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Regresos Necesarios


Leo Tolstoy

Leo Tolstoy

Volver a escenarios sentimentales y que vuelvan a provocar sensaciones recónditas y, lo más gozoso, insospechadas, es una actividad que, en estos tiempos en los que la velocidad consumista se apodera vorazmente de los desvalidos mortales, debería realizarse con más asiduidad…..escenarios de obras de ficción, obras artísticas que descubrimos en años titubeantes, distorsionados por esa pulsión adolescente que tiende a compartir códigos grupales y por la característica ingenuidad y apresuramiento de esa edad difusa que solamente adquiere su verdadera grandeza cuando se contempla desde la atalaya de una experiencia amarga, algunas veces cínica pero en cierto sentido serena y, por qué no, complaciente.

Volver a ellas después de muchos años, sumergirnos en aguas ya conocidas pero aún refrescantes y vivificantes es una actividad que, si la obra artística tiene la esencia justa para ser considerada como tal, supera incluso a la del descubrimiento impactante y nutriente.

Recientemente, dos obras me han regalado esa sensación purificante: la sucesión vertiginosa de novedades supuestamente culturales (la cultura es un vestido desgastado y con el que se pavonean incontables farsantes), no dejan espacio para volver a obras esenciales. Solamente el azar y, en ocasiones, el convencimiento te permiten regresar a la morada reconocible.

“Anna Karenina” solamente la he podido comprender en esta segunda ávida lectura, después de casi quince años de la primera acometida, complementada con una jugosa biografía de Tolstoy, en la que estoy hipnóticamente inmerso y de la que hablaré a su debido tiempo. La búsqueda agónica del sentido vital de Levin, la figura sobre la que se vertebra esta novela monumental (el personaje de la Karenina es un pretexto genial y un complemento trágico), solamente puede comprenderse en toda su hondura después de sucesivas inmersiones en el complejo laberinto configurado por el Conde Tolstoy.

De la otra obra, me produce cierto reparo hablar de ella pues es una de aquéllas tan asquerosamente utilizada. Casi por principio evito escribir sobre The Beatles, ahora que un diario de tirada nacional salpica, con enojosa frecuencia, artículos que manosean sin piedad tópicos, en muchos casos, sin fundamento, meramente superficiales. Este mismo diario, acompaña su tirada del domingo con la posibilidad de adquirir por un módico precio la discografía masterizada de los cuatro fabulosos: el domingo adquirí, para una niña que despierta al mundo artístico, desperezándose – ¡cómo la envidio! – , una niña de doce años…..adquirí, digo, “Abbey Road”.

Yo tenía doce años cuando escuché ese disco por primera vez. Y nunca olvidaré la experiencia al descubrir sonidos, absolutamente ajenos a esos Beatles a los que yo estaba acostumbrado hasta entonces. Y no pude, no fui capaz de vislumbrar lo que aquellos sonidos significaban, ni lo que podrían ofrecerme en los años venideros.

Solamente lo comprendí al escuchar de nuevo esa música tan íntima para mí, después de tantos y tantos años. El enamoramiento instantáneo sigue intacto.

La tozuda y, en muchas ocasiones, inútil voluntad paterna de querer que los hijos surquen los senderos desconocidos, fascinantes, de tus mismos descubrimientos artísticos pudo conmigo. Nada es como parece y la construcción de la intimidad personal es intransferible, aunque las obras siguen imperturbables y alzadas para su permanente descubrimiento

Sí, esa niña de doce años es parte indisoluble de mi vida.

Categorías:BEATLESONGS, múSica, peRsonaL
  1. noviembre 27, 2013 a las 7:23 am

    Joer, no había leido este post, me he emocionao, aunque es fácil hacerlo contigo…y fíjate, que jodida coincidencia, que esta mañana en el trayecto de casa al curro he escuchado ese Abbey Road del que hablas. No te parecen una delicia los 23 segundos de «Her Majesty»?
    Chulo, te voy a dar el mismo consejo que un día me diste a mí, , “si te sientes triste mi querido Ina es más recomendable…..qué sé yo…….contemplar la hilaridad de, por ejemplo “El Pisito” de Marco Ferreri ¿no?

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