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La Linterna Mágica #11


Es prodigioso cómo una película puede salvarte una tarde. O, simplemente, salvarte por unas horas. Salvarte de un día negro, tristemente sombrío. Es lo que ocurrió cuando pude ver – creo que por cuarta o quinta vez, no recuerdo – una tarde bochornosa de este verano recién estrenado, la película “Jeremiah Johnson”, en la que, siendo niño, pude identificarme con la imponente figura de un Robert Redford, con quien nunca tuve una especial afinidad cinematográfica. Hasta entonces. Sí me deslumbró en el papel de un aventurero que se echa al monte, con un pasado desconocido, que se vislumbra turbulento, y que adopta la vida de las montañas como modo de, tal vez, redención.

Vi, por primera vez, en un estado de completa fascinación, “Jeremiah Johnson” en una televisión de pequeño formato, estrenando un vídeo Betamax que me permitió descubrir un mundo hasta entonces oculto, el perteneciente a películas que solamente había podido conocer de referencias. Pude ver la película, años después, en un cine en condiciones, formato inexcusable para su óptima contemplación: el entorno natural del Estado norteamericano de Utah, el poder invencible de las montañas.

Su director, Sydney Pollack ya era una garantía de calidad cinematográfica. Su comercialidad no estaba reñida con su valía artística. Más o menos por la época en que me estrené con “Jeremiah Johnson”, se estrenaba “Tootsie” otra obra del director norteamericano, con el propio Pollack ejerciendo labores interpretativas – es larga su lista de intervenciones como actor en películas de otros directores-. Curtido en la televisión, fue un deudor del clasicismo cinematográfico, de los directores que saben narrar una historia a través de imágenes, así de simple, sin efectismos, sin argucias visuales tramposas.

“Johnson” trata de la improbable redención del ser humano. De la búsqueda constante de una felicidad inaprehensible. De cómo la vida puede arrebatarte de un plumazo la sólida base de tu existencia. La futilidad de la venganza. La dualidad del ser humano, capaz de lo sublime y de lo terrorífico. La tolerancia y la convivencia.

Redford encarna la monstruosa dualidad, el ansia de eternidad inherente a la naturaleza, que se resiste a morir, a desaparecer. La resistencia ante la brutalidad de la civilización.

John Milius, uno de sus guionistas y autor, de entre muchas otras, del guión de “Apocalypse Now” supo introducir diálogos inolvidables, secos y concisos, como cuando Del Gue dice a Johnson acerca de Hatchet Jack (un explorador encontrado por Johnson, muerto por congelación): “Demonios, era un salvaje……el viejo Hatchet Jack. Vivió dos años en una cueva, arriba en las montañas de Musselshell con una pantera hembra. Ella nunca se acostumbró a él”

Contemplar la belleza de una película en un estado de devastación, contemplar por quinta vez “Jeremiah Johnson” es comprender que merece la pena vivir, además de por cosas esenciales que dependen de ti y están bajo tu responsabilidad, por obras de arte que advierten sobre lo único verdadero: que la vida es cruel, sí, que puedes perder la ilusión por los seres humanos, pero que siempre existe un motivo para seguir adelante, incluso el más nimio detalle que puede pasar desapercibido. La vida y la muerte en constante maridaje.

Categorías:Cine
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