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Fundido En Negro


Brel

Es difícil determinar si la actual desolación y sequía de referentes éticos y estéticos corresponde a mi estancia en esa edad anclada en la penumbra, ese balancear entre dos épocas (como diría el bueno de Brassens) o si obedece, verdaderamente, a las características definitorias de los principios de un siglo balbuciente.

Intentando meditar con una mínima objetividad, mis inclinaciones siempre han derivado hacia rumbos que ponían proa hacia fechas pasadas o hacia hechos presentes que rebosaban de referentes ya acaecidos. Sin embargo, la actual avalancha de oferta (intensificada por el ilusionismo engañoso de Internet) abruma mis sentidos y embota mi ya inflamada sensibilidad, que muerde, hambrienta y voraz, aquello que pueda ser capaz de conmoverla.

Vértigo: lo instantáneo prevalece. Falta el sosiego necesario para poder digerir lo que devoramos con glotonería. El apresuramiento sacia pronto.

No hay nada que pueda definir con más plasticidad lo que percibo en el ámbito artístico actual que aprehender exactamente lo contrario: la intensidad hilvanada con la ausencia total de superficialidad, la conciencia honda del papel del artista.

El ejemplo en negativo se llama Jacques Brel y, por lo tanto, entramos en dos ámbitos artísticos entrelazados: la música y la poesía; ambos forman la canción y, en este terreno, Brel puede ser considerado, al menos por el criterio que me dicta estas palabras, un ejemplo perfecto de maestría. Una canción de Brel es un mundo que puede y debe ser explorado muchas veces, en principio inexpugnable, pero que, en sucesivas e insistentes incursiones, depara placeres inimaginables, regala sorpresas inesperadas y, lo que es más importante, abona referentes y anclajes con vocación irrevocable de permanencia. Lo mismo sucede con una gozosa obra literaria.

Pero Brel no se detiene ahí: Brel, a través de la interpretación, exuda sus canciones, las transpira. Sus canciones le lastiman, le hacen brincar de alegría; y siempre en soledad. En el espacio tenebroso del escenario, solamente él, a cara descubierta, deslumbrado por el foco turbador que representa su exposición pública, abierta y descarnada.

Y siempre, la luz se apaga. Fundido en negro. La soledad en su máxima expresión se consuma y se manifiesta en el escenario.

Brel nos recuerda que la guadaña enmascarada que enarbola el tiempo implacable, a través de su avance tenaz, nos espera a todos.

Y se eleva, imponente, sobre el tiempo; Brel sigue siendo un anclaje que debería recordarse con la frecuencia que se merece. Personifica lo que, infructuosamente, intento encontrar hoy.

Seguiremos buscando.

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