respaldo. Theme Time Radio Hour era un programa semanal con más de una docena de colaboradores en nómina. No sabemos si las gracias de Dylan estaban guionizadas, pero en los créditos figuraban seis researchers y un producer, Eddie Gorodetsky, al que cabe atribuir un gran porcentaje de las gemas discográficas que por allí desfilaban. Aquí seguimos prefiriendo la improvisación y el genio racial.

DIEGO A. MANRIQUE

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