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Se Acabó El Papel


Ya sé, ya sé. Las convenciones periodísticas imponen comenzar la rentrée con energía, vitalidad, quizá hasta provocando. Pero cuesta. Últimamente, las noticias musicales inducen, por lo menos, a la melancolía. Cierres, despidos, incendios, liquidaciones…

Crisis hasta en lo que creías referencia indestructible: la prensa musical británica. Ojo: no me olvido de las heroicas publicaciones musicales españolas, de las que no tenemos cifras fiables. Pero en el Reino Unido son estudiadas por el Audit Bureau of Circulations (ABC), que cada seis meses informa implacable sobre la difusión de las revistas. Los datos son deprimentes respecto a los papeles musicales. Todos destacan el declive en ventas del New Musical Express, que cae por debajo de los 30.000 ejemplares, perdiendo un 14,3 % en el último año. Para comprender el desastre, conviene explicar que el NME es el superviviente de la anteriormente poblada oferta de semanarios musicales que llegaban a los quioscos británicos. Bueno, allí no hay exactamente quioscos pero esa es otra historia.

El NME era poderoso: imponía tendencias, lanzaba artistas y movimientos. La varita mágica incluso tocaba a sus colaboradores, que ascendían a periodistas estelares en radio, televisión y prensa diaria. En los setenta, el NME se acercó a los 300.000 ejemplares vendidos. Fue efectivamente plataforma y motor de todos los movimientos masivos procedentes del rock, con un pequeño traspié a la hora del grunge, patrocinado más fervientemente por sus competidores; lo compensaron apostando por el britpop.

Resulta imposible minusvalorar su influencia en el exterior. Peter Buck, de REM, suele evocar el impacto que suponía conseguirlo en una pequeña ciudad universitaria de Georgia. En España, la palabra del NME era ley, aunque se tratara de artistas que solo adquirían sentido en un contexto… iba a decir “inglés”, pero no, ni siquiera: nos vendieron muchas burras que solo eran fenómenos londinenses.

¿Y qué pasó? Quizá murió de éxito: las batallas del britpop pasaron a ser cubiertas por los tabloides. Gigantes como la BBC o The Guardian dedican hoy inmensos recursos a la información (y la valoración) de la música pop. Inevitablemente, el NME cambió de orientación y de aspecto. Aun manteniendo la periodicidad semanal, se convirtió en una revista de colorines: perdió el estigma de los inkies, los periódicos que te manchan los dedos.

Sobre todo, se vio asediado por los mensuales. Especialmente por los que se dedican al heritage, al patrimonio cultural, el legado artístico del pop. Desde 1993, Mojo impuso otra óptica de la información musical: atiende a la actualidad pero el foco principal está en la historia, con artículos exhaustivos, espléndidas fotos y sentido del canon estético. Para muchos, esta atención al classic rock y al soul eterno son parte de un síndrome preocupante: la retromanía. Parece inevitable: vivimos el pasado como presente, gracias a las reediciones y a la discoteca universal de la Red. Enfrentados a la atomización de estilos, el patrimonio musical ofrece certezas, grandes historias, jerarquías. Después de todo, buena parte de la música actual puede encuadrarse en lo que algunos llaman despectivamente dadrock (el rock que podría gustar a tu padre o que no se diferencia, esencialmente, del que disfrutaban tus progenitores).

Así que el NME ahora celebra aniversarios, trayectorias, discos esenciales. Sin embargo, el colocar a artistas desaparecidos en portada tampoco les salva. En realidad, también se encogen las revistas mensuales, según el ABC: bajan Mojo (7,8%), Q (10,1%), Uncut (10,9%). Haciendo honor a la reputación de fidelidad del público heavy, el menor descenso (2,26%) corresponde a Kerrang!

No hace falta señalar con el dedo al enemigo: Internet ofrece información gratuita e instantánea, aunque suela ser trivial e incompleta. La página web del NME tiene millones de visitantes, con un menú de noticias, cotilleos y poco más. Resumiendo: ha cambiado el modelo económico que sustentaba a la prensa musical. Ahora debe ilustrar un lifestyle y atraer publicidad de ropa, bebidas, teléfonos…

En la metamorfosis puede que pierdan su razón de ser: la música. Pienso en Vibe, el mensual que Quincy Jones lanzó con espíritu ecuménico. En su nueva etapa, han desaparecido las críticas de discos. ¿Discos? Ya no interesan. Bien, volveremos a lo nuestro: a la catacumba exclusiva para iniciados. Al underground, que es otra forma de decir “la resistencia”.

DIEGO A. MANRIQUE

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