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La Linterna Mágica #15


Ya no se hacen musicales en el cine. Un género que vivió una etapa gloriosa, ya no se consume. La demanda de musicales se ha agotado, prácticamente. Un género desechado.

En los años treinta, la elegancia innata, aún a pesar de su cara de palo, de Fred Astaire provocó las ilusiones de un público voraz que deseaba ardientemente ser seducido por los sombreros de copa y los vestidos vaporosos de Ginger Rogers. Incluso la acidez vitriólica de los hermanos Marx era compensada con la inserción de números musicales (entre los que siempre destacaba el inefable Harpo acariciando su inseparable instrumento).
Durante los últimos años cuarenta y primeros de los cincuenta, precisamente un aliado de los Marx (actuó frecuentemente con ellos en el circuito habitual de espectáculos de vaudeville, en sus comienzos), Arthur Freed se hizo cargo, como productor en la Metro Goldwyn Mayer, de una unidad que pasaría a ser artísticamente revolucionaria. Su unidad de producción revolucionó el musical: alejándose de rutinarios números de baile enlatados y encorsetados entre las madejas de una historia frecuentemente insulsa, introdujo el concepto de que la historia no se desligara de los números musicales. Y la historia, además, importaba.

Aliado con el gran director y coreógrafo Stanley Donen (Donen fue un director destacable, no solamente por sus productos musicales) y con el no menos grande Vincente Minelli, fue el principal instigador de películas inolvidables: “An American In Paris” “The Band Wagon”, “Royal Wedding”, “It’s Always Fair Weather”.

Pero la máxima perfección la alcanzaron (Donen, Gene Kelly y el propio Freed) con “Singin’ In The Rain”. Y no estoy hablando de la perfección técnica de la película, sino de un aura indefinible que convierte esta película en un milagro.

Es una película que habla del cine, que habla del cine por dentro, que se mofa de muchas artimañas de productores y estudios. Y, además, fue un musical concebido única y exclusivamente para el cine, no basándose en obras teatrales de Broadway. Al mando, Gene Kelly esbozó y ejecutó números absolutamente inmortales que pertenecen ya a la cultura popular de todo el mundo.

Pero por lo que amo a “Singin’ In The Rain” es, sencillamente, su canto a la alegría de vivir. Me emborracho de su aroma cada vez que me hundo en pesimistas y dolientes vivencias. Es una película imprescindible como objeto de arte: enseña la cara amable de la existencia, exultante de fiero optimismo.

La vida siempre se merece una última oportunidad cada vez que contemplo a Gene Kelly chapotear bajo la rareza de una lluvia torrencial en California.

Categorías:Cine
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