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Archive for 27 febrero 2012

Blues Power #2


Nehemiah Curtis “Skip” James. Bentonia, Mississippi, USA.

Categorías:Blues Power, múSica

This Song #163


“Poisoned Rose”, compuesta e interpretada por Elvis Costello. Incluida en su álbum “King Of America”, publicado por Demon, en febrero de 1986.

The poisoned rose
That you gave to me
It left me half alive
And half in ecstasy
But if half of your love
Is all I can win
Give me just a fraction
But no more medicine

The poisoned rose
On a Valentine card
That you take straight to the heart
That you call my junkyard

But if all I can do
Is save pieces of you
The piece of your mind
The piece of your heart
Didn’t tear me apart
Like the poisoned rose
I received from you

I don’t know
How we came to grow
Into this very sad affair
Every time we do the decent thing
Somebody spikes the drink
And a single becomes a pair

The poisoned rose
That you wear at your best
That I keep pressed between the white sheets
Where you lie half undressed

I threw away my shirt and shoes
You looked and I dived in
It’s just you and me now
‘Cause I threw away the gin
I threw away your alibis
And all your worn-out clothes
I threw myself upon the floor
But I couldn’t throw away
This poisoned rose
This poisoned rose
This poisoned rose

Categorías:múSica

Libros, Bicicletas, Tranvías


Steve Jobs

Uno de los rasgos más llamativos de la religión es su capacidad de metamorfosis. Está visto que en el cerebro humano hay inscrita una propensión a adorar a seres supremos y a conceder poderes milagrosos a ciertas personas y a ciertos artefactos. Puede quedar desacreditada una variante del recetario religioso, pero es posible que quien abjura de ella se instale cómodamente y sin ningún conflicto en otra veneración absoluta: la de la Patria, la del Pueblo, la del Líder Supremo. Extinguidos en su mayor parte los grandes dinosaurios políticos del siglo XX, en lo que va del XXI la divinidad hasta ahora más considerable ha sido Steve Jobs, que aún en vida ya congregaba a millones de adoradores que por nada del mundo habrían pisado nunca una iglesia, pero a los que solo les faltaba prosternarse cuando el Gurú Máximo se manifestaba en carne mortal, vestido con una ropa tan invariable como la toga romana de Cristo o la túnica de Buda, solo sobre un escenario y recibiendo una luz venida de lo alto, esgrimiendo alguno de sus aparatos milagrosos como si fuera un hisopo o una reliquia sagrada o un cáliz. En los últimos tiempos las huellas visibles de la enfermedad acentuaban el misticismo de sus apariciones. Viendo luego el espectáculo universal del luto por su muerte yo me acordaba de esa historia apócrifa del anarquista español de los años treinta que rechaza el proselitismo de un pastor protestante:

—Si no creo en mi religión, que es la verdadera, ¿cómo voy a creer en la suya?

No sobrevivió uno al adoctrinamiento ultramontano del clero franquista para acabar sometiéndose a la ortodoxia de Steve Jobs y rendirle culto en las capillas cúbicas de las tiendas Apple, por las que circula la gente con la misma unción sobrecogida con que llegarían los peregrinos medievales a las naves cóncavas de la catedral de Santiago. Como en todas las religiones, los recién convertidos son los más vehementes. Aceptan con menos indignado dramatismo la negación que la tibieza y lo que menos soportan es la ironía. Encontré hace poco a un amigo al que llevaba algún tiempo sin ver, y la vehemencia de su conversión me hacía no reconocerlo del todo. Hablaba con devoción de su iPhone y su iPad, cada uno en la versión más reciente, cada uno dotado de la capacidad milagrosa de hacer todavía mejor lo que ya era perfecto. En su iPad estaba leyendo la biografía de Steve Jobs. No hablaba de esos aparatos como de dos herramientas útiles y sofisticadas que pueden hacer más gratas algunas tareas de la vida, como un buen portátil, o un tren cómodo y veloz, por ejemplo. Parecía que estuviera refiriéndose al Santo Grial o a la ampolla de vidrio en la que se licúa cada año la sangre de san Pantaleón.

Comprendí que a mi amigo, que es un poco mayor que yo, las tecnologías litúrgicas de Apple y la Historia Sagrada de Steve Jobs le permitían apaciguar las ansiedades de la edad madura y sentirse contemporáneo. No hay religión que no establezca una distancia tajante entre los que están dentro y los que se quedan fuera, entre la protección cálida de la comunidad de los justos y la intemperie de los incrédulos y de los condenados. Para mi amigo, como para casi todos nosotros, el único pecado mortal para el que no hay redención es el anacronismo, la mustia posibilidad de descuidarse un poco y quedar obsoleto, atado a una tendencia que no es la más última, cargado luctuosamente con un smartphone de hace dos temporadas, fuera del halo místico que de manera tan conveniente irradian los productos de una compañía que es la más rentable y la más poderosa del mundo, y que además no despierta rechazo por su colosalismo financiero ni entre los activistas más radicales, los mismos que están dispuestos a apedrear con saña justiciera a un literato o a un cantante que se atrevan a reclamar el fruto casi siempre escaso de sus oficios.

Hay religiones que tienden a tolerar mal la competencia. Los cristianos del imperio tardío aprovechaban cualquier oportunidad para demoler o incendiar los templos del paganismo. Tan importante en la historia de la arquitectura y del arte es la destrucción como la construcción, y la pasión iconoclasta ha sido tan furiosa a lo largo de los siglos como la pasión inversa, y a mi juicio más llevadera, por esculpir y pintar imágenes y erigir estatuas. Algunas tradiciones entrañables no hay manera de que desaparezcan. En el archipiélago de las Maldivas, que fue apaciblemente budista hasta que irrumpió el islam en el siglo XII, el único museo nacional fue asaltado hace unas semanas por una de esas cuadrillas de desconocidos y de incontrolados que aparecen tan oportunamente y se esfuman sin dejar rastro, a pesar de los desvelos de la policía. Los asaltantes anónimos del museo rompieron a garrotazos todas las vitrinas y decapitaron y pisotearon las estatuas de Buda que eran el único testimonio material del pasado preislámico del país, y que constituían una afrenta inaceptable para los creyentes más fervorosos.

Una parecida prisa iconoclasta advierte uno a veces en los adoradores de Steve Jobs, en los conversos incondicionales a la religión digital. No basta con que usemos portátiles Mac y lectores de libros electrónicos. Abrazar la nueva fe no vale nada si no se abjura radicalmente y en público de las convicciones anteriores, de la adhesión decrépita a la tinta y al papel. Hacia la mitad del siglo pasado ocurrió algo semejante con la religión de los coches. No bastaba con usarlos de manera juiciosa en los recorridos para los que fueran más prácticos. Había que sacrificarles ciudades enteras, que eviscerar el tejido del transporte público y borrar la posibilidad de la caminata, del recorrido en bicicleta. En ciudades como Los Ángeles, el coche no sustituyó al transporte público por una evolución natural del progreso, sino en virtud de un proyecto perfectamente calculado de hegemonía que impusieron los fabricantes de coches y las compañías petrolíferas, y que acabó en poco tiempo con la red de tranvías más extensa y más eficiente del mundo. Ha hecho falta casi un siglo para que vuelva a descubrirse la novedad arcaica de los tranvías, de las ciudades compactas, mucho más sostenibles, de las ventajas para la salud y para el medio ambiente de ir en metro o en autobús, de ir a pie o en bicicleta.

Después de tres años usando con regularidad un Kindle, estoy seguro de dos cosas: es una herramienta excelente y muy práctica para ciertas lecturas; para otras, las de más calado, las más gustosas, las que duran más en la memoria, prefiero el libro de papel. No quiero ser un converso. Desconfío de los vapores religiosos. Lo que le pido por igual a un Kindle o a un iPad que a un volumen impreso es un servicio práctico. Pero igual que en los años cincuenta y sesenta hubo visionarios que se negaron a aceptar el absolutismo del coche privado, y salvaron las ciudades en las que ahora vivimos, creo que el libro de papel, la librería, la biblioteca, pueden y merecen sobrevivir. De ellos depende una parte fundamental del equilibrio ecológico, del espacio público, de la biodiversidad de la literatura.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Categorías:aRtícuLos

Sobre El Trabajo Y El Dolor


Hace unos días leí a un cronista de diario describir la así llamada “crisis” como un arrasamiento de las condiciones vitales de gran parte de la población trabajadora, lo cual es cierto, pero añadía que estábamos regresando a la época de Dickens. Este tipo de manifestaciones bombásticas son harto frecuentes e indican una ignorancia total de la época de Dickens, o de la nuestra. Por lo visto el cronista no sabía que en la Inglaterra victoriana los niños empujaban vagonetas en las minas de carbón. Su esperanza de vida era de siete años, pero a pesar de ello salían más baratos que las mulas.

No es necesario ir tan atrás. Basta con saltar a Georgia, Carolina, Virginia, Pittsburg o Nueva York en 1910. O a Macedonia, Serbia, Grecia en 1919, así como a otros cientos de lugares y fechas del siglo XX. Los que he mencionado son los que están a la vista de cualquier espectador en la excelente exposición de Lewis Hine de la Fundación Mapfre. Allí pueden verse las caras tiznadas de casi un centenar de niños que partían piedras en las minas de Virginia. Sus ojos parecen agujeros perforados en una máscara negra. O las niñas que trabajaban doce horas en las fábricas textiles de Carolina. O los niños empleados por las serrerías, el algodón, el vidrio, en tareas que pocos adultos soportaban.

Las fotografías de Hine, un hombrecito con cara de ratón que vivió entre 1874 y 1940, son un testimonio colosal sobre la vida de los trabajadores hace cien años. Verdaderos iconos, muchas de estas fotos las hemos visto en los lugares más insospechados, desde portadas de libros hasta cubiertas de vinilos rockeros, sin saber que eran suyas. Verlas ahora juntas es en verdad emocionante.

Hine no buscaba la compasión, ni el sentimentalismo, ni siquiera la caridad. Él era un documentalista, lo que no excluye, por supuesto, que algunas de sus placas sean para nosotros verdaderas obras de arte del mismo modo que hoy nos admiran algunos frescos góticos que en su momento fueron tan artesanales como la herrería. A él le interesaba el mundo del trabajo porque sus fotografías eran también duro trabajo y por eso no sólo expone el dolor, el sufrimiento, la explotación o la miseria, no se recrea sólo en los horrores de la sociedad industrial. También es consciente de que el trabajo es un modo de dominar el mundo, de controlar las condiciones de nuestro dolor, de nuestro sufrimiento, e incluso las condiciones de nuestra explotación.

Por eso la sociedad americana que en el primer tercio de siglo XX le había proporcionado aquellas imágenes infernales, cambia por completo en los años treinta cuando Hine fotografía la épica del trabajo. Son sus célebres imágenes de la construcción del Empire State Building, un canto glorioso a la audacia, el esfuerzo, el sacrificio y la imaginación de los humanos. Aquellos obreros que colgaban sobre el vacío estaban siendo fotografiados por un frágil hombrecillo de cincuenta y siete años que también colgaba sobre el vacío. Un trabajador entre otros trabajadores que hacía funambulismo entre cables y jácenas.

Alguna de esas imágenes, como la archicélebre de Ícaro sobre el ESB, forma parte de la más auténtica y vigorosa poesía social del siglo XX, un verdadero arte del trabajo. Contra el tópico establecido, la lírica del obrero no se llevó a cabo en los países socialistas, sino en EEUU. La épica bolchevique o maoísta es gélida, oficinesca, de un colosalismo mesopotámico, demasiado similar a la representación de los nazis. No hay lugar para la dignidad, la alegría, la gracia, la fantasía o la celebración de la cuadrilla. Los obreros de Hine, en cambio, son propiamente humanos, están construyendo estructuras colosales, pero además celebran la vida y el trabajo.

En su extraordinario libro Men at Work, parcialmente reproducido en el catálogo, Hines comienza diciendo: “Las ciudades no se construyen a sí mismas, las máquinas no pueden hacer máquinas a menos de que tras ellas estén el cerebro y el sudor de los hombres. Llamamos a nuestra época la era de la máquina. Pero cuantas más máquinas utilizamos, más hombres verdaderos necesitamos para hacerlas y dirigirlas”. Sus fotografías son cantos poderosos del siglo XX, un tipo de canto que entre nosotros ya es imposible porque nuestras máquinas han dado un salto abstracto y enigmático para construir un mundo nuevo, inasible, invisible, que aún no sabemos cómo representar.

Dije al comienzo que era desolador constatar hasta qué punto muchos políticos y cronistas no han asimilado la velocidad con la que el siglo XX se ha alejado de nosotros. Aquel mundo de las máquinas tenía una característica hoy inexistente: el esfuerzo, el dolor, el sacrificio, podían dar como resultado una sociedad cada vez más abierta, unas construcciones grandiosas, una mayor libertad y una educación admirable. Hoy no sabemos cómo usar el sacrificio, el dolor y el sufrimiento de manera que no sean exclusivamente negativos. En consecuencia, los anulamos. De ahí la desaparición de la ética en la política: si no hay motivos para sacrificarse, entonces todo está permitido.

El mismo día en que leí lo de Dickens vi por televisión a unos burócratas que jamás habían pisado el mundo del verdadero trabajo cantando la Internacional con el puño en alto.

FÉLIX DE AZÚA

Categorías:aRtícuLos, OjOs

El Coleccionista


George atesoró una asombrosa colección de guitarras. Ahora, solamente para usuarios de ese juguetito llamado IPad, aparace una aplicación que permite recorrer, de manera minuciosa, la coleccion de Dark Horse, a través de fotografías de 360 grados, con vídeos y audio incluidos

Aquí vemos al cómico estadounidense Conan O’ Brien con la Gretsch de George en su época “beatle”, y más abajo el trailer preparado por Itunes. Hoy sale a la venta en esa tienda virtual.

Disfruten los que tengan el aparatito

The Guitar Collection: George Harrison from George Harrison on Vimeo.

Categorías:DarK HoRsE

De Nuevo En La Carretera


Percy Humphrey & Sweet Emma Barrett

Los orígenes, las fuentes suelen ser frecuentemente olvidadas. Muy a menudo conviene rastrear los ascendientes de la música, sobre todo ésa que llaman “rock”. Uno de sus afluentes más caudalosos proviene del pueblo negro norteamericano: del sufrimiento, de la esclavitud, de la humillación brotó el gospel, el blues, el jazz….y de ahí germinaron regatos como el Rhythm and Blues, el soul, el funk……

Este documental, titulado “On The Road Again”, dirigido por Dietrich Wawzyn para la televisión alemana en 1963 bucea en las fuentes de esa música eminentemente popular. Surgida de la gente corriente para solaz de la gente corriente.

Muy apetitoso.

OTRA from J. Sprig on Vimeo.

Categorías:múSica

The Funniest Cartoons On Earth


Así reza la página de un anónimo dibujante australiano, con talento. Un tipo ácido y muy gracioso.

Razón aquí http://seemikedraw.com.au/

Categorías:OjOs
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